Выбрать главу

– en ese caso, don gonzalo, yo no me hago ilusiones; los dos bandos coincidirán en una cosa: para uno y para otro, el malo seré yo.

el malo es el que autoriza con su sello el desastre, el que abandona, el que se va.

– pero yo sé lo que no sabrán otros: todos los vuestros, de uno en uno, os han abandonado de antemano; se han ido en busca del sol nuevo; os han dejado solo. yo los he visto en santa fe, señor: cuanto más ricos, antes; cuanto más poderosos, más sumisos. fiables en granada no quedan sino los que no tienen nada que perder más que la vida, y ni ésos. delante de la tienda de mis reyes, han tropezado unos con otros con las prisas; se han arrebatado unos a otros la palabra; han intentado venderos siempre que les supusiese una ventaja; han firmado su contrato de alquiler con el nuevo amo de la casa antes aún de que el antiguo la desalojara.

– lo sé, lo sé; pero la historia la van a contar ellos.

– perdonadme lo que os voy a decir, si es que os duele: con un pueblo como el que vos tenéis nada se puede hacer; sólo castigarlo como a un niño sin darle explicaciones, o distraerlo como a un niño, para que no moleste, sin darle explicaciones.

– quizá la obligación de quien manda es educar primero.

– a nadie se le educa “in articulo mortis”. vos recibisteis, con el trono, un pueblo sentenciado. y habéis logrado diferir la sentencia y suavizarla para que hiera menos. vuestro pueblo no entiende que se pueda perseguir algo, durante cientos de años, sin descanso; por eso el triunfo final ha sido nuestro. vuestra grandeza personal, señor, consiste precisamente en lo que acaso se os reproche: en haber conseguido no ser ya necesario. habéis luchado en estos meses últimos para que todo continúe lo mismo que hasta ahora, pero sin vos de ahora en adelante.

y además cargaréis con la ingrata y borrosa responsabilidad que la historia necesita volcar sobre unos hombros únicos.

me temblaba la voz al murmurar:

– ”el zogoibi”, traidor.

– por esa majestuosa resignación es por lo que estoy aquí.

vuestro tío “el zagal” será siempre “el valiente”. a vos os ha tocado la peor parte, y la última. perdéis cuanto tuvisteis; salís de vuestra alhambra dando un portazo que se oirá en el mundo, y es por esa generosidad justamente por lo que seréis injustamente acusado. que el débil es el fuerte lo sabremos muy pocos.

– conviene que sea así. es difícil apoyarse en la virtud de la docilidad cuando desde niño le inculcaron a uno la de la rebeldía.

en todo caso, la trama en que me he visto envuelto es tan espesa que ni yo mismo soy capaz de decir dónde comienza la culpa y de quién es.

todo se me ha ido acumulando encima de un modo indescifrable.

acaso la vida me dé tiempo para desembrollar esta madeja; pero ahora no lo tengo: puede que sea mejor… ahora necesito dejar de lamentarme, y suplicaros unas cuantas cosas.

– contad conmigo.

– oídme. cuando granada sea de vuestros reyes, no quedará esperanza para ningún cautivo musulmán, esté donde esté. los alcaides y los muftíes y los sabios de esta ciudad opinan, como yo, que dios no nos perdonaría el pecado de no liberarlos antes.

– eso lo opináis vos, señor, no los muftíes.

– y dios también lo opina.

por eso yo pido a sus altezas la libertad de todos, sean de granada o del albayzín, o de sus arrabales y de sus alquerías. que no pierdan más ellos de lo que todos pierden.

y que sean sus altezas los que paguen a los dueños que los tengan, porque mis granadinos no entran en otra cuenta que en recibirlos libres.

– ¿no veis, señor? lo que os decía.

– y os pido asimismo, don gonzalo, que sea vuestra palabra la que avale que nada le ocurrirá a los quinientos rehenes, hijos y hermanos de los principales, que se me piden por diez días para garantizar la posesión pacífica de la ciudad. la palabra del rey, tan incumplida con los mudéjares, no será para mi pueblo garantía bastante, y se provocarían insurrecciones y motines que yo sería el primero en comprender.

– por vos me comprometo. ¿alguna cosa más?

– que los judíos gocen de los beneficios de esta capitulación en el mismo grado que los musulmanes.

juntos hemos vivido la historia de este reino, y no es cabal que, aunque entre los cristianos muchos los aborrecen, les demos nosotros de lado en esta hora. en un naufragio, todos los que van en la nave son iguales. -hice una pausa-. y escuchadme: cuando se acerque vuestro ejército… -me temblaron los labios. don gonzalo, por delicadeza, apartó los ojos-. no será menester que vuestro ejército entre en la alhambra sino por fuera y poco a poco, por el amor de dios. puede entrar por la puerta del refugio, que tenéis tan a mano, o la de la loma, ya sabéis, entre la acequia grande y la acequia del cadí, si es que os viene mejor. y me atrevería a pedir que se encargaran de ocupar los palacios aquellos capitanes vuestros que les dan mejor trato a los mudéjares: don rodrigo de ulloa, que tiene ricote, o portocarrero, que tiene la palma, o vos, señor, que tenéis illora y me tenéis a mí. -una lágrima rebelde me mojaba los párpados; pasé la mano, rápida, por ellos-. y que se miren bien las cláusulas todas de las capitulaciones: las del común de la ciudad, sobre todo, y las de la sultana madre; que ningún ulema ni ningún alfaquí hallen nada que oponer, ni se deshagan unos puntos con otros, ni se contradigan, porque será escarbar con el cuchillo en las heridas. y os encarezco que lo testifiquen de veras, con responsabilidad plena, vuestro príncipe heredero y vuestros grandes, además de los reyes, y vuestros obispos y vuestro padre de roma.

porque todas las precauciones son pocas cuando se entrega un reino y se confía a los súbditos en manos forasteras.

se me quebró la voz. don gonzalo, al notarlo, dio un quiebro a la conversación.

– para vos, sobre lo estipulado, ¿nada pedís?

– como hasta mis monturas estarán contadas -le sonreí-, me atrevería a pedir cuatro acémilas buenas y dos mulas, que sea la una de ellas alta y ancha, para que pueda sufrir a el maleh, que es también alto y ancho.