del mismo modo, de una manera no oficial, el alguacil mayor aben comisa y el visir de granada el maleh mantenían relaciones difusas -o eso pensaba yo- con la corte cristiana, a alguno de cuyos secretarios conocían ya de las negociaciones expresas anteriores. en el campo cristiano hallaron un fidelísimo espejo de ellos, hernando de zafra. él y el maleh intercambiaban votos de sincera, afectuosa y recíproca amistad, en los que sospecho que ninguno de los dos confiaba; pero zafra agilizó bastante las gestiones, empujando a los míos a plantearme clara y rotundamente los asuntos. los míos, por lo que yo sabía, y según lo que yo les había sugerido, se resistían, balbuceaban, se hacían de rogar. mis órdenes eran que aplazaran, sin romperlos, los tratos; que aseguraran que mi resolución de no entrar en el negocio era veraz e inflexible, y que arguyeran, contra cualquier apresuramiento de zafra, que no osaban arrostrar mi indignación si aludían, ni sesgadamente, a la entrega de la ciudad. pero zafra era aún más artero que su rey, quizá por proceder de más abajo. (fue criado de enrique iv, y luego secretario de ínfima categoría de la reina; con servilismo y paciencia, había medrado: llegó a confidente y consejero de fernando. y cuando éste, desvanecido su optimismo, se resignaba a aplazar la solución del cerco hasta la siguiente primavera, él lo disuadió y se comprometió a hacer la torva labor de zapa que el rey personalmente había llevado a cabo en baza, y de la que se encontraba muy cansado.) fue con este villano inteligente, al que nada le impedía arrastrarse con tal de alcanzar lo que deseaba, con el que entablaron negociaciones -creí que en exclusiva- mis principales mediadores.
lo que ignoraba yo -por lo menos en sus detalles- era que, desde el mes de abril, no sólo aben comisa y el maleh, sino muchos más personajes de mi corte, habían abierto tratos ya. todo eran ambigüedades; todo, supuestos; todo, palabras en el aire, porque a cuanto se hiciera a espaldas mías tendría yo que dar mi visto bueno; pero entretanto se hacía. quizá la otra parte confiaba en que yo sabía más de lo que sabía, y en que tácitamente autorizaba y ratificaba esas gestiones como las más arriba expuestas del alguacil mayor y del visir. en la diplomacia la habilidad consiste en revestir de autenticidad lo hipotético o lo inventado, en adornar lo ilusorio, y en presentar como verdad lo imaginario; apoyándose, entre otras cosas, en el anhelo del engañado de que sea firme cuanto se le insinúa.
así, entremezclados los pasos oficiales con los semioficiales, e incluso, por desgracia, con los privados en estricto sentido -opuesto a veces a los intereses de granada-, era muy arduo para cualquiera -sin exceptuarme a mí- discernir cuáles eran los límites de unos y de otros. cautivos liberados sin mi consentimiento llevaban a santa fe propuestas que yo desconocía; traidores siempre a punto para venderse iban y venían con recados que sólo la parte interesada en darlos -o sea, el rey fernando- se tomaba el trabajo de fingir.
[pero ¿cómo iba yo a suponer que, mucho antes de que yo decidiera negociar, aquéllos en quienes más confiaba lo hacían ya en la sombra?] ¿cómo iba yo a suponer que el maleh, al que siempre tuve -y aún tengo- por fiel, se oponía desde meses atrás a que interviniera en las conversaciones aben comisa, a quien tachaba en sus cartas a zafra de estúpido y de avariento, y exigía el monopolio para él, cosa en la que coincidía con aben comisa, que también opinaba que habían de hacerse por una sola mano: la suya en su caso, por supuesto? ¿cómo iba a suponer que los dos personajes habían ya fijado con el enemigo el precio exacto de sus intervenciones: 10 mil castellanos de oro cada uno, además del temple con todas sus alquerías, en donación que había de hacerse a juro de heredad, con pleno dominio en poblado y despoblado, en lo alto y lo bajo, más todos los pactos, salmas, diezmos, pechos, derechos y jurisdicciones privativas? ¿cómo iba a suponer que, más adelante, cuando ya me había implicado en la correspondencia, el maleh me entregaba las cartas pero se reservaba unas hijuelas que en el mismo sobre le incluía zafra para que las leyera él solo a escondidas del alguacil mayor y de mí mismo? ¿podría creer a el maleh -y sin embargo lo creí-, cuando me explicó que así me convenía, y que también él le mandaba otras hijuelas secretas a zafra, pues no es bueno que un rey pueda enojarse demasiado, o poner en riesgo su dignidad real, o enterarse de las pequeñeces y cicaterías con que sus súbditos obran compelidos por su servicio, o estar al cabo de las mentiras e hipocresías que tan precisas son, para impedir que hasta de esos súbditos, leales aunque no siempre limpios, acabe por desconfiar? cierto que yo sabía más de lo que aparentaba, porque no convenía asustar a la liebre con un ballestazo prematuro, y porque los personajes de mi corte no eran tan respetables como para no denunciarse ante mi los unos a los otros; pero de ahí a conocer el auténtico estado de las cosas había, por desgracia, un trecho demasiado grande.
tardé tiempo en caer en la cuenta de que los motines que se producían en granada eran provocados por agentes más o menos explícitos del rey fernando -y con su dinero-, que soliviantaba lenta pero seguramente hasta a los alfaquíes. como eran provocados (los primeros; luego ya se encadenaron unos con otros, porque no hay nada más difusivo que la subversión bien gratificada) los saqueos de las casas ricas, que tenían el efecto reflejo de poner contra mí, por falta de firmeza, a los robados.