los campesinos, ante los campos incultos, se hundieron en una consternación hostil. se les veía, no bien amanecido, acodados en las murallas, columbrando con ojos húmedos las eras de la vega, las almunias, los huertos, las pardas rastrojeras en que se habían convertido sus lujuriantes plantaciones. es imposible que quien no ame la tierra como nuestros labriegos la aman, quien no haya trabajado en su minúscula y mimosa artesanía, con la que no doblegan, sino que acarician y embellecen a la naturaleza, adornándola hasta transformarla de abrupta en dócil con sus bancales, sus acequias y sus puntuales riegos, es imposible, digo, que sienta, como sentían ellos cada mañana, la voz de esa naturaleza que llamaba a cada uno por su nombre y lo reclamaba y lo añoraba, por encima de quienes fueran los dueños por razones políticas, asunto que a ellos no les concernía y que habían acabado por odiar. tanto que, ociosos y resentidos, se dedicaban por entero a conspirar, a urdir venganzas y a atajar por el camino que más derecho los llevase a su reencuentro con la tierra.
el comercio, que se desperezaba en cada alba y se enriquecía en nuestros zocos; que proporcionaba bienestar y comodidad a nuestros artesanos, cuyos productos salían de granada en las manos de quienes aportaban los de otras geografías; que creaba apretados lazos, los únicos irrompibles en principio, sobre montes y mares, se ausentó.
la ciudad consumía lo que ella misma fabricaba, pero no todo lo que fabricaba, ni a medida que lo fabricaba. muchos mercaderes, ocupados en el lujo, quedaron sin empleo, y los demás, ante la disminución o desaparición de las demandas, dejaron de producir las cantidades que antes producían.
las operaciones de mayor envergadura, los cambios de moneda, las importaciones, los tráficos internacionales y marítimos, fueron abolidos. y los perjudicados tampoco hallaban una razón ideológica o cordial que los compensase de su pérdida.
en cuanto a los soldados, se veían en tal inferioridad de condiciones, y contaban con tan poca simpatía de los ciudadanos, que inspiraban pena en lugar de admiración o de respeto. ser soldado en tiempos de derrota es tan ingrato como ser alfaquí en tierra de infieles. por otra parte, la flor de nuestro ejército había perecido, durante los inmisericordes meses anteriores, en las algaras emprendidas para mantenerlo saludable y vibrante. en las tierras de alfacar y puliana, en maracena o en tafía, en yamur, en el jaragüi, en armilla y en el rebite o el monachil, quedaron muertos nuestros mejores guerreros, o de allí regresaron inutilizados por sus heridas. tal era nuestra realidad, aunque las pérdidas de los cristianos fuesen dobles o triples, que nunca fueron tantas, aunque, para no darnos por vencidos antes de que nos vencieran, nos hubiese parecido vital esa sangría.
moralmente, pues, la situación era irremisible. y lo era desde mucho tiempo antes de que se manifestase como tal para los granadinos.
en cuanto al abastecimiento, nuestra insuficiencia no era aún comparable a la que padecieron hasta su rendición málaga o baza, pero también es cierto que los granadinos y los refugiados ya no podían achacar a nadie el hundimiento del islam: su rendición no era una rendición más, ni su entrega otra más, sino la entrega y la rendición de cuanto sus creencias y sus abuelos fueron, les enseñaron a ser y los animaron a defender desde hacía siglos. ¿qué les importaba que granada no pudiese conquistarse por asalto ni por sorpresa, y sí sólo por un sitio que sería muy largo y que acaso diera tiempo a alguna alternación?
¿qué les importaba que el aislamiento infligido por los cristianos no fuese total, y quedaran exentas de él las cuencas altas del darro y del genil, con los frutos de la huerta y de la ganadería de las vegas de zenes, de dúdar, de quéntar y beas, de pinos genil y güejar-sierra, aparte de los caminos arriscados pero andables de las alquerías y aldeas alpujarreñas, muchas de las cuales aún eran musulmanas? los granadinos, aunque no se lo confesasen, ardían en deseos de zafarse como fuese de unas circunstancias que se les hacían insostenibles, y salir de las cuales como fuese, por el solo hecho de salir, se les antojaba un bien inapreciable.
y tampoco les importaba contar con defensas que eran otro bien inapreciable: la resistencia de alfacar, por ejemplo, con la que todos los arranques cristianos, reiteradamente lanzados contra su fortaleza, no habían podido; o tener dentro de sus muros las dos ciudadelas mejor guarnidas y más grandes de europa según mis noticias: la alcazaba del albayzín y la alhambra (entre las que yo oscilaba con moraima y mi hijo yusuf, acompañado por farax, sin ton ni son en apariencia, aunque generalmente por causa de amenazas y atentados que había de eludir).
y se manifestaban asimismo indiferentes los granadinos a las heroicas gestas que para animarlos toleraba yo, aunque estaban oficialmente vedadas; me refiero a las acciones campales, aceleradas y efectivas, que denodados jóvenes emprendían aún, y que sembraban la inseguridad hasta en el campamento de santa fe, cuyos muros algunas noches alcanzaron, matando centinelas, sorprendiendo guardias y asaltando convoyes. pero los granadinos sólo tenían ojos para su mal, no para lo que los debía de alentar, y tampoco para el mal de sus enemigos, que en cierta amarga forma contrapesaba el suyo.
¿o es que se encontraban los cristianos en condiciones óptimas?
a causa de la suciedad y de la inmundicia de piojos, chinches y pulgas, se desencadenaron en sus reales epidemias que, por alto que fuese el nivel de sus hospitales, ocasionaban bajas y fugas. faltaba el dinero, que no siempre lograban recaudar, ya porque se negaran los pueblos, ya porque los recaudadores lo sisaran, ya porque se aprovechara el papado y lo escatimaran las órdenes religiosas, abrumados todos por la prolongación de las campañas: ni a los súbditos ni a los aliados puede exigírseles un gran esfuerzo duradero. el agotamiento de los concejos, el desconocimiento de castilla sobre qué era granada, qué su reino, cómo se desenvolvían las conquistas y qué se adquiría con su dinero, eran muy perjudiciales. la necesidad de hombres aumentaba al ritmo de nuestros asaltos; hubieron de establecerse por la vega grupos de lanceros en turnos de día y de noche, y, alrededor de santa fe, trincheras, parapetos y avanzadillas surtidos por soldados, en una incesante actividad que los desalentaba al transformarlos de asediadores en asediados. era tanta la perentoriedad que los reyes tenían de apresurar la entrega de granada, ya que no su conquista, que tuvieron que intervenir con decisión, por procedimientos sesgados, para empeorar las condiciones físicas y morales de los granadinos y apremiarnos así a la negociación. recibíamos noticias del malestar de los cristianos, que presenciaban el correr del tiempo y el gasto de sus arcas y de sus márgenes de recuperación, sin avanzar ni un sólo paso. recibíamos noticias de la acuciante tentación que sufría fernando de levantar sus tiendas, dejar una guarnición como testigo y aplazar hasta el próximo año, en que estaría ya deshecha granada, la arremetida final. recibíamos, a través de nuestros escuchas -que eran de vaivén en la mayor parte de las ocasiones-, los ecos de las desfavorables nuevas que les llegaban desde fuera a los reyes: el incendio de medina del campo, una de las ciudades más ricas de castilla y la mejor proveedora por devoción a su reina; la muerte del príncipe heredero de portugal, hacía tan poco casado con la hija mayor de los reyes, a la que le abrieron las puertas de santa fe transformada en una casa de duelo, hasta el punto de que tuvieron que enviarla a illora, con don gonzalo de córdoba, a que él la consolase, ya que bastante tenían los soldados con sus propios desánimos. pero los granadinos, desde que vieron blanquear el campamento, que encalaban los cristianos casi a diario precisamente para que fuese divisado y admirado, vivían obsesionados por sus propias heridas, y no cesaban de contemplarlas y agrandárselas a fuerza de hurgar en ellas. con lo cual, cuando al acercarse el invierno se agravaron esas heridas para todos -sitiados y sitiadores-, la depresión de los granadinos llegó a su ápice y se produjo el estallido.