rió don gonzalo y dijo:
– ya el maleh tendrá mulas que lo lleven, según lo que ha sacado de los reyes; pero se hará como decís, aunque tenga yo que pagar esa mula que cargue con el peso del más grande traidor.
– unos con otros, allá se van todos. y, por fin, don gonzalo, hablad con vuestra reina, a la que tanta afición tenéis como ella os tiene a vos. todo lo pactado se escribió para ser cumplido en el plazo que se concierte; pero ¿y si no se llega a un concierto en el plazo? ¿se deshará lo que con tanto esfuerzo hemos conseguido? ¿no tendremos siquiera sesenta días para ordenarlo todo desde aquel en que se firmen las capitulaciones?
– yo, que vine a veros en mi nombre, no en el nombre de nadie, me vuelvo al campamento lleno de recados que dar en nombre vuestro.
me miraba y se sonreía. yo le repuse:
– a los hombres y a los reyes se les mide en la derrota, dijisteis antes; pero se les mide también en la manera de saber ganar.
yo era un adolescente cuando os vi por vez primera. mi padre os recibía con otros caballeros. los temas fueron entonces muy distintos; pero algo dentro de mí me dijo que vos erais también distinto de los otros. aquella primera vez no me engañé… hoy es la última que nos vemos a solas.
– ¿quién puede asegurarlo? -me interrumpió.
– cualquiera, don gonzalo.
habría deseado que a esta conversación asistieran, detrás de esos tapices, los míos y los vuestros.
la verdadera historia de esta península que es una piel de toro va a terminarse ahora; sé que no estáis de acuerdo, pero así es.
ahora vendrán capítulos dorados en que nosotros no estaremos. digo nosotros, y me refiero a los musulmanes; vos sí estaréis como protagonista.
– ¿cómo no vais a estar? se os respetan todas vuestras diferencias de una en una: lo habéis firmado vos.
– no estaremos. vuestros reyes se encuentran demasiado seguros de sí y de lo que quieren; los criados nunca marcan la conducta de la casa. y, sin nosotros, la historia de españa será otra. cristianos y musulmanes, durante ocho siglos, hemos vivido y muerto los unos por los otros; nos hemos observado, odiado, perseguido, imitado; hemos convivido. ¿cómo viviréis ahora sin el otro, en qué espejo miraros, qué granada añorar, qué paraíso perdido para reconquistar, qué quiméricos jardines echar de menos en medio del invierno? tendréis nostalgia de nosotros, porque no sabréis qué hacer con granada…
todo lo que colorea nuestra vida, la nuestra, se considerará pecado y crimen: la variedad de los amores corporales, la pasión esencial por este mundo, el refinamiento y la indolencia. ¿qué será, fuera de ellos, granada, sino un bien decorado túnel que no conducirá a ninguna luz? vuestras plegarias han sido concedidas: quizá eso es lo peor que a un pueblo guerrero le puede suceder; ahora tendréis que inventaros aventuras nuevas, nuevos proyectos inimaginables, enemigos diferentes. porque, ¿qué es castilla sin enemigos, don gonzalo?
– rompió a reír-. vos y yo, en esta helada noche, representamos la verdad verdadera: el frío de granada y, en él, el abrazo de los dos contrincantes. para los demás se queda la calidez embalsamada de una ciudad que tantos siglos anhelasteis, y que es mentira, y el asalto y el poderío con el que la adquirís, que también es mentira.
para los demás se quedan dios y santiago, las banderas al viento, la cruz sobre los minaretes, el “plus ultra” y la y y la f de vuestros reyes rompiendo la geometría de nuestro alicatado; es decir, la fanfarria y la excitación. aquí todo se ha reducido a una forzada operación de compraventa; para que todo siga lo más parecido posible a lo que hay, desaparezco yo. sin embargo, no os bastará con eso: se procurará que desaparezca todo; se tratará de borrarnos cuanto antes, con nuestros bienes y nuestra religión, pero sobre todo con nuestras costumbres que llamáis licenciosas, y nuestra lengua y nuestra cultura, que estorbarán a la unidad artificial que buscan vuestros reyes.
no sólo cambiará de dueño el paraíso, sino que el tiempo durante el que fue nuestro será raído de la historia. ocho siglos se comprimirán entre dos parpadeos. después, hasta nuestros nombres sonarán ajenos y serán abolidos, y nuestro rostro quedará, encadenado por el cuello, tan sólo en el escudo de dos nobles como símbolo de lo que nunca debió ser. todo ha de volver a su cauce anterior; para eso, desarraigar religión, lengua, usos y leyes es una precaución que hay que tomar… y aquí estamos, despidiéndonos, las dos últimas personificaciones de lo que la desmesura de estos siglos ha sido.
del choque de dos mundos, en este campo que ya se llama españa, saltaron chispas que han enseñado todas las ciencias y todas las artes a los extraños; pero uno de los mundos se ha deshecho en el choque.
de la unión de dos cuerpos, en esta yacija que ya se llama españa, ha brotado una fascinación inolvidable; pero en el amor uno de los amantes pierde siempre… no nos olvidéis, don gonzalo, vos al menos. el alma de un pueblo es algo que no puede morir; puede ocultarse como se oculta una rosa, o secarse como una rosa, pero permanece como permanece su olor.
decidme, ¿cómo fueron los muchachos beduinos ya olvidados? nadie lo sabe y, sin embargo, dentro de mí, esta noche, late el corazón de un muchacho beduino.
me levanté al mismo tiempo que él. me abrazó. fue a apartarse, azorado por su gesto impulsivo, pero lo abracé yo. me dijo:
– ojalá, “inch allah”, a esta reunión hubiesen asistido los vuestros y los míos. así no olvidarían nunca la enamorada y tormentosa aventura que han vivido en común.
sólo cuando se hubo ido don gonzalo caí en la cuenta de que habíamos empleado en la conversación indistintamente el árabe y el castellano. sin embargo, él habló más en árabe, y en castellano, yo.
por fin estaba persuadido de que se había hecho más de lo humanamente posible. gracias a nuestras fingidas reticencias, las capitulaciones eran para mis súbditos las más ventajosas que jamás se firmaron por unos reyes cristianos para recibir ciudad alguna. yo era quien más perdía, pero también quien tenía más: de soberano pasaba a ser vasallo. ganaba, en cambio, esa paz casi fúnebre que proporciona la desgracia una vez que se consuma y que se asume.
no obstante, la misma largueza de fernando me hacía desconfiar.
por su ansia de granada y por su prisa había aceptado un tanto a la ligera. por eso exigí que cada cláusula se expresase con toda nitidez en privilegio fuerte, firmado, rodado y sellado. y solicité la confirmación del príncipe áentonces no sabía que jamás iba a heredar las coronas de sus padresú y del cardenal de españa y de los maestres de las órdenes militares y de los prelados y arzobispos, por lo que sirvieran para más adelante, y de los marqueses, condes, adelantados y notarios mayores. quería que todas sus firmas estuviesen allí, y que fuesen conocedores y testigos y avaladores de lo concertado, y que la palabra de cada uno reforzara las ingrávidas palabras de los reyes, de forma que lo contenido en las capitulaciones valiera y fuera inamovible ahora y después de ahora y en todo tiempo para siempre jamás. y, recelando aún de la firmeza de todos esos hombres, solicité que el papa de roma verificase con su firma lo acordado; con ella salvaría de la precariedad las palabras humanas.