y de cualquier manera, estaba solo; la responsabilidad final, en última instancia, iba a ser mía.
sobre todo, en cuanto saliera mal.
como de pasada, me pregunté a mí mismo qué era la lealtad, y quién era capaz de ella en los días que estábamos viviendo, en los que el ‘sálvese quien pueda’ era la consigna. yo, desde que me conozco -y no sé si me conozco del todo-, he buscado leales. cuando fui débil, o mejor, cuando fui niño, tuve unos pocos junto a mí y todos eran más débiles que yo. ahora no podría exigir a nadie una fidelidad a ultranza; ésa, sólo el amor la otorga ácon sus a veces injustas exclusivas. por el ansia de tener aunque sólo fuese una persona leal es por lo que ciegamente he incrustado mi corazón en mis asuntos, o mis asuntos en mi corazón. farax ha sido tal persona; desde otra perspectiva, también moraima. son las dos lealtades únicas que poseo; aunque en cierta forma, porque más bien son como yo mismo. pero una certeza semejante, a quienes nos ayudan a gobernar no es prudente pedírsela, y menos aún a quienes intentan sustituirnos. ¿es que un rey sabe alguna vez -sobre todo si se plantea un dilema entre él y el reino- quién le es fiel? ¿y no cabrá la eventualidad de que el infiel y desleal al rey sea, por ello mismo, fructuoso para el reino?
por otro lado, la deslealtad conmigo que habían tenido -y tendrían- aben comisa y el maleh se compensaba de una lamentable manera con su deslealtad recíproca.
ésta era la que me pondría en guardia, por medio de sus delaciones y sus celos y envidias, si uno de ellos tramaba algo de veras peligroso. y, al fin y al cabo -y con esto cerré la reflexión-, más desleales serían con los otros: con los cristianos y con el resto de los dignatarios granadinos. aben comisa y el maleh barrerían para adentro, pero para su adentro nada más, y el tema era demasiado amplio como para detenerse en excesivos fililíes. aunque no me sirviese de un gran consuelo, tenía la seguridad de que, entre los demás y yo, me elegirían a mí; aunque no era menor mi seguridad de que, entre ellos y yo, se elegirían ellos.
mi decisión -tomada a bote pronto, lo que los enorgulleció y los puso literalmente a mis piesfue, por tanto, que el alguacil mayor del reino y el visir de la ciudad emprendieran, ahora oficialmente, las negociaciones. hasta el menor movimiento de ellas tendría que llevarse entre nosotros tres con el más inexorable, rígido y absoluto de los mutismos.
me informaron -aunque yo ya lo sabía, y ellos supongo que sabían que lo sabía- de que su emisario habitual era hamet el ulailas, un medio renegado medio comerciante, elegido por hernando de zafra y carente de toda moral, pero quizá por eso utilizable. a partir de ahora, sin embargo, convendría arbitrar el medio de tener algunos encuentros personales, porque desconfiaban -¡ellos, dios mío!- del traductor, un judío llamado simeón. les pregunté si desconfiaban más de la persona o de sus traducciones, y me respondieron a la vez que de todo.
la primera carta, cuyo borrador tengo ante mis ojos, se la escribió el maleh a zafra delante de mí.
era la respuesta a una suya anterior. empieza: “especial señor y verdadero amigo”, y despliega tal ristra de cumplidos respecto a zafra y a los reyes que no pude sofocar la risa.
el maleh leía al escribir:
– ”sus altezas, a los que no podré olvidar hasta la muerte…” -ni yo -le interrumpí.
él me miró con reproche, y continuó:
– ”… porque conozco el bien que han hecho con nosotros”.
– será contigo -dije.
– así debe decirse, señor. si no, no sigo -me advirtió entre amoscado y cómplice.
yo aprendí la lección.
– ”por dios y por mi ley que, si pudiese llevar granada a cuestas, se la llevase a sus altezas, y esto lo habréis de creer de mí, y dios me destruya si miento”.
– no te excedas, el maleh.
se sonrió a hurtadillas, y continuó escribiendo:
– ”y asimismo deseo mucho bien para mi señor, porque yo lo crié, y su bien y su merced está sobre mí y sobre mi casa, y querría que saliese por fin de esta loca gente con bien, aunque ella me ha tratado muy mal”. -luego se precavía de las precauciones de zafra-: “no quiero que sobre cada palabra que os escriba me pongáis una adarga por delante, y no penséis que respondéis a un enemigo, sino haceos cuenta de que soy un servidor”. -y volvía del revés los argumentos de zafra, dándole la razón para beneficiarse-: “a lo que decís de los enemigos que tiene en esta ciudad el rey mi señor y nosotros, y de que está poblada de gentes de muchas maneras, todo lo que decís es la verdad, y por eso ha resuelto mi señor no hablar en ninguna cosa, porque la gente no está aún madura”.
levantó la vista de la carta y me dijo:
– con esto comenzamos a demorar la fecha de la entrega y a mantenerla en nuestras manos. ahora les hablaremos del secreto, que mucho nos importa.
y le contó que su mensajero ulaila trajo de santa fe mercaderías y las dio a un primo suyo para venderlas en la alcaicería, y que la gente se arremolinó, y hubo pesquisas, y yo y la gente quisimos saber su procedencia.
– ”y yo disimulé mucho, y quiso dios que, en un encuentro con la gente, desbaraté todo su consejo”.
– y seguía-: “me dijo mi señor que no le deis más cartas a hamet y que, si quisierais escribir, tomaremos un cristiano cautivo y hablaremos con él y harémosle que se torne moro y le enviaremos con la carta”. y, de no poder ser, le pedía que estuviera diez o veinte días sin utilizar a hamet el ulaila -’otra prórroga’, me dijo-, hasta que los granadinos olvidaran lo sucedido. y, para enturbiarlo más, le relataba que un gomer preso había huido del campamento cristiano, y alardeaba en granada de tener más noticias que nadie y de saber que el cardenal llegaría pronto, y que el real iba a alzarse, y que si no lo había alzado ya el rey fernando era por no hallar jefes y capitanes que aceptaran quedarse.
– esto le preocupará, y le enterará de que estamos enterados de lo que él nos oculta -comentó-.