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todo se hizo tal cual yo lo pedí; sin embargo, no se obtuvo ese último recaudo: los reyes se resistieron a mezclar en sus asuntos -que cuando les convenía eran temporales y, cuando no, ocupación de dios- a la cabeza de la cristiandad. con la disculpa de que la recogida de esa firma alargaría aún más la conclusión de los tratados, declinaron la exigencia. y ofrecieron bienes y dinero a mis emisarios, que se los embolsaron en la seguridad de que ni rechazándolos se llevaría a cabo la firma del pontífice. cuando leí los códices, se me antojó su falta un mal presagio.

lo más importante, de lo que el resto era una enumeración de previsiones desglosadas, se resumía en esto:

sus altezas y el señor príncipe don juan, su hijo y sus descendientes, tomarán y recibirán al dicho rey muley boabdil y a los dichos alcaides, cadíes, alfaquíes, sabios, muftíes, alguaciles y caballeros y escuderos y comunidad, chicos y grandes, machos y hembras, vecinos de la dicha ciudad de granada y del dicho albayzín y de sus arrabales y villas y lugares de su tierra y de las alpujarras y de las otras tierras que entraren bajo este asiento en capitulación, de cualquier estado o condición que sean, por sus vasallos y súbditos y naturales, y bajo su amparo y seguro y defendimiento real, y los dejarán y mandarán dejar en sus casas y haciendas y bienes muebles y raíces y leyes y religión y costumbres, ahora y en todo tiempo para siempre jamás, sin que les sea hecho mal ni daño ni desaguisado alguno contra justicia, ni les sea tomada cosa alguna de lo suyo, antes serán de sus altezas y de sus gentes honrados y favorecidos y bien tratados como servidores y vasallos suyos.”

el único descanso de mi alma era que a todos se nos tratara mejor como servidores y vasallos que como enemigos; mi única inquietud, que así no fuese. acertó la inquietud.

aben comisa no se avenía a que el maleh hubiese acaparado las negociaciones. casi en vísperas de las firmas escribió al conde de tendilla, recién llegado de alcalá la real, con el que mantenía buenas relaciones y del que supo que iba a ser nombrado máxima autoridad militar y civil de granada. tales relaciones se habían afirmado meses atrás, cuando el conde apresó a una sobrina de aben comisa que se dirigía a tetuán para contraer matrimonio con su alcaide. las gestiones del rescate fueron laboriosas. yo ofrecí la entrega de unos cuantos sacerdotes cristianos y de otros cien cautivos. tendilla trajo a la joven fátima a las puertas de granada, pregonando entre los cristianos que era el suyo un ademán caballeresco y que, por si no era bastante, al enterarse de su rango y de sus circunstancias -como si no los supiera de antemano-, le había hecho un presente de joya por su boda. todo fue una faramalla del conde que, de tal modo, consiguió sus propósitos y una fama de galantería y gentileza que no le era debida.

en su carta de ahora, el rastrero aben comisa le advertía indignamente que, dentro de la ciudad, no marchaban las cosas tan bien como se sostenía; que era “dificultoso reducir a un pueblo tan grande si una vez se alteraba”, y que todos conocían lo inconstante de la condición del sultán. ante estas amonestaciones, quiso el conde entrevistarse conmigo para cerciorarse de la situación. lo recibí en la alhambra, en el cuarto de los leones.

yo llegué un poco antes de la hora, y mandé que me dejaran solo.

me despedía de cada capitel, de la luz, del agua y de mí mismo. chispeaba el pálido azul de la luna tras el encaje espeso de las arquerías como una travesura y una risa. ‘ni las arquerías ni la luna están aún enteradas’, me dije.

sentía que me rodeaba una presencia múltiple: la de quienes vivieron allí y se ilusionaron. pensé en la multitud de quienes habían visto, desde algún mirador, platearse el jardín como ahora se plateaba, y escuché el líquido rugido de los leones, que se hacían espaldas en círculo unos a otros, defendiéndose de un peligro que hasta hoy había sido imaginario y que ya era real.

plata fundida corre entre las perlas, a las que se asemeja en belleza sin mancha y transparente.

agua y mármol parecen confundirse sin que sepamos cuál de los dos se desliza.”

tenía razón el poema que enriquece los bordes de la taza. nada pesaba allí. el patio entero estaba sostenido en el aire; suspendido de algo, no apoyado en la tierra. las habitaciones de los testeros eran el minucioso y frágil producto de un ensueño: no había dureza ni resistencia en ellas, tan sólo agilidad. nunca tuve la certidumbre de que a lo largo de toda la noche permanecieran aquella arquitectura y aquel embrujo; quizá se evaporaban entre las brumas del anochecer, y al reconstruirse en cada alba no lo hacían de la misma manera…

alguien, un centinela, pisaba con apresuramiento las galerías y se acercaba con una tea en las manos. se estremecieron los quioscos, cambiaron de lugar, ondularon las delgadas columnas, como si una rama destrozase agitándola una imagen reflejada en el agua.

arriba se afirmaron las estrellas ante la luz del hacha que portaba el intruso; abajo se hizo el agua más ruidosa, como afirmando su potestad absoluta. me oculté en la sala del mediodía. acaso el centinela me buscaba y, al no encontrarme, se alejó. todo retornó a su sueño, a su tenue inexistencia, a su serenidad sepulcral, como un disciplinado bosque durmiente o quizá desvelado para siempre. tuve un sobresalto: los leones me parecieron agruparse acechantes, decididos a saltar sobre mí, como cuando era niño.

quien contempla estos leones amenazadores sabe que sólo el respeto al emir contiene su enojo.”

¿el respeto a qué emir? la lividez de la luna se cuajó, consternada; se hicieron más opacos los atauriques y más densos. se me aceleraba el corazón. vi, en la fuente de la sala, reflejarse la enjoyada y rielante indiferencia de su cúpula de almocárabes. y, al retroceder, reflejado también, vi el pórtico de la sala del norte.