Выбрать главу

si preguntas a los días mi nombre, te responderán que no lo saben; ni el lugar en que me encuentro conoce en dónde estoy.”

un día no los ví. pensé:

quizá nunca estuvieron.’ luego supe que los había expulsado aben comisa. o acaso no expulsado, sino que les había indicado de nuevo con un gesto el camino a la sierra. habría bastado para ellos: el aire los llevaba. los sustituyó por un fanático penitente, que no cesaba jamás de hablar en alto de dios y sus mensajes.

era un santón famoso, al que mi padre, en su primera época, de cuando en cuando consultaba.

– aunque no te importe la luz -me decía-, la luz existe. aquél a quien le es indiferente morir es el que trae la vida. te estás resistiendo a cumplir lo que debes, pero a la vuelta de la esquina está la hora en que todo se romperá a tu alrededor: vas a verlo caer por tus costados como una túnica que ya usaste demasiado tiempo… ¡adelante! -gritaba-. sal fuera de las murallas. no te resguardes dentro de ti, ni dentro de ellas. no te protejas más. si te recoges la orla de tu falda para que no te la moje el agua, más de mil veces has de hundirte en el mar. ya es el momento de que pruebes tu propia medicina. el remedio no te vendrá de fuera. ve a buscarlo. adelante. ni siquiera es preciso que despiertes. sal ya. ¡adelante!

no creo que fuese por la influencia de nadie, sino porque acepté poco a poco dentro de mí lo que se me imponía. lo acepté como quien lleva la carga que tiene que llevar hasta el sitio que puede, sin preguntarse más; entre otras razones, porque es incapaz de librarse de ella, o quizá por esa razón sola. y comprendí por fin, sin que mi mente lo comprendiera, que luchar contra la imposibilidad no es ni vano ni inútil. sé que no he explicado lo que pasó por mí en aquel mes de abril y principios de mayo; pero también sé que quien se encuentre en circunstancias semejantes lo entenderá, incluso no necesitará que nadie se lo explique; y quien no, no lo entenderá nunca.

cuando empecé a resurgir de mi marasmo, una gozosa espuela me impulsó a escapar de él. “el zagal” me había arrebatado andarax, y me mandó un mensajero: ‘dile al sultán mi sobrino que andarax, gracias a él (él te comprenderá), va a estar más seguro en mis manos que en las suyas. él tiene victorias más refulgentes que ganar.’

aquel mismo día llamé al arma a mi reducido ejército. en busca de un camino al mar, galopé hacia adra y, con una escasa ayuda de voluntarios africanos, la tomé.

¿qué importaba que unas semanas después volviera al poder de los cristianos? yo ya estaba otra vez a caballo, que era donde debía.

sin embargo, todavía algún rincón de mí permanecía a oscuras.

fue entonces cuando aparecieron las primeras pesadillas con los pájaros negros. ellos habían entrado en mis sueños a menudo; pero se conformaban con planear a mi alrededor, o cernerse sobre mí; en esos sueños yo no existía, sólo miraba. quiero decir que no me veía yo a mí mismo, sino un paisaje donde habitaban esas aves siniestras, o, en algún caso, la misma habitación en que dormía, por cuyas ventanas penetraban aleteando ruidosa y rudamente. no obstante, a medida que la pesadilla se reiteraba, fueron haciéndose las noches más y más trabajosas. quizá yo, durante el día, trataba de eliminar o de apartar de mi mente muchos motivos graves de temor y de preocupación; ellos, olvidados y no muertos, comparecían por su cuenta de noche en figura de esos pájaros grandes, negros, que se lanzaban contra mí en son de guerra, me golpeaban con sus alas, rasgaban el aire con violencia en torno a mi cabeza, se desplomaban para picotear mis oídos o mis ojos, chocaban con mi cuerpo, y me herían, me herían… hasta que despertaba jadeante como si hubiese corrido, para huir de ellos, un trecho interminable.

el mes de junio, que fue muy caluroso, pasó sin más incidentes que un par de escaramuzas iniciadas por nosotros contra un ejército que, fatigado por las campañas anteriores, intentaba tan sólo un acto de presencia. a su frente se hallaban capitanes valientes, que ardían en deseos de reemprender la guerra verdadera, cansados de lucirse, delante de sus soldados o de alguna dama, con armas relucientes y relampagueantes airones. quiso marcar el rey fernando aquellos días con una solemne ceremonia, que se realizó una dulce mañana al aire libre. fue la de armar caballero, ante nuestros ojos, a su hijo el príncipe don juan, que contaba a la sazón doce años. mis súbditos asistieron, fingiendo burlarse, pero impresionados, a los ritos aparatosos. los padrinos del novicio eran dos irreconciliables rivales: el duque-marqués de cádiz y el duque de medina sidonia.

desde la torre de armas, moraima y yo contemplamos el soleado y vistoso espectáculo, considerando sin decirlo qué distintas a aquéllas eran las circunstancias en que vivía nuestro hijo, no muy alejado ya de la edad del muchacho cristiano.

tratando de desatender los desafíos, tácitos o expresos, y las exhibiciones envenenadas, nosotros emprendimos las labores de la tierra que las anteriores talas nos permitían; introdujimos en la ciudad no muchos bastimentos, ante la duda de cuánto duraría tal quietud, y continuamos las relaciones con los campesinos de las alpujarras, bravíos por su geografía, enardecidos por su fe, y apesadumbrados por su subordinación y expolio. supimos entonces un percance en la cercana torre román, donde se refugiaban los cultivadores de la vega. a ella se dirigió una noche un grupo de granadinos en solicitud de abrigo contra los cristianos que los perseguían. se les franqueó la entrada con fraternal alegría, y, un instante después, desnudos los alfanjes, se apoderaron de la torre.

el que venía al frente del grupo era el príncipe yaya. así quería confirmar su fidelidad -como si en él cupiese- al rey fernando. la ciudad entera se estremeció de ira al conocer la hazaña, y yo mismo pensé que la venganza es a veces el mayor de los placeres.

fue en ese mes en el que yo, sobre un mapa, tracé la táctica para acercarme al mar. necesitaba un punto de desembarque, porque la excusa para negarme sus auxilios que daba el sultán marroquí era que no se arriesgaba a enviármelos a una costa enemiga. planeé acercarme hacia los puertos tradicionales de mi monarquía, almuñécar y salobreña, a través de alhendín.

sin su conquista, la vía hacia el mar era imposible.

la noticia de la empresa, aunque la llevé con la mayor reserva, corrió como la pólvora. por las vertientes de sierra solera, que conservaba aún la nieve a pesar del calor en aumento, se derramó un pueblo ansioso de batirse, más ansioso cuanto más humillado. lo componían una juventud alterada, que se responsabilizaba de su propio futuro; unos pastores de aspecto desconocido y fiero, que forcejeaban por no doblegarse, y unos creyentes forjados en el retiro de las nieves perpetuas, que no se habían enterado hasta entonces de que el único reducto del islam que quedaba en españa era granada ya.