debí de adivinar que los que no habían sido expulsados o asesinados o condenados por ti, empezaban sencillamente a visitar otra casa de otros amigos: la regentada por fernando de aragón. pluma a pluma y miembro a miembro, me he quedado sin pollo. ‘está indispuesto’, me decían los otros, o ‘tenía que hacer’, o ‘ha ido a firmar una compraventa’, o ‘su mujer está de parto’. hasta que caí en cuál era el enredo, y ya pensaba oyendo al excusador: ‘mañana serás tú el que no venga.’ y no venía, en efecto. ahora estoy solo, madre. va a naufragar el barco; a la tripulación me la habéis tirado por la borda; a mi alrededor, sólo hay ratas, y ya se sabe lo que las ratas hacen cuando peligra la nave.
¿te gustaría que habláramos también de la esencia filosófica de las ratas? ¿dónde empieza y acaba una rata, quién la mantiene; qué se necesita arrancar de una rata para que deje de serlo?
– no me hacen gracia tus ironías. ni te las consiento. si quieres conocer mi opinión, cosa que dudo, te aconsejo que convoques una reunión de notables y consejeros, y los oigas. sé que ellos piensan como yo, pero tú preferirás escucharlos a ellos antes que a mí, igual que has hecho siempre.
– así se hará -corté.
y convoqué, para dos días después, una asamblea de alcaides, adelantados, alfaquíes, dignatarios y comerciantes representativos de los gremios. en el salón de comares, por supuesto, testigo de los esplendores de la dinastía. fue en él donde coincidieron por fin definitivamente las tres vías de las que escribí hace unas páginas.
no sé si por desgracia o por fortuna, todos los asistentes estuvieron de perfecto acuerdo. en aquel salón y en aquel día aparecieron, aflorando las ocultas, las líneas fundamentales que dibujaban con los trazos más negros la triste realidad.
detrás de un plato con membrillos y granadas veía dorarse el atardecer de fines de septiembre.
abstraído, había dejado transcurrir el tiempo. nasim me avisó de que era ya la hora.
– refrescará, señor.
me puso sobre los hombros un manto oscuro. al pasar cerca de un espejo, miré de refilón involuntariamente; me encontré con un rostro ojeroso y delgado. me costó reconocerlo como mío.
fuera del palacio de yusuf III jugaba farax con mi hijo y el perro “hernán”. el niño, manoteando, montaba sobre el paciente perro, auxiliado por las recias manos de farax. yo había encargado a un sillero -por precaución, no de la familia abencerraje, a la que según su apellido le correspondía- una minúscula silla para yusuf. se mantenía sobre ella con garbo y con donaire. me detuve un momento. mi hijo llamó mi atención gritando. ‘el bienestar desafecto y ruidoso de los niños’, pensé.
– vamos, farax.
¿sabía él dónde íbamos? daba iguaclass="underline" me habría seguido a cualquier parte. puso al niño en el suelo, tomó su albornoz y se dispuso a seguirme. la tarde era vulnerable e íntima: demasiado, para lo que yo tenía que hacer. me hubiese agradado más pasear con farax por los jardines, en silencio, presenciando la caída de las primeras hojas, la huida de la luz, los misteriosos cambios del cielo hasta acabar en el azul profundo de los anocheceres que eran por aquellos días especialmente bellos.
caminé hacia la salida. dudaba el perro si seguirme o quedarse con el niño. a un perro le perturba siempre una separación; quizá ellos piensan -y, piensen o no, aciertanque cualquier separación puede ser la última. “hernán” volvía la dorada cabeza de uno a otro, indeciso y acaso desgarrado. quise ayudarlo:
– quédate, “hernán”; guarda al niño. volveré pronto. en el salón de comares habrá bastantes perros. -supe, sin mirarlo, que farax había sonreído-. mucho peores que tú.
al entrar en el patio, el sol resplandecía aún sobre uno de sus costados; al otro lo amortiguaban ya las sombras; la alberca, inmóvil, parecía mucho más profunda de lo que es. por sus canales de mármol entraba en ella el agua susurrante. su color verde oscuro me entristeció. ‘una fatal serenidad.’ se olían los perfumes quemados en los pebeteros; avanzaban hasta nosotros por el aire quieto. mi madre, saliendo de sus habitaciones, se situó a mi lado.
entramos. los convocados me saludaron con un inesperado calor.
junto al habitáculo central me aguardaban el alguacil mayor y el visir de granada. se inclinaron.
me senté sobre los almohadones e invité a todos a sentarse. debió de sorprenderles, porque tardaron en hacerlo. estaban expectantes.
yo había decidido no darles facilidad ninguna; no haría más que escucharlos.
– hablad -dije.
nada más. no aludí al motivo de la convocatoria; no señalé un orden de intervenciones; no le concedí a nadie la palabra. todos sabíamos qué hacíamos allí. y ellos, mucho más que yo, sabían lo que se morían por decirme. después de una vacilación, supongo que fingida, en que se consultaron unos a otros con un apagado murmullo, se levantó uno, al que creí identificar como alguien con un puesto importante en el mercado de la ciudad, quizá el zabazoque mismo, pero no recordé de momento su nombre. comenzó a perorar. supuse que iba a perorar durante mucho tiempo. vi cómo el atardecer abría sus alas despacio entre la sabica y el albayzín. ‘quizá no me queden tantos atardeceres en la alhambra como para desperdiciar uno en algo presupuesto.’ mi madre, con una túnica ocre, se hallaba a mi derecha. ‘el chorrut.’
el que había comenzado a hablar se llamaba mohamed ibn halimet el chorrut. quizá fuese cadí; no estaba seguro; no importaba. con el pulgar derecho me acaricié los dedos de la mano izquierda. respiré hondo, o suspiré quizá. busqué con los ojos a farax; estaba pendiente de mí. no cambió de expresión, como si, pese a que nuestras miradas se encontraron, no hubiera notado que lo miraba. consentí que mis ojos lo dejasen. amainaba la luz del patio. en el interior nos envolvía un delicado lubricán: ¿se iba la luz, o, sin irse, accedía a compartir el salón con la penumbra, que brotaba desde los rincones?