– siempre que murieras tú sólo y se salvasen los demás. ¿hasta para morir vas a ser egoísta? despierta. ¿de qué va a servirnos tu muerte, boabdil?
su barbilla, no del todo desprovista de vello, temblaba no sé si de dolor o de ira. una vez más comprobé que mi madre nunca estaría de acuerdo con nada que yo hiciese.
– déjame -dije librándome de ella-. los soldados me esperan.
– no te dejaré -volvió a asirme- sin que me jures que no te arriesgarás, ni permitirás que nuestra gente se aparte de las puertas. -agarraba el tahelí, y me lo ponía ante la cara.- júralo.
¡júralo sobre el corán!
– ¿por qué jurar? ¿es que nos oye dios? ¿es que nos mira? ¿no ves adónde hemos llegado? -se lo decía en voz baja e intensa, para que sólo ello lo escuchara.adiós, madre.
le besé la mano. a moraima, que ahora apoyaba su cuerpo contra el mío, le besé las mejillas: noté el sabor de las lágrimas. por encima de su hombro, vi en la puerta principal a farax, que me hacía señas de que me apresurara. con la mano cubierta por el guantelete, me despedí de las mujeres, que arreciaban sus lamentaciones como si me tuviesen ya muerto ante ellas, y salí de la alhambra.
a las puertas de la ciudad, los soldados me esperaban, ruidosos y no muy ordenados. verifiqué qué pocos eran.
– háblales -me recomendó abdalbar-. dales ánimo. van a necesitarlo -mi expresión le indicó que me resistía a hacerlo-.
háblales, boabdil. es la costumbre. sobre todo en la última batalla -suplicó.
sin esforzar la voz, les dirigí unas cuantas frases, que sus oficiales repetían:
– amigos míos soldados: hoy no pelearéis para satisfacer la ambición de un sultán. hoy no pelearéis por la independencia de vuestra patria. hoy no pelearéis tampoco para glorificar a dios, ni para propagar la fe, ni para defenderla, ni para ganaros el paraíso.
por todo eso pelearon vuestros antepasados. hoy os toca a vosotros pelear por vosotros: por vuestras casas, por vuestra ciudad, por el huerto que amáis, por los bienes que os costaron sudores. y por todo lo que está dentro de vuestros hogares: el honor de las mujeres, el amor de las esposas, la doncellez de las hijas. hoy pelearéis por la vida. y, si morís, moriréis por la vida. que ella nos bendiga a todos.
abrieron la puerta. salí al galope por ella. farax me seguía; abdalbar iba a mi izquierda.
– cuando atraviese el último soldado, que atranquen las puertas.
y que no se abran sino por orden mía.
– ¿es que quieres llevarlos al matadero? -me preguntó abdalbar.
frené el caballo. volví la cara y lo miré sin contestarle.
– que no abran las puertas desde ahora sino por orden mía -insistí; luego me eché a un lado para dejar pasar a la tropa, y le grité-: no os separéis los unos de los otros por ninguna razón. no os separéis: os va en ello la vida.
– poca les queda ya -oí que murmuraba abdalbar.
sin atenderle, levanté la mano.
no miré hacia atrás: sabía que allí estaba farax. a él le advertí.
– tú, conmigo.
galopé hacia un alto próximo a la muralla. sobre ella veía a los granadinos que se habían quedado en la ciudad -niños, viejos, inválidos-, y a las mujeres con ellos, dispuestos a derrotar a los cristianos en cuanto se acercasen.
‘estúpidos’, pensé. ‘no, inconscientes’, pensé. sentí piedad por ellos y algo muy parecido a la ternura. ‘los estoy viendo, y dentro de muy poco no los veré ya más.
ahmad, mi hijo, está en moclín, ignorante de lo que aquí sucede; moraima y yusuf me aguardarán en vano.’ vi el ejército enemigo, impaciente, piafante como sus caballos, ordenado. sin darme cuenta, buscaba con los ojos a gonzalo fernández de córdoba; no lo encontré. pensaba: ‘para unas fauces tan grandes, somos sólo un bocado. cuanto antes seamos engullidos, mejor.’ mandé avanzar un poco. ‘es como una corrida de toros: se cita al animal moviéndose ante él para que se arranque y embista. seguramente es lo mismo que ellos planean. el triunfo del que corre bien toros consiste en no perder la iniciativa. los cristianos quieren que nos alejemos lo más posible de las murallas para correr luego más de prisa que nosotros, e impedir nuestra vuelta, y ganarnos la mano en las entradas.’
– ¡esperad ya! ¡deteneos! ¡ya basta! -mandé.
– se acercan -era la voz de farax.
me volví. estaba tenso, absorto en el ejército contrario, de pie sobre los estribos, estirado el cuello de un modo increíble. era un niño atento a su tarea.
– van a atacarnos. ¡nos atacan! -decía como para sí mismo.
en efecto, nos atacaban. pero, en lugar de concentrarse, se abrían como un gran abanico. ¿pretendían envolvernos? abarcaban un frente mucho mayor que el nuestro. se dividían en numerosos cuerpos. se adelantaban todos a la vez, seguros y ligeros. antes de que me diera tiempo a entender ni a decidir, abdalbar bajó al galope la cuesta.
me distrajo su repentina decisión, tomada sin consultarme ni explicarse. bastó ese instante de distracción; cuando miré de nuevo, mis hombres se dividían también. intentaban responder a los distintos cuerpos atacantes; vacilaban de uno en otro, sin orden ni concierto.
abdalbar impartía desesperadas órdenes. todo era inútil. o no: acaso para lo que yo deseaba nada era inútil.
– te dejo, señor -gritó farax incontenible.
– ¡te mando que te quedes! -le dije a voz en cuello: tanto, que mi voz se oyó por encima del encarnizado ruido de los encuentros de abajo.
el polvo se espesaba; apenas nos permitía adivinar, pero el coraje de mis hombres relucía hasta velado por el polvo. un solapado orgullo me hizo respirar hondo.
– bravos, bravos -dije volviéndome a farax-. pero ya, ¿para qué?
farax, más excitado de lo que puede describirse, no me oyó. daba golpes al aire con su espada, agitaba la cabeza, reía y lloraba a la vez. era un niño apasionado por un juego al que ve jugar a otros más afortunados que él.