Выбрать главу

la vida y el amor son sólo acaso el agua que espejea, la luz que tiembla; y ese espejeo y ese temblor son menos inasibles que lo que está al alcance de la mano…

así me despedía, en aquel mes de abril, de cuanto había amado.

quizá también de cuanto podía amar. y, a mi pesar, releía, sentado en un ajimez, frente a la colina del albayzín, como antes de que todo empezara a enlutarse, ardientes versos de yalal al din rumi:

el consejo de cualquiera no es provechoso para los amantes; no es el amor un torrente que cualquier mano pueda detener…

los reyes menospreciarían su monarquía si oliesen una vaharada de los vinos que los amantes beben en la asamblea de su corazón.

helada está la vida que transcurre sin este dulce espíritu; podrida está la almendra que no se funde y no se pierde en este almendrado misterioso…”

mirando a mi alrededor, me sentía mezclado con la muerte.

mientras paseaba por la rauda, entre tumbas, me sentía mezclado con la vida y la muerte. me asaltaba la tentación de huir; el deseo voraz y la desgana de todo al mismo tiempo. como un convaleciente, que se exalta y se desanima; como un fantasma ciego, vuelto del otro mundo, que recorre a tientas las salas y el jardín en que fue feliz vivo, y solloza de amor. aquel fantasma, que era yo, lloraba con unos ojos que ya sólo para llorar servían, como los de egas benegas en lucena. porque la vida entera se había convertido en un inaccesible día siguiente. porque a todas horas comprendía lo que mi tío abu abdalá me dio a entender, y hasta lo que ni siquiera él había entendido. ¿de qué me serviría entonces el ardor de los versos?

cuando la espada del amor conquista el alma de un amante, un millar de amantes deponen sus vidas sagradas en agradecimiento.

¿qué es esto? ¿deseas el amor y después temes la ruina?

¿aprietas la bolsa y persigues el amor a través de unos labios de azúcar?

no, no: aparta tu cabeza; siéntate en el rincón de la seguridad: una mano tan corta no ha de aspirar al ciprés alto…

amante, no seas tú menos que la mariposa nocturna, ¿y qué mariposa nocturna se libró de la llama?

no se le puede encontrar’, me dijeron. ‘nosotros también lo hemos buscado.’ algo que no se puede encontrar: ése es precisamente mi deseo…

el jardín está desconcertado, porque no sabe qué es la hoja y qué la flor; los pájaros, turbados, porque no saben distinguir qué es la trampa y qué el cebo…

guarda silencio, no rasgues el velo; consume el jarro de los taciturnos; ciégalo todo, vélalo todo, habitúate a la impenetrable clemencia de dios.”

afligida por mi mudez, me acompañaba moraima, pero hasta su compañía me hastiaba. porque yo no podía explicarle sin rubor lo que me estaba anonadando el alma, pero tampoco podía hablarle de otra cosa.

ella, incapaz de ayudarme, cedió su sitio a unos hombres evidentes y herméticos, que yo ignoraba de dónde habían salido. no parecían ni musulmanes, ni judíos, ni cristianos. no eran ni jóvenes, ni viejos. miraban el mundo con ojos transparentes que en nada se posaban, y sonreían siempre. daban la impresión de conocer el secreto de enigmas que nosotros ni siquiera nos habíamos planteado, o mejor, de estar de vuelta de todos los enigmas, como si la solución fuese no planteárselos más una vez conocidos. en los días que me frecuentaron no logré adivinar qué querían de mí. quizá no querían nada, y es eso lo que los volvía misteriosos.

me trataban con el mismo respeto fraternal con que trataban a “hernán”, mi perro, o a los árboles.

– somos criaturas -respondían a todo lo que yo les preguntaba-.

estamos aquí para ayudarte; para ayudarnos mientras te ayudamos.

y seguían sonriendo. vivían, por lo visto, en una ermita -o en varias, no lo sé- por las vertientes de sierra solera. habían bajado a la llamada de alguien. o quizá nadie les dijo que viniesen.

moraima no había sido. y ellos no parecían haberse enterado de que yo era el sultán. sus cuerpos eran como algo que su alma hubiere olvidado hacía ya tiempo, pero eran también alma: no sé cómo decirlo.

no hablaban; se quedaban mirando al frente y sonriendo -el tiempo no contaba-, y crecía en torno suyo como una diáfana campana de imperturbabilidad, que a su vez los aislaba y los aproximaba. un mediodía, a la sombra de un árbol, bordoneaba una mosca; su vuelo sonoro me distraía de la sonrisa de los hombres aquellos. y, de pronto, vi cómo la mosca se posaba en el aire. no, no en el aire, sino en el limpio cristal de la campana de que hablo. y allí permaneció, con sus patas apoyadas a un palmo de cualquier superficie, tranquila y satisfecha al sol de mayo.

aquellos hombres, ausentes y tan vivos, siguieron sonriendo. me vinieron a las mientes las frases de al arabí, el mayor de los maestros, el divino sufí que cultivaba la virtud de la insignificancia:

me escondí, delante de mi tiempo, a la sombra de sus alas; mi ojo ve el mundo; pero el mundo no me ve a mí.