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y todo este gentío, seguidor de sus caudillos y de sus alfaquíes, vino a engrosar el no muy lucido ejército que salió una vez más por la puerta de elvira. era el atardecer del día más largo del año. alzado sobre mis estribos, les dije solamente:

– en nuestras manos está la gloria de dios. los que caigamos muertos esta noche sobre la tierra que pisamos y que nos ha sido arrebatada, presenciaremos mañana el amanecer en el paraíso.

alhendín estaba defendida por un castillo fuerte, y abastecida de hombres y artillería. le puse sitio pese a que, ante su solidez y elevación, la juzgué inexpugnable, pero el juicio nada tenía que hacer allí. sabiendo a lo que me exponía, o precisamente por eso, di las órdenes. batimos sus muros; abrimos en ellos brechas con nuestros modestos medios, nuestros asaltos a oleadas se hacían incontenibles, aunque en ellos perecieran bastantes de los míos. la noche era infinita, quizá porque el tiempo se había detenido. el sudor y la sangre nos empapaban y nos cegaban cuando logramos apoderarnos de los tres primeros recintos y demoler las torres que los protegían. los defensores se retrajeron a la más grande y principal, que era la ciudadela. los míos, para cubrirse de los proyectiles arrojados desde las almenas, se acercaban hasta su mismo pie bajo caparazones de madera y cuero fresco. la minaban y la debilitaban. y, por fin -luego comprobé que era el quinto día de lucha-, horadada y a punto de hundirse la torre y sepultar en ella a lo que restaba de la guarnición, el alcaide don mendo de quijada se entregó con sus hombres, sus víveres, sus armas y bagajes. tras alhendín, cayeron en nuestro poder varios castillos de las alpujarras y del valle de lecrín, el que nosotros llamamos valle de la alegría.

mi regreso a granada se celebró como si se tratase de otra fiesta de la coronación. las prevenciones y la animadversión de los granadinos contra mí se tornaron en fervor y en agradecimiento. al día siguiente mandé pregonar por todas las plazas una gran leva: altos y bajos, nobles y plebeyos, ricos y pobres eran invitados a acompañarme contra almuñécar. y se alistaron, orgullosos y optimistas como estaban, dispuestos a seguirme.

mediaba el ramadán, cuando, después de la oración del segundo viernes, vino a despedirse de mí moraima con el niño yusuf de la mano. tenía los ojos pardos y dorados, muy distintos de los de su hermano ahmad, que yo no olvidaba, y los labios como los pétalos redondos de una flor. lo tomé en brazos y, mientras el niño acariciaba mi barba, di ánimos a su madre.

– yo era un cachorro como éste, y he crecido. ahora estoy seguro de que el león recobrará su reino.

besé a los dos. yusuf lloraba porque no consentía en separarse de mí y se agarraba con sus manitas a mis ropas. con un nudo en la garganta, volví bruscamente la espalda.

monté a caballo y galopé delante del ejército, que cantaba y alborotaba. por el camino arrasamos la torre del padul, que habían reconquistado los cristianos. con igual ímpetu tomamos por asalto salobreña con excepción de la alcazaba, donde tantos príncipes granadinos habían sufrido prisión o muerte, y algún destronado convivió con sus cuitas. su guarnición había sido reforzada con tropas arribadas por mar desde málaga, y por tierra a las órdenes de hernando del pulgar. era evidente que la alcazaba ofrecería una desesperada resistencia. la cercamos por todas sus partes y cortamos el suministro de agua. el calor era muy riguroso. bandadas de aves carroñeras nos indicaron cuándo habían muerto de sed sus acémilas y caballerías.

después de quince días que semejaron años, cuando tocaba ya su rendición con los dedos, recibí dos noticias: la inminente llegada de socorros cristianos, y la de que el rey fernando se dirigía con rapidez hacia granada, a la que yo había dejado casi desguarnecida.

tal era mi agotamiento, que no sé si odié o agradecí unas noticias que me permitían -e incluso me imponían- abandonar con dignidad aquel suplicio insoportable, aquel aire espeso por el polvo, aquel barro en la boca y en los ojos.

levanté el cerco, y marché velozmente a la capital, que era lo que más me importaba.

la divisamos al atardecer.

entramos en ella en las primeras horas de la noche. había un silencio de ciudad abandonada. contra las piedras se dejaban oír los cascos de cada caballo. impresionaban las puertas atrancadas, las cortinas corridas, los miradores vacíos, las azoteas sin espectadores, las calles solitarias. la ciudad, desentendida de sus soldados, se había vuelto sobre sí misma. era la opuesta a la ciudad ferviente que nos recibió después de la victoria de lecrín. mis hombres, cabizbajos y sin fuerzas, fueron apeándose de sus monturas, y no encontraban manos amigas o enamoradas que los ayudasen. aún hecho a los cambios de humor de mis vasallos, me pareció injusta esa acogida después de un mes terrible de interrumpidos sueños al raso, de riesgos, de tormentos, de privaciones y de angustias. era la última semana de agosto. los grillos y las flores revestían la noche en los jardines. entré en la alhambra como quien entra en el olvido.

en las últimas expediciones había trabado amistad con un joven arráez. era un refugiado de baza que contaba muy poco más de veinte años. le llamábamos farax el bastí. nuestra amistad surgió, como el amor a veces, de un modo repentino. al pie de la torre de la guardia, en alhendín, me había empujado con violencia, tirándome al suelo y cayendo sobre mí. pensé en un atentado hasta que vi caer, en el preciso lugar que antes ocupaba, la gruesa piedra que me estaba dirigida. le di las gracias y continuamos la lucha juntos; desde ese momento no se apartó de mí.

crecía nuestra amistad y daba frutos continuos de desvelo y cuidados.

él -me fue contando con timidez y no sin reticencias- tenía que haberse casado con una muchacha de holgada posición. por un torvo azar del destino, en la pérdida de málaga, donde ella se encontraba visitando a su familia, fue hecha esclava. de la muchacha, que se llamaba widad, que quiere decir “cariño”, no se había sabido ni una palabra más. no valieron pesquisas ni influencias; no valieron intentos de rescate ni indagaciones; su widad, su cariño, había desaparecido del todo y para siempre. en el corazón de farax se levantaron dos sentimientos contradictorios: uno, activo, de aborrecimiento hacia los infieles que habían destruido el objeto de su amor; otro, pasivo, de un dolor que le cuajaba de lágrimas los ojos apenas salía del combate. fue este segundo sentimiento, más aún que el primero -que lo empujaba siempre a los lugares de más recio peligro-, el que despertó mi curiosidad. la tristeza de farax me recordaba otras tristezas, a cuyo sinvivir yo había sobrevivido. en las prolongadas noches de la guerra, en las que el sueño es sustituido por la alarma, y el peligro aligera la coraza de suspicacia que aisla a unos hombres de otros, farax y yo habíamos intercambiado pareceres y opinado sobre asuntos no siempre referidos a los desastres o a las victorias.