prendieron los hacheros. la luz del día iba a hacer frente a la del fuego. la primera, suave y carnal, ganó al principio; luego se rindió a la otra, menos uniforme y menos cambiante a la vez, a la vez temblorosa y estática. ‘ya será visible, en el cielo de dios, sobre este cielo del artesonado, encima del centro exacto de la torre, más alta que todo, convergiendo en ella los vericuetos de todas las simetrías, amiga o enemiga según el que la mire, ya será visible, orientadora y desdeñosa, la estrella polar.’
– ellos -el orador persistíaviven en las mismas condiciones en que podrían vivir aunque el cerco durase años. sus soldados son innumerables. han levantado como por arte de magia la ciudad que vemos desde la nuestra: con muros, con defensas inasequibles, con calles rectas y lisas, con hospitales, con establos. tienen mercados donde abundan los alimentos, las ropas finas y las de abrigo; no carecen de cuanto granada, en sus mejores tiempos, disfrutaba; celebran fiestas y organizan torneos; acuden sus damas a distraerlos y animarlos desde las poblaciones más o menos vecinas; están instalados, por tanto, en la seguridad y en la esperanza.
– da la impresión de que has estado allí -le interrumpí.
él enrojeció, o pensé yo que enrojecía.
– no es necesario ir. por desdicha, se ve desde nuestras murallas -continuó-. y, además de lo dicho -subrayaba-, tienen en su poder a unos cuantos mancebos, hijos nuestros, que fueron el precio de tu libertad. en cambio, nuestro pueblo, famélico y desmoralizado, ve cómo sus adversarios se satisfacen con aguardar, al pie del árbol, la caída del fruto que no ha de tardar en madurarse. igual que el niño que tiene un pájaro atado de una pata se portan con nosotros.
¿nos sentiremos libres porque podamos reunirnos hoy aquí? ¿nos juzgaremos libres porque no nos juzguemos aún esclavos; porque se nos permita alzar un poco el vuelo, sólo un poco, lo que la cuerda dé de sí, lo que al niño se le antoje?
– pensé en mi hijo, en mis hijos-.
quién sabe si, aburrido un día o harto, nos pinchará los ojos con un alfiler, o nos estrangulará con una sola mano.
– sí, todo eso es posible -murmuré-. los niños son crueles, quizá también los pájaros. todo depende del tamaño de sus enemigos.
– no hay posibilidad de resistir. con los abastecimientos de los silos y de los almacenes, en cuanto desaparezcan bajo la nieve los caminos, no contamos ni para dos meses; para cincuenta días como máximo. ahora se distribuye harina a los hornos para que la gente recoja el pan que quiera; pronto sólo recogerá el pan que pueda dársele.
me distraje otra vez. la luz de un candelabro, en un extremo del salón, incidía sobre una sola túnica galoneada en oro, y la hacía vibrar, destelleante y marchita, en la sombra. no, no me distraía por despreocupación de lo que exponía el cadí, o quien fuera: es que eso lo había oído decir cientos de veces; me lo había repetido yo a mí mismo hace cientos de días.
el orador, quizá desalentado por mi displicencia, concluyó antes de lo previsible. sin poder evitarlo, aunque nada más contrario a mi deseo, pensé en el camino recorrido para llegar aquí; no en el recorrido por mi, sino por mis antecesores. épocas gloriosas según nuestros poetas, victorias que estremecieron de alegría los eslabones de una cadena que, lo mismo que un puente, nos condujo vinculados hasta este momento; sonoros triunfos. ‘sólo dios vencedor…’ la fatua y ofuscada presunción en el respaldo de la divinidad. ¿ninguno de mis predecesores había presentido que llegaríamos a esto?
¿se engañaron todos hasta el punto de creer que esto se mantendría en un persistente equilibrio? ¿no sería que yo aspiraba a sacudirme la responsabilidad, culpando de obcecación a los que, antes, se habían sentado en donde yo ahora?
¿está verdaderamente todo escrito?
¿era reo yo de que este hatajo de vientres egoístas me estuviera dando hoy la monserga con sus quejas?
¿qué habían hecho de meritorio ellos? ¿defenderme -¡defenderme!frente al “zagal”, o defender sus intereses radicados en granada, yendo y viniendo a su conveniencia, mudando de opinión según el que reinara en la alhambra? ¿y qué pretendían ahora? cambiar de dueño nuevamente, echar al dueño de siglos y sustituirlo por otro más rico, más potente, más estable, con cuyo orden prosperarían sus negocios. ¿yo era el traidor? ¿yo era el indiferente? ellos, que van con su tahelí portador del corán fingiendo que en algo esencial les afecta; ellos, cuyo corazón está donde su tesoro, y su fe, donde su tesoro, y su dios y su todo. los miré casi de uno en uno. resbalé los ojos por sus vestidos, que habían despojado de recamados y bordaduras para no provocar al pueblo; por sus relucientes mejillas; por sus gruesas tripas insaciables. habría preferido tener ante mí a un pueblo vociferador y gesticulante, desharrapado y hambriento. ése sí que me hubiese dicho con exactitud y brevedad qué era lo que quería: vivir, vivir a costa de lo que fuese. ‘dios no conduce a las gentes infieles.
dios no conduce a las gentes injustas’, dice el libro que llevan colgado de sus cuellos o de sus cinturas. ‘¿es que dios y su enviado sólo nos prometieron un engaño -le preguntaría a ese pueblo-, o es que no nos merecemos el apoyo de dios? ¿qué hemos hecho? guerrear entre hermanos, matarnos entre hermanos, mordernos y desangrarnos como fieras. y ahora esperamos que el todopoderoso nos proteja.’ ‘vivir -diría el pueblo-. eso es lo que queremos. si hasta la doblez religiosa la admite el profeta porque la vida es el mayor bien que nos otorga dios, y es lícito salvarla aun renegando en apariencia de la fe, ¿cómo se nos va a prohibir rendirnos y entregarnos por vivir?’ eso me diría el pueblo. pero ¿no me bastaría hablarle con calor y a voces de su dios y de su paraíso, de su honra y de sus abuelos, para conseguir encenderlo otra vez? al pueblo, quizá sí; a éstos les dije:
– estamos en un lugar donde la gloria del islam resplandeció como el ornato más brillante del mundo.
leed los versos de vuestro alrededor. los sultanes de mi dinastía construyeron y decoraron los muros que nos acogen para que entre ellos se desplegase el orgullo de nuestra religión, la sabiduría de nuestro pueblo y la gracilidad de nuestras artes. habéis venido desde vuestras casas a este palacio con el que unos hombres que ya no viven, pero que es imposible que mueran, nos hicieron el legado de lo mejor que poseían para que nosotros lo enriqueciéramos. granada es mucho más que una ciudad y mucho más que un reino: es una forma de haber sido, una forma de estar siendo, una forma de llegar a ser. y hoy, en este mismo sitio, en el corazón de la granada, sólo tenéis ideas pesimistas.