se multiplicaban los encuentros parciales. mis hombres estaban despilfarrando su valor. cuatro, diez, veinte cristianos por cada musulmán, aislado de los suyos. y, de repente, por ambos lados, desde lejos, vi acercarse dos nubes de polvo. lo que temí: nos envolvían.
las alas de su ejército, ocultas hasta ahora, traían reservas contra mis hombres fatigados. con otra artimaña, fernando me vencía de nuevo. mi corazón, que había latido hasta entonces a su compás, sin aceleración ninguna, se arrebató. sentí a la vez odio y cólera. un odio y una cólera ciegos contra aquellos extraños que en lo único que nos aventajaban era en fuerza: más fuerza que nosotros y más odio y más cólera. si el deseo matara, delante de mí en ese instante habrían muerto todos. los refuerzos -a la cabeza de uno de ellos creí ver a don gonzalofraccionaban más aún a mi gente.
mis peones retrocedían. no porque se hubiesen puesto de acuerdo, ni por obedecer orden alguna: trataban de salvarse simplemente. miré a farax. tenía una mano delante de los ojos.
– ¡adelante, farax!
saltó como si le hubiese dado un golpe con la espuela:
– ya era hora.
nos adentramos entre los que luchaban. me escoltaban sólo unos cuantos negros: los que quedaban de la guardia real. procuré reunir a los caballeros desperdigados; no lo conseguí. la infantería cejaba hacia las murallas. ‘en un combate, hasta el final no se sabe quién gana: es todo tan confuso. en tanto dura, sólo pierde quien muere.’
como si me hubiesen escuchado, todos a una, girando ante el empujón del instinto, mis peones corrían ya, sin remilgos, dando esta vez la espalda no a la muralla, sino al enemigo. mis caballeros, que no tardaron en percibirlo, flaqueaban. oí las voces de farax:
– ¡abrid las puertas! ¡que abran las puertas!
– ¡no! ¡no! -grité; pero supe que las abrirían: él era mi portaórdenes.
– o volvemos, o esta noche granada será suya -me dijo.
– ¡no! -volví a gritar.
mi guardia había sido separada de mí. sentí un golpe en el capacete; no dolor, sólo el golpe. no sé ni quién me hirió, ni si lo herí al responder. en una batalla no se sabe nada si se está dentro de ella. justifiqué la desobediencia de mis tropas: sólo los avezados y los expertos en batallas tienen clara la mente para ver qué conviene. lo otro es el alboroto, el caos, el embrollo. ‘esto no es una batalla: es una humillación.’
– vamos, señor. vamos. ¡de prisa! -era abdalbar, que refrenaba su caballo junto a mí.
– ve. tú ve. ya voy yo.
unas palomas grises volaban por el cielo azul, por encima del polvo y la barbarie. ‘tontunas. ¿qué hacen ahí arriba esas palomas en lugar de los buitres? ¿qué hacemos aquí abajo nosotros?’ dejé de pensar. espoleé mi caballo. me lancé hacia adelante. junto a mí sólo había un par de jinetes de mi guardia y farax. me habría gustado tropezarme con gonzalo de córdoba; que al menos fuera él quien… pero ya daba igual.
quien fuese. adelante. me sorprendí diciendo adiós a voces. ya no había nadie mío cerca de mí.
aunque quisiera evitarlo ahora, no podría. estaba bien. había estado bien. no pensaba. nada recuerdo de un modo concreto y distinto, sino como entre la niebla del sueño que nos hunde y agita, donde ninguno de sus componentes tiene una estricta razón de ser. si me esfuerzo hoy, veo un ojo desorbitado, una túnica rasgada de la que mana sangre, una mano sin cuerpo sobre el suelo, el rostro angelical y rubio de un muchacho, una boca vomitando sangre, una extraña mueca que remedaba -o era- una sonrisa.
sólo tenía conciencia de que espoleaba a mi caballo. y, en medio del ruido estentóreo, de los alaridos, las quejas, los choques, las carreras, los mandatos, el vértigo de la muerte, oí con toda precisión un galope detrás de mí. ‘¿por qué oigo ese galope?’, me preguntaba, cuando, de un sablazo, alguien cortó mis bridas. luego, con el sable de plano, golpeó el anca de mi caballo, y le hizo dar media vuelta.
por fin, pinchándolo en la grupa, lo puso al galope. contra mi voluntad, como una centella, volé hacia granada.
vi lo que aún subsistía de mi ejército -’llamar ejército a esto’- correr ante mí. atardecía.
¿atardecía? no lo sé. quizá el sudor, el polvo, el mareo de los encontronazos, alguna abolladura que presionaba… no lo sé. pasaba el campo a un lado y otro míos. era el campo quien pasaba, no yo: tan desbocado iba mi caballo. habían abierto las puertas de par en par. ¿fui el último en pasar? oí: ‘¡ahora! ¡ya! ¡ya!’
oí el estruendo del portazo, el caer de las gruesas trancas, los primeros mandobles encolerizados contra los maderos chapados. oí el griterío sobre las murallas. no distinguí si era de pena o de alegría. ‘también los derrotados aman la vida a veces…’ a favor de querencia, mi caballo, con el que todavía no me había hecho del todo y que no obedecía mi voz, subía igual que un rayo, a pesar de su agotamiento, la cuesta de la sabica camino de la alhambra.
– perdóname -era farax, que se ponía a mi altura. no le quise mirar.
– has sido tú, ¿verdad?
– perdóname.
– todo me ha traicionado: tú y la muerte.
– perdóname.
– creí que morir era mucho más fácil.
– cuando llega la hora de cada cual, lo es.
farax retrocedió unos pasos, e insistió con voz suplicante:
– perdóname, señor.
dejé pasar unos momentos:
– esta mañana me llamaste boabdil.
él avanzó de nuevo hasta mi altura, y atravesamos juntos la puerta de la alhambra.
a la mañana siguiente los granadinos vimos, desde las murallas altas, un extraordinario movimiento en el lugar donde había estado el real cristiano. al principio nos regocijamos creyendo que se preparaban para levantar el cerco y retirarse. por la tarde supimos la verdad. la reina había llegado temprano con sus hijos desde alcalá la real, donde residía. conversó aparte con su esposo, y los dos comunicaron su resolución a los maestres y a los capitanes: no era prudente dar su brazo a torcer; no era prudente aplazar la tarea. las decisiones había que tomarlas en caliente, ‘y más caliente que después del incendio es imposible’, bromeó la reina. a partir de ese mismo día -es decir, ya- se comenzaría a construir un campamento que no pudiera arder; una ciudad de fábrica, con cimientos de piedra verdaderos, y verdaderas calles y verdaderos pozos. a medida que el asedio se prolongara, crecería y se asentaría la ciudad. con más motivos que antes, se llamaría santa fe. los musulmanes tendríamos que bebernos con los ojos la inamovible provocación de los cristianos. se proponían levantar ante nosotros una prueba tangible, la mejor, de que no se irían: una demostración a prueba de lluvias y de fuego, de desalientos y vacilaciones. la reina lo había dicho: