llevaba unos harapos por toda indumentaria, los pies descalzos en unos alcorques para que el corcho lo protegiera de la humedad, y un pingo atado alrededor de la cabeza.
no digo yo que fuese sucio, porque eso no se le habría tolerado; pero tampoco era el más aseado de todos los sirvientes. poco a poco supe por qué tenía el privilegio de actuar con más libertad que ellos.
había servido con mi abuelo, y, cuando mi padre lo destronó, entró en seguida al servicio del nuevo sultán, por lo que, al quedar inválido en una de las últimas incursiones que el rey enrique iv emprendió desde écija en la vega, pasó a engrosar la lista de los servidores palaciegos. quizá la expresión ‘servidores palaciegos’
produzca una impresión equivocada.
no había uniformes, ni riqueza, ni bordados; por lo menos, en la mayoría de las casas. había un aluvión de mutilados de guerra y de impedidos, cuya única forma de vida consistía en desarrollar uno de los mil oficios que la alhambra requería para ser lo que era: una ciudad auténtica. el de jardinero era de los más importantes.
– yo nunca supe -me decía faiz cuando ya trabamos amistad- una palabra de jardinería. no es que la despreciara, pero no me parecía cosa de soldados. lo mío era la guerra. y la frontera. con mis grandes bigotes (yo ahora, para que no me teman aquí, me los he recortado, pero tenía unos bigotes tan grandes que, para dormir mejor, me los ataba en la nuca), con mis grandes bigotes asustaba a los cristianos en cuanto me ponía por delante de ellos.
– ¿y tú ibas a la guerra con la muleta? ¿cómo montabas a caballo?
faiz, que evidentemente no había pertenecido nunca a la caballería, solventaba cualquier duda mía de la manera más airosa que imaginarse pueda.
– yo antes tenía piernas, reyecito. cuatro o cinco piernas.
sirviendo a tu abuelo, que se llevaba muy mal con yusuf v (y viceversa, si me permites decírtelo), en pleno mes de febrero de 1464, una vez que murió el rey anterior (o, bueno, no anterior del todo, porque coincidían los dos reyes de cuando en cuando), digo que, muerto el rey yusuf, ya se quedó solo tu abuelo, un poquito antes de que tu padre lo sustituyese. lo sustituyese en vida, si me permites que te lo diga, reyecito; porque aquí los reyes han ido y han venido, o incluso ni han ido ni han venido: unos se han quedado en aquella colina -señalaba al albayzín-, y otros, en ésta. yo siempre he preferido a los de ésta: la alhambra es más sólida, si me permites decírtelo. no lo olvides, reyecito, que a lo mejor te hace falta algún día: la alhambra es muchísimo más sólida y, a la larga, da mejor resultado.
se refería -creo- a algunas guerras civiles anteriores, y profetizaba -creo- las que luego vinieron. pero lo que más me entusiasmaba era su estilo pomposo y zigzagueante de contar sus historias; de forma que, al concluir, no me había enterado de lo que quería contarme, pero sí de alguna circunstancia apasionante.
– ¿por qué tenías tantas piernas?
– porque en la guerra todas son pocas, reyecito. con mis piernas y mis bigotes yo era el amo de la guerra. hasta que llegó ese enrique iv, y me mató el caballo, y se me cayó encima, y me partió esta pierna. me la partió de una manera que nada tenían que hacer más que cortármela. así que me dieron unas adormideras y ¡zas!, me la cortaron, porque no era cosa de dejar desangrarse en medio de la vega al amo de la guerra.
– y con las demás piernas, ¿qué te hicieron?
– las fui perdiendo una a una, hasta que tu padre, al verme con una sola, me dijo: ‘como las adormideras te salvaron la vida, mejor será que te dediques a cuidarme el jardín, que, fuera de la guerra, es lo que más me gusta, y a distraer a mi hijo mayor, que yo oportunamente te presentaré’. si me permites decírtelo, lo que sucede es que echo de menos la guerra. echo de menos, ya ves tú, hasta a aquel rey que los suyos dicen que tiene cara de león, y lo que tiene es cara de mono, feo como un pecado de incesto.
– ¿qué rey?
– ¿no te lo estoy diciendo?
enrique iV. muy alto, con el culo muy gordo y con cara de mono.
yo, a la segunda vez que me lo encontré frente a frente, ya le hablé de tú, porque, si me lo permites, me estaba ya cansando. seis entradas hizo en la vega en muy poquito tiempo, y hubiera seguido haciendo más si es que no le paramos oportunamente los pies.
mientras relataba sus gestas, cada día de una manera diferente, cavaba, podaba, regaba, quitaba hojas o recortaba los arrayanes.
nada podía detenerlo cuando estaba en vena. a veces se quedaba con una podadora o con una azada en la mano, o apoyaba en un astil la barba, y le resplandecía la sonrisa, que era una de las más blancas y brillantes que yo he visto en mi vida. porque él, que por fuera todo lo tenía feo, al acabársele la áspera cáscara del cuerpo y abrírsele el postigo de los labios, dejaba ver la belleza de su interior, y su interior ya empezaba en los dientes.
“mis cualidades” -canturreaba- “se corresponden con las de un palacio reaclass="underline" por fuera, manchas y desconchones; por dentro, las maravillas.”
y se sonreía mirando de hito en hito al que tuviese en frente.
– ¿tú tenías caballo propio? -le preguntaba yo.
– ¿no había de tenerlo? yo era amigo de tu padre, y todos los amigos de tu padre estamos llenos de caballos propios de raza pura.
tenía un caballito no muy largo, ancho de pecho, con una grupa que ni la de una mujer, y una cara alargada y fina, con ojos de princesa, y ollares como para colmárselos de alhelíes. cuando cogía el trotecito, era capaz de subirte a la alpujarra en menos de lo que canta un mirlo. ¿no había de tener yo caballos? ¿o es que yo no soy amigo de tu padre?
– pero ¿mi padre y mi abuelo se llevaban bien?
yo había oído comentarios que a un niño, por muy simple que se le suponga, siempre se le quedan grabados. trataban de reyertas o desagradecimientos familiares.
– mira, reyecito, eso era cosa de ellos. yo fui amigo de tu abuelo, y soy el mejor amigo de tu padre. ¿cómo no iba a tener yo caballo? ¿o, entonces, qué fue lo que me pasó?: ¿que se me cayó en lo alto el caballo de un cristiano y me rompió la pierna? si me permites decírtelo, eso es sencillamente una suposición.
yo, por muy pequeño que fuese, llegué a la consecuencia de que lo que él llamaba suposiciones es lo que llaman los demás realidades; pero un niño, igual que faiz, nunca distingue cuándo acaba una suposición y cuándo empieza una realidad.