manda tocar alarma, y que salgan los hombres de granada a acabar lo que el fuego ha comenzado. en la guerra no hay leyes.
la boca me amargó más aún.
sentí otro escalofrío y el asomo de un remordimiento. pensé en mi hijo ahmad, en los muchachos que se habían quedado de rehenes en córdoba. miré las llamas que subían al cielo. consideré la terrible venganza de los supervivientes. bajé los ojos hacia la ciudad, los volví hacia el albayzín, vi a mi pueblo que cantaba y bailaba en los adarves, iluminado como por el fuego del poniente; pero cantaba y bailaba sobrecogido ante la destrucción del campamento que, hasta esa tarde, lo había amedrentado, el campamento indomable y populoso. ‘si dios está de nuestra parte -pensé-, continuará estándolo.’
– tiene razón abdalbar -dije-, ¿qué ganaríamos?
– ¿es que no quedan hombres en granada? -gritó mi madre enfurecida.
– sí quedan -repuse con tristeza-. quedan ciento cincuenta caballeros. no sé si se improvisa una batalla, pero un ejército no puede improvisarse.
me retiré al palacio. tranquilicé a moraima, a la que el resplandor del fuego embellecía.
la convencí para que volviera a sus habitaciones. me invadió un gran agotamiento. caí en el sueño lo mismo que una piedra.
no amanecía aún cuando me despertó farax.
– se reorganizan los cristianos, boabdil -me llamó por mi nombre.
– ¿se ha extinguido el incendio?
– sí. ya ha devorado cuanto había que devorar. pero el ejército se reagrupa en orden de combate.
salté de la cama. era cierto.
así me lo confirmó un espía que llegaba jadeante. fernando había resuelto provocarnos en una escaramuza, para evitar el desaliento de sus tropas. su proyecto era apartarnos de las murallas cuanto pudiesen, y hacernos frente entonces, no para herirnos ni matarnos, sino para entrarse por la puertas de la ciudad, aunque fuese revueltos con nosotros, muriese quien muriese. abul kasim era el nombre del espía, no sé por qué me acuerdo: como el de mi visir y el de mi alguacil mayor. resbalaba ya la luz por la sierra solera. una luz cenicienta, que nos dejaba ver el inmenso campo también ceniciento en que santa fe se había transformado. aún brotaban bocanadas de humo; el olor a la carne quemada no es opuesto al acre olor de las batallas. súbitamente supe con claridad lo que tenía que hacer, lo que iba a hacer.
– no sé si es imposible o no improvisar una batalla, farax; pero lo vamos a saber antes del mediodía. cuando termine de amanecer, saldremos por la puerta de elvira. que llamen a mi gente.
¡a rebato! la ventaja de tener un ejército tan chico es que se junta pronto. ahora sí que ha llegado el final.
farax fue a encontrame en los baños de mi casa cuando acabó de transmitir mis órdenes. se desnudó despacio. yo me hallaba en la sala de la estufa. entró inocente y fuerte, enjuto y aplomado. al acercarse, las luces coloreadas de la claraboya le manchaban el cuerpo de verde, de rojo, de azul. no apartaba sus ojos de mí, como imantados por los míos. yo recorrí con la mirada su hermoso cuerpo.
luego, ya, con la mano. nos amamos furiosamente en la sala de reposo. nunca he hecho con tan devastadora fruición, con tal ferocidad, los gestos del amo. parecía que los estábamos haciendo ambos por primera vez. ¿o era que los hacíamos por última?
nos ungieron los masajistas con el estricto rigor que suelen antes de un peligro. después pedí ropas limpias para farax y para mí, y mandé que llevaran mis armas al palacio de mi madre y que convocaran allí a las mujeres: no era la primera vez que nos despedíamos mientras me armaba.
la mañana se anunciaba radiante y cálida. ‘el sol espejeará pronto en esta alberca’, pensé. mi intención era quitarle importancia a palabras y gestos. con el almófar en la mano, antes de encasquetármelo, imaginé el calor que no tardaría en darme. ‘pero no durará.’
con tono indiferente dije:
– perdonad todos los enojos que hayáis recibido de mí. son muchos, ya lo sé. perdonádmelos.
el rostro de moraima se contrajo. rompió a llorar sin ruido.
me sorprendió la mansedumbre de aquel llanto. la atraje con el brazo izquierdo hacia mí. se resistió como un niño con el que uno quiere congraciarse después de una azotaina indebida.
– ¿qué novedad es ésta, boabdil? -preguntó mi madre con voz alterada.
– no es novedad ninguna. déjalo.
– por la obediencia que me debes, dime qué quieres hacer y adónde vas.
– voy a donde la obediencia que te debo me exige. anoche, en el adarve, preguntaste si es que no quedan hombres en granada. sí quedan. y vamos a cumplir con nuestra obligación.
lo más brevemente que me fue posible le expuse mi plan: no permaneceríamos mano sobre mano aguardando el ataque; era mejor suavizarlo aguantando la primera embestida; cuando los cristianos, atraídos por nosotros hacia las murallas, nos siguieran, se encontrarían en ellas con los granadinos restantes, que los acribillarían; a la noche, retornaríamos. pero no era verdad. no era eso -o no era sólo eso- lo que yo maquinaba. mi madre, que me atendía con los ojos cada vez más abiertos, lo intuyó: me había oído decir lo que yo no había dicho. y moraima, que lloraba con sollozos ahora, también. las mujeres que las acompañaban empezaron una a una a lanzar sus lamentos. se había complicado todo más de lo que supuse.
hice un enojado ademán de marchar.
interponiéndose, mi madre me retuvo.
– buscas una salida que no existe, boabdil. te conozco. intentas salir por una puerta que está sólo pintada en la pared. -ante sus ojos, me sentí transparente.recapacita. ¿a quién nos encomiendas a nosotras, a tus hijos, a esta ciudad, a este pueblo? a mal recaudo nos dejas: si tu desapareces, el que no muera será esclavo. para las grandes ocasiones son los grandes consejos.
– no te comprendo.
– sí me comprendes -sus ojos chispeaban.
– mejor es morir de una vez que, vivo, morir muchas.