acuérdate, boabdiclass="underline" siempre sucede igual.
y, de pronto, los cachorros comenzaban a morderse y a pelearse desesperadamente entre los pies de subh, que yo creo que los amamantaba también, y ella reía y palmeaba. yo estaba muy asustado al verlos tan emberrenchinados y llenos de odio entre sí.
– si no es la guerra, bobo. no es la guerra -decía-: son cosas de chiquillos.
y les volcaba jofainas de agua para separarlos, y los perrillos se quedaban reducidos, con el pelo mojado, a casi nada.
subh acostumbraba contravenir casi todas las reglas. yo creo que gozaba haciéndolo a hurtadillas.
si, por ejemplo, estaba prohibido darnos dulces, ella (no sé de dónde los sacaba, ni a qué concubina complacía para conseguirlos) venía con un pañizuelo atado por las puntas, lleno de golosinas duras y crujientes.
– para mi vida -decía, y me las iba dando de una en una.
un día apareció inesperadamente mi madre y nos sorprendió en flagrante delito. sin inmutarse, mandó que le propinasen diez latigazos a subh. le bajaron allí mismo la ropa hasta la cintura y, delante de mí, cumplieron el castigo. yo veía al principio cómo le temblaba la barbilla, cómo se le fruncía la cara de dolor, y cómo se iba viniendo abajo su cuerpo tan grande y tan querido. luego, los ojos se me enturbiaron y ya no veía nada.
para evitar que lo notasen, me puse una mano ante ellos. otra mano bajó la mía, me levantó la barbilla, y me obligó a mirar; era mi madre, que, un momento después se alejó tan inesperadamente como había venido. los dulces se quedaron por el suelo, unos dentro y otros fuera del pañizuelo en que subh me los trajo.
rompí a llorar entre hipos, y ella, sin cubrirse aún del todo, me consolaba riéndose.
– pero si no me han matado, vidita. si no me han echado de tu vera, corazón mío. no nos han separado, mi rey. anda, que no nos quedan dulces por comer juntitos…
no llores. tú no llores, mis ojos. si no me ha dolido, boabdil, si no me ha dolido nada. porque, mientras me atizaban, pensaba que los latigazos se los estaban dando al jardinero en esa muleta siempre tiesa que tiene. y con la muleta no hay látigo que valga.
a los diez años seguía amparado en las faldas de subh. nunca supe dónde vivía, aunque me había llevado, de tapadillo, para satisfacer mi curiosidad, un día o dos a su casa. ella venía cada mañana; me preparaba, me arreglaba, y se quedaba esperándome hasta la hora de comer. una mañana no llegó. al mediodía le pregunte a faiz el jardinero dónde podría encontrarla.
no quise decirle a nadie que no había venido, no fuese a ocasionarle algún perjuicio. fui hasta el extremo de la sabica, en donde los molinos. di sus señas. era muy conocida; no como yo, a quien nadie identificaba por allí. llegué a su casa, que compartía con otra mucha gente. la puerta de la alcoba estaba abierta. entré, la llamé. la busqué. sobre un montón de paja, tendida, con la mano derecha bajo la mejilla, sonriendo, estaba subh. grandes manchas de sangre enrojecían la yacija. alguien le había arrancado por la fuerza su collar de amuletos. no pude despertarla. estaba dura y fría.
cuando por fin me encontraron, continuaba sentado junto a ella.
era de noche ya.
faiz, el jardinero.
la primera vez que lo vi, yo atravesaba los jardines con ibrahim, el médico judío. era yo muy niño, e íbamos desde las habitaciones principales a las de las mujeres. alguna de ellas se encontraría enferma; de esas enfermedades imaginarias que las aquejan con frecuencia, o acaso por alguna descalabradura ocasionada por las peleas entre ellas, que provocan sangre y desmayos de rabia una o dos veces por semana.
antes, y ahora también, la medicina recurría con frecuencia a las plantas. muchos médicos -no era el caso de ibrahim, que estudió en la karauín de fez- comienzan de herboristas. ibrahim, que era pedagógico siempre y magistral, no desperdiciaba ninguna circunstancia, y hablar con un niño le causaba la gran satisfacción de no ser contradicho. me contaba que un médico antiguo, acaso al sacuri, aplicaba el cardo borriquero sobre los tumores, con la seguridad de que los reabsorbía, y que convenía retornar -frente a la complicación de la farmacopea actual-, a la simple, como la carne de víbora, que era la esencia de la gran triaca y una verdadera panacea contra los venenos, según un médico de málaga -de cuyo nombre no me acuerdo ahora- que gozó de gran predicamento en la corte de yusuf i.
– de momento no te importa, mi querido boabdil; pero, si siguen así las cosas, en esta corte hará falta un antídoto contra muchos venenos.
yo no adiviné a qué se refería; aunque temí preguntarle, porque se desbocaba en una catarata de datos que ni yo entendía ni me interesaban. luego quedó muy claro qué era lo que el buen ibrahim quiso decirme aquella tarde transparente y templada de fines de marzo. sé que fue entonces, porque faiz, al detenerse el médico ante él para tratar de yerbas y remedios, aludió a la benévola aparición de la primavera, que, como derogadora de las escarchas nocturnas de granada, es muy de agradecer.
faiz le preguntó que quién era yo.
– ¿es tu hijo? se parece mucho a ti.
rió el médico y le replicó que yo era hijo del sultán. el jardinero, sin cortarse, corrigió:
– debí figurármelo, porque se parece mucho a él, a quien dios guarde y ensalce según su merecer -y me alargó una flor.
no recuerdo cuál, pero sí recuerdo su olor. un olor que, si hoy no me equivoco, era leve y al mismo tiempo denso, como si tardara un momento en hacerse del todo presente, pero luego ya su presencia fuese rotunda e inapelable.
era como el olor de la diamela o de la dama de noche o del nardo, pero ninguna pudo ser, porque tengo el convencimiento de que fue a finales de marzo o principios de abril cuando conocí a faiz. desde entonces, cada vez que me veía -y me veía cada vez más porque yo procuraba hacerme el encontradizome brindaba la flor que tuviera más cerca. y yo volvía a palacio, muy encrestado y un poco ridículo, con la flor en la mano, o tras la oreja, como hacían los muchachos mayores.
intento averiguar qué es lo que me cautivó de faiz desde el primer momento, y no lo consigo. físicamente era casi repugnante, con su ojo tuerto y su muleta renca.