cuando al amanecer del sábado volvió de santa fe el maleh, lo encontré ensimismado y pensativo.
– ni yo mismo sé por qué -me explicó-. todo ha ido bien. todo ha ido demasiado bien. quizá por eso me preocupo. no logro fiarme de esos reyes. esta vez no han hecho hincapié en el punto del plazo. dan la impresión de que esperan conseguirlo por otras vías, gracias a otros manejos. algo me huele mal. y, por si fuera poco, en el camino de vuelta se me han ocurrido algunos capítulos del común, y otros tuyos (incluso algunos míos) que faltaban. puesto que están en buena disposición, apretemos las tuercas, que luego será tarde. si me autorizas, escribiré a zafra ahora mismo, y que complete con esta tanda los legajos.
se sentaba a escribir, cuando agregó:
– vi a don gonzalo, y me dijo que aceptaría una invitación tuya a visitarte.
lo que escribió fue un anuncio del envío de nuevas solicitudes, y otro del envío de unos alpargates para la mujer de zafra. y, por supuesto, la petición para él de la alhóndiga del pescado, con derechos y provechos y, si no, la plaza de los zapateros y el provecho del degüello de ganados de la aduana, “aunque la mayor merced que me habéis de hacer es que tenga yo favor en casa de sus altezas y con todos sus servidores, y que me cuenten como uno de ellos, y que me quede la casa de sus altezas abierta para suplicar por todos los que me vinieren a rogar, como tengo hoy en casa de mi señor; no sea que se haga lo que han menester de mí, y después me echen”. y rogaba el secreto una vez más, y que, para guardarlo, se castigase en santa fe a quien hablara con cualquier moro en donde fuera, y que se pregonara la prohibición, porque él había escuchado lo que no le gustaba en el real. (por lo que me dijo, le habían llamado hijo de puta.) y, como en un rapto, añadió una posdata: que habían llegado dos navíos a adra con mil fanegas de trigo cada uno y con noticias de que, en vélez, once navíos desembarcarían trigo de limosna y caballos, “y estoy maravillado de vuestra armada cómo los deja pasar.
poned esto a buen recaudo y encomendadles que guarden mucho la mar.
y saludos”.
– ¿es cierto eso que escribes?
– qué más quisiéramos; pero así queda claro que, si fuese cierto, nosotros no estaríamos tan mal, ni serían ellos tan buenos sitiadores.
el que ría el último será el que mejor ría.
– me temo que a nosotros para entonces se nos hayan cortado las ganas de reír.
el pequení, por su parte, machacaba a zafra con la insistencia de que a los firmantes de las capitulaciones los acompañara un alfaquí: como sacerdote, legalizaría mejor el documento, y “ablandaría” a los otros alfaquíes, y daría al acto mayor solemnidad. puesto que zafra había sugerido, a instancias del propio interesado, que fuese él mismo, el pequení reforzaba: “yo lo querría también, pero el maleh no llevará consigo sino a quien sepa menos que él y a quien aprecien menos sus altezas”. el resultado fue que, en contra de el maleh, se eligió a el pequení para acompañarlo.
pero el resultado inapreciable fue que, en este largo toma y daca de dos o tres o cuatro cartas diarias, avanzaba noviembre.
el mensuar de la guardia entró precediendo a una figura encapuchada y encapotada de negro hasta los pies. cuando se descubrió, vi a don gonzalo. no lo esperaba tan pronto, aunque era ya noche cerrada. así que, con la sorpresa, no pude evitar que me besara la mano.
– ¿qué hacéis? -exclamé.
– ya lo veis, señor: manifestaros mi respeto.
hasta ese momento, empeñado en tantos pormenores y accidentes que me excedían a diario, no había encontrado el tiempo -o acaso no deseaba encontrarlo- para reflexionar sobre la magnitud de lo que sucedía. y, de improviso, ante el gesto más compasivo que devoto de don gonzalo, se me impuso. me pasó a mí lo que supongo que le pasa a alguien cuyo joven hijo ha muerto: se ocupa de los trámites y de las recepciones, y de que esté a su hora la comida, y atendidos los huéspedes; hasta que llega el pariente que más quiso a su hijo, y en ese instante todo el tamaño de la pérdida se manifiesta, y recuerda de golpe la luminosa infancia del niño que nunca iba a morir, y sus dulces ojos y su dulce esperanza, y toma cuenta de que ha ocurrido lo que nadie hubiese pensado y de que él sigue vivo todavía, y se derrumba llorando en brazos del pariente.
tuve que sacar fuerzas de flaqueza para no caer en los de don gonzalo. logré esbozar una pobre sonrisa, y abrí los míos en signo de impotencia, y, sin saber qué hacer con los brazos extendidos, le indiqué una jamuga. él aguardó de pie a que yo me sentara, y se sentó en el diván cerca de mí.
– no represento a nadie, señor; no hablo en nombre de nadie.
agradezco que hayáis autorizado esta visita, que no tiene fundamento ninguno, ni otro propósito que el de expresaros mi afecto.
sentí un picor en la garganta; tragué saliva un par de veces para que desapareciera. algo ascendía tras de mis pómulos, y me avergonzó que los ojos se me llenaran de agua; tenía que evitar que resbalara. desvié la cabeza hacia otro lado. dejé pasar un tiempo.
– ¿puedo ofreceros algo de comer o beber? -le pregunté, una vez recuperado.
– ya me habéis ofrecido lo que vine a buscar y lo que pronosticaba: la lección de vuestra impavidez. el triunfo no es la mejor medida de los hombres, y menos de los reyes.
– me conforta oíroslo decir.
creo que no se le ha ocurrido a nadie, y seguro que a nadie se le ocurrirá nunca, juzgarme como vos me juzgáis. si es que no se trata de una adulación o de una cortesía.
– no habría venido hasta aquí, tan a escondidas, para halagaros sólo. ni me importa lo que escriban quienes escribirán estos sucesos que nosotros vivimos. ellos vendrán después; traerán limpias las manos, y con ellas dibujarán un cuadro comprensible, y una frontera insalvable entre nosotros dos. y contarán, con laudatorias o amargas frases, según su bando, cómo por fin se arruinó esa frontera. las crónicas conviene que las comprendan los pueblos y los niños: tienen que ser muy simples, y enaltecedoras de lo que les beneficie enaltecer. el malo es el que pierde, y el bueno es el que gana. el que gana es siempre además el que cuenta la historia.