– enhorabuena -le dije-. no te has olvidado de reír.
él intentó recomponer su cara de tristeza, pero algo esencial había cambiado. una tarde me confesó:
– tú eres mi rey en todos los sentidos. junto a ti he recuperado con creces cuanto me había sido arrancado. te pertenezco, señor.
– hay un sentido en el que no me gustaría ser tu rey: justamente en el que lo soy para los otros.
pensé en jalib, y una leve niebla enturbió la mañana. no tardó en disiparse.
llegó la primavera, y su dulzura agotó nuestra posibilidad de seguir engañándonos. donde estuvieran, los granadinos se quedaban inmóviles de pronto, mirando el horizonte. subían a los miradores, se asomaban a las murallas y oteaban por si veían acercarse una polvareda, o afinaban el oído por si escuchaban aquello que temían.
para un pueblo que aguarda a su enemigo, la primavera es la estación mortal.
fue el 22 de abril. a la sazón de verdear los trigos, desde alcalá la real fernando entró en la vega. después de estragar la tierra y de asolar las alquerías, marchó al valle de lecrín, que relucía lo mismo que un espejo feliz, y destruyó, mató o cautivó a cuanto había vivo en él. cuando lo vimos regresar a la vega, sin ponernos de acuerdo, todos supimos que era para quedarse. en la alquería del gozco asentó sus reales. traía una armada no menor de 40 mil peones y de 10 mil caballeros, bien provista de lo preciso para asegurar un triunfo rápido. su aparición enmudeció a granada.
allí estaba, delante de nosotros -como un testigo de nuestra debilidad, como un reproche por nuestros errores, como un emisario que aún no ha decidido exponer su mensaje-, aquel campamento que llenaba los campos. los pabellones de distintos tamaños y colores, las tiendas, las cabañas, los grandes establos, los grandes almacenes, los estandartes, las banderas: una ciudad construida sólo para vencer, para aguardar sin prisas. porque el modo más eficaz de conquistar una ciudad amurallada es cercarla por hambre. ya estaban arrasados los alrededores, desbaratadas las cosechas, desecados los pozos, trizadas las acequias; bastaba incomunicar las puertas de granada, cortar los caminos que descendían de las alpujarras, interceptar a quienes pudieran tendernos una ayuda. sin prisas; para esperar se había instalado aquella ciudad de lonas y enramadas: una ciudad a la que se bautizó con el potente nombre de santa fe para darle con él un mayor cimiento y compromiso. en ella, por las noches, que en la granada de otro tiempo sólo invitaban a la pereza y al amor, por las noches embalsamadas, desde los terrados veían los granadinos millares de hogueras encenderse. y oían, o creían oír, las risotadas de la soldadesca, los cánticos con que rememoraban sus tierras, las danzas y las músicas. y oían, o creían oír, aquella otra música más delicada y cortesana de las recepciones regias, cuyo ceremonial se mantenía allí igual que en los palacios, para imbuir en todos la seriedad y firmeza de la espera. y oían el jubiloso alboroto de los festejos en los días de fiesta, los torneos, las bulliciosas diversiones. y, como un contrapunto, las voces de las vigilancias y el grito de los centinelas. para recordarnos que todo aquello estaba, en función nuestra, despierto y al acecho, lo mismo que una fiera agazapada que se finge distraída antes de dar su salto.
no mediaba aún mayo cuando la noche entera, por poniente, se convirtió en una descomunal fogata.
la luz era tan fuerte que, a la distancia, parecía un amanecer rojo. los granadinos despiertos sacudieron a los dormidos creyendo que se trataba de alguna estratagema. yo ordené que no molestaran a moraima, y corrí con farax a la torre de la guardia. allí estaba mi madre ya, cerca de las almenas.
– arde el campamento, hijo.
¡arde! -gritaba trastornada por la alegría-. dios está con nosotros.
el aire de la noche acrecentaba el incendio. llegaba hasta nosotros el relincho de los caballos enloquecidos, el vocerío de la multitud cogida en pleno sueño, las explosiones de los polvorines que multiplicaban el desastre. mis súbditos palmoteaban ante el espectáculo, como si fuese un esparcimiento de fuegos de artificio que una voluntad más inapelable que la de los hombres hubiese concebido para ellos. la desventura del amenazador, una vez más, provocaba en el alma del amenazado un alivio, y despabilaba el tenue sueño de la ilusión: se aplazaría nuevamente el asedio; la suerte y dios, como vociferaba sin cesar mi madre, se inclinaba de nuestro lado; los cristianos tendrían que retirarse, renovar sus abastecimientos, sus viviendas, sus armas, su frenesí destructor. el fuego se cebaba, meticuloso e insobornable, en cuanto allí se levantaba o se le interponía. como un enorme juguete que la imprevisión de un niño ha dejado prenderse, ardía todo lo que nos acobardaba hasta ese instante; ardía el flamear de las banderas, la magnificencia de los pabellones, las tiendas, las cabañas, los chamizos, los cuerpos. ‘todo menos el odio’, pensé yo. el aire traía ya hasta nosotros el olor de la carne chamuscada…
tuve un escalofrío. refrescaba la madrugada. imaginé el calor que sentirían, en ese infierno que estaba presenciando, los cristianos.
me amargaba la boca. me vino a la cabeza, acaso en un momento impropio, lo baladí de todo lo humano, lo efímero del poderío, lo caduco de cualquier grandeza. como si el fuego se hubiera levantado para que escarmentase yo en cabeza ajena.
pájaros sobresaltados huían del incendio; galopaban caballos sueltos en mitad de la noche.
– una oportunidad para atacarlos -dijo despacio, sin mirarme, aben comisa.
– ¿qué ganaríamos con eso?
– preguntó abdalbar el abencerraje.
– destruirlos -gritó mi madre, que pasaba de una almena a otra almena-. ¡destruirlos!
– ¿es que no lo está haciendo el fuego por nosotros? -murmuré-.
no puede improvisarse una batalla.
– ¿improvisar? -la cólera enrojecía más que el incendio la cara de mi madre-. llevamos ocho siglos luchando. ¡toca alarma, boabdil!