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dando unos breves pasos, se adelantó un hombre muy bajito. la barba le cubría todo el rostro.

tenía ojos menudos y escudriñadores, y unas manos velludas, más grandes de lo proporcionado. era un alfaquí que en las semanas últimas había adquirido un gran predicamento. venía de huenejar, o de huájar, o qué sé yo de dónde.

se llamaba, por supuesto, mohamed el pequení.

– señor, señora: no confundáis la voluntad de dios con la vuestra. hay contingencias en que sus juicios son oscuros; pero hay otras en que revisten una inequívoca claridad. si en el libro de dios está escrita la ruina de granada, nada adelantaremos con oponernos al destino. él sabe cuándo recompensa y cuándo castiga; cuándo se es digno y cuándo se es indigno de ser su paladín. no porfiéis en prolongar la agonía de nuestro pueblo; su agonía no lo conducirá a la salvación ni al triunfo. por eso, si al enfermo lo alivia un cambio de postura, ayudémosle a cambiarla.

mirad, señor, señora, en la hondura de vuestro corazón: quizá no sea granada, ni la fe, ni el islam, lo que esté en juego, sino sólo vuestra dinastía. permitidme advertiros que este pueblo nuestro, tan sufrido, nos inspira más respeto y más compasión que ella.

entre la desaparición del uno o de la otra, no nos puede caber la menor duda al elegir.

el pequení, que era casi un enano, había enunciado a la perfección lo que pensaban todos; también yo. me levanté de golpe. con un suspiro de liberación, se levantaron todos dando por concluida la asamblea. pero yo, sonriendo por dentro, alcé las manos para detenerlos.

– ¿eso es lo que opináis? ¿estáis de acuerdo? de este salón no saldrá nadie sin decirlo.

quería comprometerlos. quería acorralarlos. desde antes de iniciarse sabía el resultado de la reunión; pero ahora necesitaba oírselo decir en alta voz a cada uno.

no me bastaban ya las compungidas actitudes, las generosidades embaucadoras, los gestos histriónicos de encogerse de hombros y resignar su póstuma opinión en el ‘estaba escrito’. me dirigí primero al alguacil mayor:

– tú. dilo tú.

– sí -respondió aben comisa después de un titubeo.

me planté frente al visir:

– tú.

– sí -respondió el maleh.

luego pasé de uno a otro, sin prisa. la cólera me hacía levantar la cabeza, erguir el cuerpo; acaso nunca he ostentado tanta majestad.

de uno en uno, sin prisa, fui escuchando sus síes. mi cólera, de todas formas, era relativa: no me la originaban sus respuestas, sino sus semblantes, sus asquerosos egoísmos que procuraba desenmascarar. a medida que interrogaba a más, los síes eran más resonantes y robustos. no me detuve frente a farax: habría dicho que no. al encararme con la última fila, me había acercado a las puertas del salón. fuera caía o se levantaba una noche plácida y tibia. venía de los jardines un olor a jazmín.

oí el ligero deslizarse del agua en los extremos del estanque. en algún sitio cantó un pájaro.

– sí -contestó el último.

– os agradezco que me hayáis hecho partícipe de vuestro dictamen.

ellos y yo sabíamos que las negociaciones habían empezado hacía ya tiempo. probablemente cada uno de ellos había recibido una remuneración ya o una promesa. se escuchaba el piar del pájaro, agrandado por el silencio.

– ¿vienes, madre? -estaba pálida, desencajada, casi invisible bajo su decepción-. ¿vienes, madre? -repetí.

su voz fue como un chorro de agua hirviendo:

– no. me quedo. me quedo aquí. y no saldré de aquí. déjame sola. bien pensado, creo que estuve sola siempre.

cuando regresamos al palacio de yusuf III, farax me dijo:

– ellos no te merecen. eres el mejor sultán que ha tenido granada. has estado admirable.

– no lo soy; pero, aunque lo fuese. como has podido ver, ser el mejor sultán en el peor momento no sirve para nada.

quise entrar en la alcoba de yusuf para tocar algo limpio.

moraima me sonrió con un dedo sobre los labios:

– el perro y el niño están durmiendo juntos. han venido agotados los dos.

– también yo he venido agotado.

creo que definitivamente -dije, y le pasé un brazo por los hombros.

– no es hora de recriminaciones -les advertí a aben comisa y a el maleh cuando los tuve delante un día después.

y, al ver que se miraban de soslayo, les previne:

– tampoco es hora para que os culpéis el uno al otro: sois culpables los dos. es hora de actuar.

y de actuar con arte, de modo que ganemos lo más posible; o de modo que perdamos lo menos posible, será mejor decir. en cuanto a ese arte, en vosotros y en el rey fernando he tenido, hasta ahora creí que por desgracia, los más eximios maestros. mostradme las cartas que el apoderado de los reyes os haya dirigido, y la copia de las que vosotros le dirigisteis por vuestra cuenta a él. no repliquéis -se aprestaban a hacerlo-, y mostradme las cartas.

evidentemente me enseñaron las que les convenían, y las minutas de las suyas quizá rehechas. al alguacil mayor, hernando de zafra le llamaba ‘honrado señor’; a el maleh, a quien había escrito mucho más, ‘especial y grande amigo y como verdadero hermano’. de la lectura se desprendía que llevaban conspirando mucho más tiempo del que yo imaginaba. cualquiera que lea estos papeles se preguntará por qué acepté que ambos continuaran representándome. mi posición era tal que ni siquiera lo dudé.

más tarde, al reflexionar, comprendí que estaba resuelto de antemano. en primer lugar -los hechos consumados tienen suficiente elocuencia-, ambos, por separado o unidos, tenían ya un camino hecho, lo que era sustancial en un trance en que yo no podía andarme con finuras de protocolo, y además, para encarecer su labor, ya habían insistido ante el contrario en lo difícil y costoso que resultaría convencerme. en segundo lugar, desconfiaba de los otros más aún que de ellos. al fin y al cabo, ellos me asesoraban desde la primera época, y eran ya conocidos por los cristianos como representantes míos en otros tratos angustiosos; de lo que, por supuesto, también se habían aprovechado. en tercer lugar, según se deducía de las cartas, habían sido recompensados ya con mercedes y sobornos; y eso, si no colmado, sí habría atemperado su codicia, con lo que algo adelantábamos.