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lo irremediable estaba sentado a las puertas de nuestras casas; no era preciso verlo. pero el hombre, ya acostumbrado a vivir con la certeza de su propia muerte, es el animal más adaptable de la creación. el pueblo correspondía con docilidad a mis mentidos desentendimientos; se divertía mirando hacia otro lado; exageraba su preocupación por las menudencias que suelen colmar los días de quienes los infortunados consideran felices: como si alguien lo fuese por entero. convive el doliente con su dolor, y se familiariza con él hasta tal punto que lo echará de menos si desaparece; el que reside en una ciudad de mal clima, o devastada por los vientos, de tal manera la tiene por suya que se negaría a abandonarla aunque se le proporcionase la ocasión. y así, los granadinos, comparándose con otros musulmanes más infelices -los procedentes de tierras ocupadas, y aún más, los que ni siquiera se atrevían a dejarlas-, se reputaban privilegiados, y se engañaban unos a otros viéndose rodeados de sus casas, de sus hijos y de sus mujeres. cantaban cuando salían a trabajar la tierra, que, ajena a las malignidades de los hombres, se entreabría a las nuevas siembras, y cantaban al volver del trabajo.

durante seis meses se desprendió sobre nosotros y sobre el territorio, desde el cielo, un manto de misericordia y conmiseración: la imprescindible insensibilidad con que el ser humano, para no morir, embota los filos de sus desvelos y de sus obsesiones.

no obstante, no enmudecieron del todo los cristianos. el conde de tendilla en alcalá y los otros en sus correspondientes lugares fronterizos, ponían a contribución a sus espías y a sus prácticos del terreno. cada uno, movido por un vano afán de gloria, trataba de inferir el mayor daño posible a quienes, entre nosotros, se sentían asimismo movidos por un más vano aún afán de gloria. fue ya en invierno, por ejemplo, cuando apresaron a ciento veinte jinetes que, con dubitativa autorización, dejé ir a regañadientes para caer sobre los cristianos más desprevenidos.

un musulmán tránsfuga los puso sobre aviso. y a medianoche, con el frío en los huesos, en un paraje boscoso, los sorprendieron descuidados don gonzalo de córdoba y el que ya era su íntimo amigo, don martín de alarcón. saliendo de las acechanzas tendidas en los pasos precisos, con gran vocerío, se lanzaron contra ellos de frente y por detrás, y los derribaron y prendieron, y los condujeron a alcalá la real.

algo después engrosó las fuerzas fronterizas con las suyas el marqués de villena, que vino a visitar a su cuñado tendilla y a su hermana, llegada desde torredonjimeno, donde pasaba la estación, con lo que se acrecentó su atrevimiento; realizaron incursiones hasta el límite mismo de granada, y nos quemaron los almiares y las mieses en las eras, amontonadas desde la recolección.

las vimos arder asomados a nuestras ventanas, entre el griterío de las mujeres, con lágrimas de rabia.

pero yo prohibí, bajo pena de muerte, la salida, porque sospeché que semejante provocación era una trampa.

don gonzalo, por distraerse, como si con sus correrías me mandase recuerdos, buen conocedor de la zona como era, trababa emboscadas y saltaba con sus compañías ocultas sobre nuestros soldados o pastores, arrebatándonos los rebaños, como nosotros los suyos en otras ocasiones. y de este modo, entre avances y retrocesos, entre pérdidas y ganancias, entre menudas aventuras -que disminuían el número de mis caballeros lenta pero continuamente- desfilaba el invierno.

entretanto yo, con mis más próximos ayudantes, organizaba a ciegas lo que había de ser la campaña que se avecinaba. pedía a dios que sus diferencias con los franceses se alargaran para apartar de nuestras tierras a los ejércitos cristianos; pero mis oraciones se desvirtuaban con la certidumbre de que ni un milagro de los que considero tolerables los apartaría definitivamente. igual que las estaciones se turnan con puntualidad, así las ofensivas cristianas se habían sucedido ante nuestras murallas; no quedaba más que una.

consciente de ello, con un tesón que a mí mismo me asombraba hasta dudar de si me había contagiado del falso optimismo que sembraba en los demás, dirigí el abastecimiento, la distribución y almacenaje de víveres, el recuento, limpieza y reparación de las armas, los ejercicios de la tropa, y todos los quehaceres de las jornadas normales. pero con la misma reserva con que se rodean de una apariencia cotidiana los últimos momentos de alguien que nosotros, mejor que nadie, sabemos que se muere. y aún me sobraba algo de tiempo, antes de que expiraran los breves días del invierno, para recobrar en mis libros un caedizo sosiego con el que enmascarar tal agonía.

nada ocurrió en esos seis meses que merezca una especial mención; o sea, fueron meses venturosos. ni el amor de moraima alcanzó los excesos de porcuna, ni la salud del pequeño yusuf nos inquietó. sólo en inevitables circunstancias, cuando la realidad nos agredía con sus rejones, escuchaba el suspiro de moraima; sin que me dijera nada, entendía que echaba de menos la mirada y la risa de ahmad. que nuestro primogénito se hallara en poder de quienes nos amagaban el pan y el agua y el aire, era una desgracia demasiado ostensible.

sin embargo, repito que a todo, hasta a la ausencia de lo que más ama, el hombre se habitúa. una prueba viva me la daba farax: se recuperaba de su desconsuelo; recogía la vida como un trofeo de su juventud; se recreaba con los entrenamientos; se resarcía con mi amistad y con su entrega a mí. la primera vez que le oí reír a carcajadas fue un día de diciembre en que, al salir de la sala del consejo, aben comisa, que bajaba un escalón mientras hablaba con el caisí que iba tras él, se pisó la falda, llegó trastabillando hasta la fuente del patio, y allí se cayó cuan largo era. farax se quedó colgado de su carcajada, sorprendido él mismo, mirándome con azoramiento.