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yo sabía que era retórica, que era ruin hojarasca cuanto estaba diciendo; pero nunca como cuando se es ajeno a él se dominan los pormenores de un discurso, las eficaces inflexiones de la voz, la emoción simulada. yo deseaba insultarlos; pretendía demostrarles que ya eran incapaces de sostener la patria, de nutrirla y de sentise suyos. su patria era su ambición, y yo no iba a tolerar que le dieran la vuelta al argumento, y justificaran su defección con el sacrificado amor a su pueblo y con sus conmiseraciones. pero ni siquiera me admitirían que se lo escupiera a la cara: todos juntos -y estaban todos juntos- podían más que yo.

vi que los ojos de farax, los únicos que sostenían los míos, brillaban llenos de una devoción absoluta. concluí:

– ¿estáis conformes con lo que vuestro portavoz ha declarado?

todas las cabezas, como apesadumbradas, se inclinaron aún más.

dejé que el silencio se enseñorease, contundente y pesado, del salón. me volví a aben comisa; luego, a el maleh. uno con los labios y otro con las cejas, me transmitieron un recado que me negué a entender.

– yo, no. mi portavoz no es ése. -era mi madre, con el tono grave y bien modulado de sus mejores intervenciones-. yo soy mi propio portavoz, y mi voz es mi sangre. por voluntad de dios, los nazaríes hemos sido depositarios de la fe. a nosotros se nos ha encomendado, desde hace cientos de años, traspasar a nuestros herederos esta gran mezquita de dios que es granada, para que ellos a su vez la traspasen a los suyos.

eso se lo había oído yo decir en córdoba, de ellos mismos, a los reyes cristianos. todos los gobernantes que no se erigen en dioses se vinculan, antes o después, a la divinidad: es su manera de perpetuarse y de vanagloriarse. de tejas para arriba es más fácil conciliar a los hombres, con promesas que no son exigibles de inmediato, con intimidaciones que otros poderes impalpables se encargarán o no de cumplir. seguía mi madre:

– ¿es que no os avergüenza que seamos nosotros quienes rompamos las ligaduras que nos atan a dios?

¿qué queréis decir cuando afirmáis que la situación es insostenible?

a lo largo de mi vida yo no he atravesado sino situaciones insostenibles; la vida misma es una de ellas: de ahí que nos muramos.

¿qué clase de granadinos sois, que alardeáis de que los cristianos viven mejor que vosotros? ¿es que vivir mejor es lo que importa ahora? si decís que ellos tiene víveres y armas, ¿por qué no añadís la hora en que hemos de arrebatárselos? ¿aspiráis a imitar al traidor y vendedor del reino, abu abdalá, al que tantos entre nosotros aclamaron como “el valiente”? ¿qué es lo que os proponéis?

yo no os entiendo. quizá soy vieja ya. quizá mis muertos, emires en su mayor parte, tiran ya de mis miembros hacia abajo. quizá no me queda otra cosa que defender sino mi honra y la honra de mi reino; un reino que pertenece a mi familia por derecho de conquista: recordadlo. ¡recordadlo! pero, mientras haya en él hombres con sangre en las venas, yo seré su portavoz, porque me ensordezco a otra voz que la de esa sangre.

creí que, después de purgas lancinantes, de tantas amputaciones de miembros gangrenados, granada, al fin, se había quedado con los hijos cabales, con los apiñados. creí que, después de tantas aflicciones, de tantos sinsabores; después de haber luchado como un hombre de una ciudad en otra cuando mi hijo el sultán padeció cautiverio, vosotros tendríais por mi la veneración que se merece una enseña. ¿no es así?

– aguardó con habilidad unos momentos. levantó el tono-. ¿no es así? ¿decepcionaréis tanto a vuestra sultana que prefiera mil veces haber muerto antes que contemplar lo que contempla? si nuestro pueblo está desesperado, es de tal desesperación de donde recabará su mayor ímpetu. si nuestro pueblo está hambriento, es de su hambre de donde obtendrá la saciedad. vayamos contra los cristianos; que llamen los pregoneros a los hombres. yo permaneceré en granada con las mujeres, y juntas la defenderemos. id vosotros contra los enemigos de la fe; prended de nuevo fuego a su campamento.

los que regresen encontrarán una ciudad prevenida para la felicidad y para la vida; quienes mueran resucitarán en el paraíso. ¿o es que nuestros antepasados nos mintieron? ¿será mentira todo aquello por lo que lidiamos y en lo que creíamos? ¿de pronto es ya mentira? contestad. ¡contestad!

a sus elocuentes interpelaciones no le contestó nadie. fue como si el contundente y pesado silencio que precedió a su discurso lo hubiese rechazado. como si sus palabras se hubieran desvanecido por el aire -”flatus vocis”- sin que nadie las escuchara. es inútil repetir lo que está cansado de escuchar a alguien que ya ha desviado la vista en otra dirección, y al peligro, convertido en carne de su carne, lo ha sustituido por una intacta y peregrina perspectiva.

acaso si no hubieran existido los cristianos, los musulmanes que estaban delante de nosotros se los hubiesen inventado. lo que a muy pocos les parecía un suicidio, a la mayor parte le parecía un renacimiento. ‘están hasta el turbante de nosotros, madre -pensé-. no malgastes tus centelleantes y baldíos recursos. ya no hay nada que hacer.’ farax miró a su alrededor; dio un paso al frente. yo lo detuve con un gesto invisible para los demás. e interrumpí el silencio:

– sé que estáis examinando vuestras conciencias. sé que medís con tiento los pros y los contras.

– por descontado, no era cierto-.

si decidís resistir conmigo, reconstruiremos entre todos el reino. las potestades de dios nos son desconocidas: ¿quién puede vaticinar lo que, después del invierno, nos aguarda? ¿no irrumpe siempre detrás de él la primavera?

el razonamiento era muy débil; no era un razonamiento. ni siquiera cabía ser razonable en unas circunstancias como ésas. cabía ser heroicos; pero la heroicidad usa un idioma que mi auditorio no entendía. mis súbditos no habían oído hablar jamás de numancia o de sagunto, y se echarían a reír si alguien tuviese la audacia de relatarles semejantes historias. los razonables eran ellos. ellos se agruparían, pero para sobrevivir; se solidarizarían, pero para durar, no para inmolarse. yo era su sultán; en teoría mandaba sobre ellos: una farsa más; para sobrevivir, como primera providencia, me destituirían; como segunda, me cortarían el cuello. y sin ellos, yo no era sultán de nadie. ni con ellos, tampoco: su silencio lo confirmaba a voces.