– a tu abuelo lo apodaban los cristianos “cereza”, que es una fruta roja, pequeña, muy rica de comer, que crece en un gran árbol que a finales de la primavera se pone como un milagro de dios.
– ”¿cereza?” ¿y por qué “cereza”?
– porque le decían cidi sad; pero, como ellos no saben hablar, le acabaron por llamar “cereza”, lo mismo que a tu padre le llaman muley hacén. ellos son así.
tienen una lengua muy dura, que no pronuncia bien; igual que las urracas… pero tu abuelo “cereza”, antes de que tu padre se aliase con los abencerrajes para destronarlo, lo que quería era firmar treguas con los cristianos y comerciar con ellos, porque granada se había quedado pobre. pero tu padre es de otro modo de pensar.
él quiere la guerra y las victorias; él no quiere el comercio, ni las treguas, ni los tributos.
– y tú, ¿qué es lo que quieres?
– yo, según. en la época de tu abuelo, prefería el comercio.
ahora, la guerra. pero ya no puedo ir a ella.
– ¿y en el ojo? ¿qué te pasó en el ojo?
él tenía un gran leucoma que se lo blanqueaba entero. pasado tiempo, yo tropecé en una antología de ibn al jatib con unos versos de malik ibn al murahaclass="underline"
“miraba con una pupila en la que había una nube, pero siempre se resistía, incrédulo, a aceptar la verdad, porque, en cierta ocasión, al sairafi había exclamado al verlo:
‘he aquí un contraste de plata que sirve como piedra de toque’“.
algo semejante es lo que le sucedía a faiz. cuando alguien aludía a su ojo, él miraba con el otro a lo lejos y cambiaba de conversación, o enmudecía, o simplemente se iba. el caso es que nunca nadie consiguió que inventara ninguna fantasía como las que inventaba para explicar la pérdida de su pierna. y eso que le habría costado poco esfuerzo. subh me lo advirtió:
– no le preguntes por su ojo a faiz; no te contestará. fue su segunda mujer que, con la mano del almirez, le dio un porrazo una noche en que llegó borracho. y tan presente tiene el golpe, que no se atreve todavía a inventar otra historia.
pero subh se reía con tal gana, que hasta yo deduje que tal explicación también se la acababa ella de inventar.
– cuando el copero del rey me dio la cuchillada en esta pierna (el copero de enrique, al que llaman “el impotente”, y por algo será), cuando me la dio… en la pierna que me falta, si me permites que te lo diga… cuando me la dio oportunamente, vi saltar mi pie solo, sin dueño, y le dije: ‘ve con dios’, porque hasta entonces nos habíamos llevado bien, y siempre me condujo por la buena senda, aun en las noches esas en que no sabes si la pared te está sosteniendo a ti o tú a ella, porque los dos habéis bebido demasiado y os estáis haciendo la mejor compañía.
– pero, faiz, lo de la pierna, ¿te lo hizo una cuchillada, o un caballo?
– si me permites decirlo, reyecito, oportunamente fue de una cuchillada y de un caballo -aclaró con un tono de reproche-. cuando uno defiende la santa religión en una guerra santa, uno ha de estar dispuesto a perder dos, tres, y hasta cuatro piernas por las causas que sean y en cualquier coyuntura.
comprobé que no era amigo de mi padre, ni siquiera conocido, cuando vi una mañana acercarse al sultán.
yo me escondí detrás de un ciprés grueso, aunque no estaba seguro de que mi padre me reconociera a mí tampoco. faiz se quedó inmóvil, como aterrorizado, con la vista en el suelo, y dobló la cintura al paso del sultán, que lo miró al pasar con la indiferencia de quien mira un montón de estiércol dispuesto para abonar un arriate.
– ¿ves? -me dijo faiz nada más perderse el cortejo-. me ha dicho con los ojos que no ha olvidado mis hazañas y que cómo ando de la pierna. yo le he contestado que muchísimo mejor; que sólo me molesta cuando va a cambiar el tiempo, aunque a veces me duele el pie que ya no tengo, lo cual no deja de ser una curiosa extravagancia de la naturaleza. y tu padre me ha replicado que el año próximo me mandará a alhama, porque las aguas de sus baños son muy benéficas para estos alifafes de las piernas cortadas.
yo, que en aquella época tenía de mi abuelo una gloriosa idea, insistía con torpe y desagradable frecuencia:
– dime a quién prefieres tú: ¿a mi abuelo o a mi padre?
hasta que un día, después del almuerzo, faiz, dando un golpe con la azada en la tierra y apartándome con cierta violencia del paseo, me soltó:
– óyeme, reyecito. el profeta, dios lo tenga en el paraíso rodeado de toda su bendita familia, autoriza (llegado el caso, que llega más de prisa y en mayor número de lo que se cree) la taquiya, o sea, la negación, no sé si me permites decírtelo, la negación, reyecito, de tus más redomadas convicciones. la negación pura y simple, así como suena. porque el viernes y las convicciones se han hecho en bien del hombre, no el hombre en bien de las convicciones ni del viernes. la moralidad más alta, oportunamente lo sabrás, hijo mío, la más altísima, es la que más favorece al que la tiene. si hay que traicionar para conseguir lo que tú te propones, ¿qué le vamos a hacer? no siempre es posible avanzar en línea recta. los que hemos hecho la guerra santa lo sabemos muy requetebién: lo importante es ganar. si hay que mentir al enemigo, se le miente. se engaña a quien sea preciso. uno, en tierra de cristianos, para salvar la vida, puede pedir el bautismo y renegar.
de mentira, claro: ¿quién va a querer convertirse en semejante porquería? lo que ocurre es que la vida está por encima de todo. hay que ser falso para ser decente, y apoyar la falsedad en el corán, reyecito, sin salirse de él nunca.
disimular, canturrear, mirar a otra parte, a estas hojitas tan verdes, ¿ves?, que tienen por debajo de las grandes casi todas las plantas… con la verdad verdad, si me permites, no se va a ningún sitio. no sé si me he explicado.
pues eso: yo he preferido siempre a tu abuelo y a tu padre; pero al que prefiero de todos, reyecito, es a ti.
como me hablaba muy poco de plantas, salvo cuando comparecía el médico ibrahim, me acuerdo muy bien de una vez en que me habló de ellas, y me explicó el calendario de los jardineros, que es el calendario solar de los cristianos.
‘porque -decía- el lunar sólo sirve para viajes y caravanas y guerras, y los jardineros no pueden viajar nunca, ni los cojos pueden ir a la guerra.’