tardé tiempo en darme cuenta de que se me alentaba a ser especialmente duro con los amotinados, insistiéndoseme mucho en que las represalias contra ellos y sus fortunas, aparte de tranquilidad, me proporcionarían medios suficientes para continuar la resistencia: ¿cómo iba a suponer que quienes así me aconsejaban eran precisamente los que pretendían que la resistencia cesase? y así, entre las sediciones de las clases altas contra mí, las ásperas represiones con que se me impulsaba a reaccionar, y los robos continuados del populacho, me fui quedando poco a poco sin ricos, sin comerciantes, sin notables influyentes en los plebeyos y sin el respeto en general de los granadinos, a los que se daba una versión de los hechos opuesta por completo a la que se me daba a mí.
a todo esto hay que agregar que mi madre solía tomar partido en mi contra, movida por su perpetua animosidad y por su amistad con aben comisa, que era quien proponía mano dura contra los levantiscos. mi madre no olvidaba que la aristocracia era más bien legitimista, y había estado siempre de parte de mi padre y luego de mi tío; ella había contado más con los ricos y con buena parte del ejército, es decir, con los más resentidos y rebeldes ahora: ambos eran ya fuerzas en plena decadencia. su enemiga por la nobleza, de la que desconfiaba y a la que encontraba peligrosa, se acentuó por influencias del alguacil mayor, y propugnaba la necesidad de asestarle golpes certeros en la cresta, y aun de prescindir de ella por eliminación.
– no puedes permitirte el lujo, a estas alturas, de albergar enemigos dentro de tu alcoba. son gentuza que te venderá cuando una puja les compense. si se atreven a gritar aun delante de ti, imagínate cómo obrarán detrás.
– lo que no puede hacerse (a estas alturas, como tú dices, madre) es diezmar a los ciudadanos.
todas las fuerzas nos van a ser precisas. no actuemos nosotros como si fuésemos nuestro peor adversario. fieles o no fieles a mí, son granadinos, madre; son musulmanes, madre. quizá no se te mete en la cabeza -yo había empezado a emplear ante ella expresiones tan bruscas como jamás hubiese soñadoque no me estoy defendiendo yo, ni estoy defendiendo mi trono, que titubea y se hunde: estoy tratando de defender granada. seamos sinceros: si la ciudad se salva, poco importa que no se salven la monarquía ni el islam. y, si no se salva el reino, ni la monarquía ni el islam podrán salvarse.
me niego a transcribir lo que mi madre me respondió. aparte de acusarme de traidor a mi sangre y de blasfemo, me reprochó defraudar las tradiciones y los preceptos que un emir ha personificado desde el principio de la dinastía.
– mi mayor desdicha -me lanzó, entre otras cosas, a la cara- es que tú seas imprescindible. un emir es un dueño y, como dueño, ha de proteger a su reino y a sus súbditos. sólo como dueño; si dejase de serlo, la ciudad y su gente habrían de protegerse solas.
la diferenciación, y hasta la oposición, que yo hacía entre granada y nosotros -ella decía “nosotros”- era un fraude. nosotros y granada, nosotros y el islam, éramos la misma cosa, y lo que fuese de uno sería de todos. el hecho de que el rey fernando estuviese allí enfrente, sentado como una cocinera que va a matar un pollo, o que acaso lo da por muerto ya, y lo despluma sin prisa, y le arranca los miembros uno a uno: alones, patas, barba, cresta, cuello, pico, ese hecho lo demostraba bien a las claras. ¿qué era el pollo en último extremo? ¿dónde residía el verdadero ser del pollo?
¿dónde se terminaba? ¿cuándo dejaba el pollo, despojado y descuartizado, de serlo? granada, sin cortijos, sin fortalezas exteriores, sin puertas, sin murallas, sin habitantes, seguiría siendo granada mientras “nosotros” estuviésemos en la alhambra y la alhambra tuviese una mezquita.
– te recuerdo -le dije- que yo resido ahora en la alcazaba de enfrente.
– ya lo sé. es una más de tus torpezas.
– si vivo de vez en cuando en la alcazaba, es para ir perdiendo la costumbre de vivir en la alhambra: aquí siempre tengo la impresión de que alguien llegará en cualquier momento con una sentencia de desahucio.
– muy ingenioso -contestó con los dientes apretados-. este pueblo está convencido de que el señor de la alhambra es el señor del reino. tu desidia y tu falta de respeto por los símbolos me obligan a vivir en el palacio que ocupó tu padre y su favorita, lo que no es para mí un plato de gusto.
yo sabía que eso no era verdad, pero no la contradije: preferí aplicar mis esfuerzos en otras direcciones.
– me temo que, por lo que he alcanzado a saber de gestiones demasiado particulares -subrayé la expresión-, la violencia con que aben comisa y tú habéis sancionado los motines, muy exagerados en buena parte por intereses bastardos, ha sido contraproducente.
habéis conseguido dejarme sin ciudadanos de alcurnia y de fortuna; sin ciudadanos cuya honradez y cuyo valor eran los que los animaban a decir la verdad a cara descubierta; sin ciudadanos que me habrían ayudado mucho en la hora de la sacudida, tan cercana: los únicos que habrían de ayudarme. ¿y con quién cuento ahora? ¿con un pueblo, cuyas iras alguien se ha ocupado en desatar, que ha acuchillado a los notables y desvalijado a los poderosos? ¿con los nobles supervivientes, que se han ido de la ciudad, disfrazados de campesinos, para salvar la vida en aldeas y cortijos? ¿con quienes están ansiando que entren aquí los cristianos para implantar un orden y una seguridad que se han hundido?
¿con los comprados y los compradores que, con el pretexto de actuar en mi favor, me han aislado, para conseguir de ese modo no ser desenmascarados, de quienes me ofrecían su honestidad, su apoyo y su consejo? ¿con quién cuento?
dímelo, madre, porque yo no lo sé.
era verdad: no contaba con nadie. yo había llegado a recelar de todos, y el pueblo recelaba de mí. cada vez más a solas conmigo mismo, reduje al máximo el número de mis servidores: había días en que moraima guisaba nuestra comida. y nunca dormíamos más de tres o cuatro noches en el mismo lugar, temeroso yo de ser asesinado, y sin saber ni remotamente cuál sería la mano que iba a asestar el golpe.
– deja de hablarme, madre, de la esencia filosófica del pollo.
porque de desplumes y de desmembraciones tengo más experiencia que tú. en la casa de los amigos del generalife recibía hace meses a un par de docenas de granadinos, cuyas familias son tan de granada y tan granada como puedo yo serlo: ministros, primos lejanos, alcaides de las torres, jefes de barrio, o jeques, o caídes, o wasides. me asombraba que, de uno en uno, fuesen faltando a mis reuniones.