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recogido en la torre de comares, donde de niño temblé de miedo, pensaba en las tribulaciones del “zagal”: asaetado por el infortunio, incapaz de sujetar a los pocos vasallos que le quedaban, avergonzado por su defección, debilitada y acongojada su alma, inhábil para ser súbdito donde había sido rey… no me extrañó lo que vinieron a decirme: dando por perdidos su vida y su esfuerzo penúltimo, pidió a fernando que lo dejara pasar a áfrica en las condiciones establecidas. el día en que él, el invencible, se encomendó a la benevolencia de su vencedor, partió en dos el escudo en que se leía el lema que rigió su destino hasta su peor hora: ‘querer es poder.’ “el zagal”, que personificó el coraje de todos, no tuvo más coraje; sólo aspiró a vivir, apartado e ignorado de todos, en un lugar donde nadie supiese cuánto había sido el que ya nada era. en la torre de comares, erguida sobre el trono nazarí, llegué a la conclusión de que vive mejor el que mejor se esconde y de que nacer junto a un trono es igual que nacer junto a un abismo.

otorgado el permiso de expatriación, como si para morir hubiese que pedirlo, vendió “el zagal” sus propiedades a los reyes de castilla. antes de que se fraguaran las tempestades del estrecho, a principios de otoño, se alejó de andalucía el que pudo ser su más cumplido rey. ¿quién imaginará lo que eso significa?

empezar una vida nueva cuando la verdadera vida nos ha vuelto la espalda; cuando se ha llegado a la certeza de que lo más firme, rutilante y apasionado de un destino ha sucedido ya, y sólo resta la rutinaria monotonía a la que los mediocres llaman vida. qué inicuo que no mueran los héroes en el ápice de su heroicidad. la grandeza, una vez consumada, debería devorar a su dueño; porque luego éste se quebranta y se gasta y se achica, y de ella sólo queda un recuerdo mortificante y homicida.

quien había sido una leyenda y un modelo embarcó, despojado de sí mismo, en almería con unos pocos de los suyos que pidieron seguirlo.

camino de orán fue, para ocultarse y aguardar con ansiedad la muerte; una muerte que su sino de guerrero y de rey se olvidó de proporcionarle en el momento justo.

asegurado por tales sucesos, fernando se desplazó a la frontera norte de su reino, donde los franceses lo aguijaban. en su ausencia, yo, que llevaba al “zagal” siempre en mi corazón, fui con mis soldados, por él mismo y por mí, como en una peregrinación, a andarax. estoy convencido de que, en la paz y en la guerra, hay instantes en que cualquier hombre es indomable; si aplica su absoluta voluntad a un fin, lo consigue, sin que valgan interposiciones ni obstáculos que traten de arredrarlo.

notaba yo la admiración y el fervor de farax reflejados en sus ojos cuando, a la cabeza de un desmedrado ejército, ataqué con fiera decisión, sin arengas y sin vacilaciones, aquel castillo. él había albergado la penúltima aflicción y la derrota interna del hombre que había sido para mí, desde niño, el blanco de mis veneraciones. por él nada podía hacer ya sino vencer en donde fue vencido. a fines de septiembre tomé posesión de andarax, y entraron de nuevo en mi obediencia los lugares de aquella taha; al ocuparlos, sentí que mi poder y mis manos eran los delegados del “zagal”. ‘mejor -me dije-, porque él ya me advirtió, en su postrer mensaje, que sus manos conservarían esta tierra con más firmeza que las mías.’

mientras así reflexionaba, puso farax una mano oportuna sobre mi hombro.

– tú tienes que seguir tu propia estrella, señor. que su luz te conduzca, y que yo te acompañe.

lleno de gratitud le repliqué:

– si todos mis hombres fueran como tú, obedecer a mi estrella sería mucho más fácil.

a la reconquista de andarax prosiguió la de purchena, donde tomé venganza en nombre del altivo jeque que se negó a venderse. cayó su guarnición prisionera mía y, en vista de mi superioridad, tornaron a nuestra religión y acatamiento los habitantes que habían renegado.

animada por su ejemplo, la gente de fiñana se alzó contra los ocupantes de su alcazaba; pero, advertido el alcaide de guadix, se echó sobre ella de improviso y, ayudado por los que descendían espada en mano del castillo, degolló a cuantos moradores pudo, cautivó a los supervivientes y se llevó consigo todo lo que encontró. alarmados los habitantes de las otras aldeas del cenete, me suplicaron que los auxiliase con soldados y con acémilas en que transportar sus ajuares y sus mantenimientos; lo hice así. terminaba septiembre, y aún no habían comenzado a dorarse los bosques. ordené la búsqueda de caballerías que portaran los cereales de aquella feraz tierra, y dispuse que sus habitantes se refugiasen en granada, meta ya de cuantos se oponían en su intimidad a los infieles. ante la inseguridad de lo que nos aguardara en el invierno próximo, me congratulé de que la cantidad de trigo, de cebada y de mijo fuese tan difícil de acarrear por incontable. en jerez me llegaron noticias de que los cristianos se disponían a invadirnos, y regresé a granada. el mismo día en que cumplí veintiocho años supe que los cristianos, al ver abandonadas las alquerías del cenete, ofrecieron seguro a cuantos retornaran a ellas. fiados en su palabra, muchos lo hicieron en seguida; pasada una semana, casi todos. sólo unos cuantos quedaron en tierra musulmana. fue un rumboso regalo de cumpleaños comprobar qué volubles son las promesas y los deseos de los hombres.

hasta la primavera la providencia fue piadosa. nos consintió recrearnos en la ficción de que constituíamos entre todos un reino reducido; nos adormeció con una quebradiza y desmemoriada felicidad, esa felicidad de que a menudo se disfraza la interrupción de la desdicha. transcurrían los días -eran los primeros y los últimos en los que yo disfruté de una paz relativa- con una gustosa uniformidad. administraba justicia, muy vulnerada siempre en épocas de guerra, porque, al ser la guerra el mal y el desorden mayores, parece disculpar con su presencia los otros menores; me esforzaba en juzgar los delitos, las violaciones, los robos, con gran serenidad, para convencer a mis súbditos de que el orden -un orden que todos sabíamos artificial y efímero- era el supremo bien, y entre todos debíamos precaverlo. asistía con devoción y puntualidad a las oraciones, que se elevaban en mi nombre. daba, en los palacios, fiestas a los altos dignatarios de la corte, tan exigua que todos sus miembros nos conocíamos, incluso demasiado. recibía con júbilo, más o menos sincero, a quienes venían a asilarse en granada desde tierras donde el yugo del vencedor era cada vez más pesado, y los recibía intentando borrar de sus ojos y de sus corazones el zarpazo de la pérdida. después de mi trabajo, descansaba en farax y en moraima; cada uno de nosotros procuraba que los otros dos olvidaran lo inolvidable, con la buena e inservible intención con que a un moribundo puede dársele a oler un frasco de perfume. y me distraía confirmar, cada tarde con mayor evidencia, cómo “hernán”, mi perro, después de un tiempo en que se había ido familiarizando con mi hijo yusuf, lo prefería descaradamente a mí, y era correspondido con el mismo descaro. trataba, pues, de dar a todos -y a mí mismo- la impresión de que nada extraordinario sucedía; de encubrir la amenaza que, pendiente de un pelo como la espada de damocles, se balanceaba sobre nuestras cabezas.