– no quiero ejércitos con los brazos caídos. mientras se rinden los infieles, haremos algo bueno: un cuartel atrincherado como una ciudad, que dure más que nosotros mismos, y que haga preguntarse a los que después vengan si es que estábamos locos. por esta santa fe subiremos a la alhambra. ¡a trabajar, soldados! nuestro dios no es sólo el dios de las batallas, sino el de los hermosos campamentos con torres, fosos, muros, puertas y caballerizas. a santiguarse y a trabajar, soldados.
los granadinos y los evacuados de las proximidades, después de ver cómo cavaban las primeras zanjas y trazaban con cal el extenso contorno; después de ver clavar los estandartes y distribuir las batallas; después de ver llegar en carros, desde las alquerías destruidas, los materiales para una duradera construcción, ya no tuvimos dudas. aquella noche nos acostamos pronto: nos fuimos a nuestras casas en silencio; cuando dejó de divisarse el asiento cristiano, se vaciaron las plazuelas. a pesar de ser mayo, no tenía nadie ganas de cantar. el agua de los aljibes y las fuentes corría solitaria, no escuchada por nadie. desde mi alcoba -farax seguía durmiendo desde la noche anterior-, moraima y yo oímos gorjear un ruiseñor. pensé que estaba fuera de lugar aquel canto de intrepidez y gloria. a punto estuve de mandarlo matar.
contar lo sucedido en los meses que siguieron no es empresa sencilla. procuraré -ahora que me es posible- olvidarme de mí; procuraré quedarme al margen, aunque al margen estuve un poco siempre, o consiguieron que estuviese. procuraré ser objetivo, y no mezclar en el relato mis sentimientos de fracaso y decepción, la inestabilidad, e incluso el desequilibrio, que me poseían, y que me empujaron a mudarme, sin razones evidentes y con frecuencia, desde la alhambra a la alcazaba del albayzín, y viceversa. procuraré enumerar los hechos de manera ordenada, si es que se puede enumerar con orden el desorden sin falsearlo: para describir los objetos que componen un informe montón, hay que extraerlos de uno en uno, individualizarlos, catalogarlos, aunque volvamos luego a revolverlos como estaban.
después de mucho reflexionar sobre el episodio más trascendental de mi vida pública (aquel en que el destino me había acorralado, y en el que ni siquiera se esperaba de mí otro gesto que el de acatar su fallo), he concluido que a las negociaciones con los reyes cristianos se llegó por tres vías, conducentes las tres a la misma meta, pero no siempre paralelas. a través de ellas me propongo exponer los hechos con la visión de hoy, más completa y más clara que la que entonces tuve. los cronistas -aún los más afectos, como hernando de baeza- sólo tendrán en cuenta una u otra de las vías, y las tres eran simultáneas.
la primera fue la situación de la ciudad, más desastrosa cada día, que saltaba a la vista, aunque no en todo caso saltasen a la vista sus orígenes o sus agravantes. la segunda vía no fue nada físico, ni perceptible por los ciudadanos granadinos, desdichados protagonistas -no agentes, sino pacientesde la primera; esa segunda vía la recorrieron subrepticiamente mis apoderados y los del rey de castilla. la tercera, invisible no sólo para los granadinos sino hasta para mí, fue una tortuosa maraña de infidelidades, subterfugios y argucias, con las que ciertos personajes de ambas cortes -doloroso es reconocer que, sobre todo, de la mía- se beneficiaron a costa de mi reino. y, finalmente, será innecesario insistir en que la realidad es siempre más compleja que el relato de la realidad; como aquel informe montón de objetos a que me refería es más complejo que la suma o la enumeración de todos los objetos. porque estas tres vías de que hablo no eran independientes entre sí, ni siquiera estaban trazadas con nitidez; según la conveniencia de quienes las utilizaban, ellas se enfrentaban o coincidían, se entrecruzaban o se superponían.
eran los cambiantes intereses de las personas y los pormenores acumulados del ambiente general los que las dibujaron y rigieron.
a partir del mes de junio granada fue una ciudad que había perdido la cabeza, y no aludo solamente a mí, que continuaba siendo su cabeza más nominal que efectiva.
de una forma impalpable, pero progresiva y rápida, fue siendo dominada por el pánico y por una sombría sensación de catástrofe.
al comienzo, el pueblo reaccionó con una especie de taciturna resignación: como en esos casos en que, dada por supuesta una inevitable desgracia, no se menciona en las conversaciones. las gentes intentaban no ya hacer su vida habitual, pero al menos que pareciera habitual lo que hacía; salvo salir fuera de las murallas -impedimento que ya era mortal para los agricultores-, se conseguía una imitación bastante tolerable de la normalidad. pero, poco a poco, lo que había de falso en esa convivencia exacerbó los ánimos. no sólo el estar encerrados, sino la conciencia de estarlo, y la muda y recíproca interdicción de reconocerlo en público, crearon tensiones, suscitaron reyertas y fomentaron pendencias. unos barrios se pregonaban preferidos ante otros; unos gremios friccionaban -lo que no había ocurrido antes- con los vecinos; unos ciudadanos conminaban a la abolición de lo que calificaban de privilegios ajenos. de modo imperceptible, o apenas perceptible, los pobres, que en granada se habían caracterizado por su particular alegría tan a menudo envidiada por los ricos, al perder tal alegría, se sublevaron contra éstos, que, según los pobres ahora entristecidos, nunca habían perdido, y no perderían aunque la ciudad se perdiera. las levas, que afectaban a unos y a otros, pesaban más sobre los pobres, cuyos medios de subsistencia dependían de sus manos, llamadas a servir al reino, por cuyo bien común abandonaban o relegaban el propio. las exacciones, imprescindibles para el armamento y el sostén del ejército y para la construcción de las defensas con que oponernos al cerco, afectaban por el contrario principalmente a los ricos. con lo cual el costo de la guerra -ni siquiera de la guerra, sólo de la resistencia- desagradaba a todos. y aún más si consideraban, como lo hacían, que era inútil seguir. la ilusión era irrecuperable para ricos y pobres, y el derrotismo los agobiaba por igual.