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jardín soy yo que adorna la hermosura.

mi ser sabrás si mi belleza miras.”

así es, como dice: sólo hermosura; sin motivo, sin objeto, sin término… ‘no puede ser’, me dije. ‘¿cómo es que alcanzo a verlo en esta pila de agua? estoy dormido o muerto.’ no; sólo estaba abrumado y de rodillas. sin saber por qué -¿o sí?- ni cómo, me había postrado; alcé los ojos desvalidos.

tropezaron con la incesante cascada de estalactitas del techo, conjuradas en estrellada asamblea.

¿contra mí, conjuradas? sollocé: el agua, siempre el agua. tomándola en las manos, humedecí mi cara. “es un amante cuyos párpados rebosan de lágrimas y que las esconde por miedo a un delator”, decían los versos de la fuente. me sequé con el manto. hacía frío.

oí una voz que me llamaba. supuse que el conde de tendilla había llegado. caminé lentamente hacia el fondo del cuarto, hasta el salón real.

el conde es avellanado y seco, de aire desabrido, cara estrecha y larga, nariz grande, ojos muy juntos, y la boca, que apenas si se mueve al hablar, sin labios, plegada en una mueca de desdén o de asco; sus manos son huesudas y nerviosas. con nosotros estaban aben comisa, el maleh y hernando de baeza, que nos traducía cuando era necesario. ahora leía baeza uno por uno los puntos de las capitulaciones. levantaba la vista del papel, y me miraba para confirmar que yo estaba de acuerdo. en algún caso se agregaba una aclaración, o se emitía un comentario que hiciera explícito lo leído. el conde inclinaba la cabeza con un gesto de aprobación. era palmario que el acto le cansaba, y que, más que a recoger mi conformidad y mi sello, había venido a plantear una cuestión fácil de adivinar.

recuerdo, por ejemplo, que, en cuanto a la obligación de entregar a los cautivos cristianos por parte de sus dueños, yo pedí que se añadiese: “si alguien hubiera tenido alguno y lo hubiera vendido al otro lado del mar, no esté obligado a darlo, en caso de que jure y aporte testigos bajo juramento que demuestren que la venta se efectuó antes de estos asientos, y que no es suyo ya, ni se encuentra en su poder”. o que los judíos que antes eran cristianos tuvieran un plazo de tres meses, contados desde el 18 de diciembre siguiente, para embarcar a áfrica. o que los cristianos que se hubiesen tornado moros no fuesen forzados a hacerse cristianos contra su voluntad. o que las rentas de las cofradías y de las escuelas coránicas y las limosnas quedasen bajo la vigilancia de los alfaquíes para que las gastaran y distribuyeran como fuese menester, sin que los reyes se entremetan, ni las tomen ni embarguen. o que mis súbditos no sean llamados a guerra alguna a la fuerza, y que, si los reyes necesitan caballeros con armas y caballos (que fue lo que opuso el conde), vayan cuando los reclamen, pero no fuera de andalucía, y con un sueldo desde el día en que salgan de sus casas hasta el regreso a ellas. y asimismo pedí que se estableciera que los nombramientos para oficios y puestos recaerían en miembros de nuestra comunidad, y que las plazas y las carnicerías de los cristianos tenían que estar apartadas de las nuestras, y sus mercaderías lejos de nuestros zocos, y que se castigase a los infractores.

al concluir la lectura con la descripción del documento de pergamino y del sello de plomo pendiente de hilos de seda, comentó el conde:

– la generosidad de sus altezas es cosa probada. justo es que ahora vos correspondáis. -callé, aguardando lo que me temía.- quizá es lo primero que don hernando debiera haber leído.

le tendió un papel escrito.

hernando de baeza lo leyó:

– ”es asentado y concordado que el rey de granada y sus principales y la comunidad de ella y del albayzín y de sus arrabales han de entregar a sus altezas, a su cierto mandado, pacíficamente y en concordia, realmente y con efecto, dentro de los treinta días primeros siguientes contados desde el día veinticinco de este mes de noviembre, que es el día del asiento de esta escritura…” -no leáis más -interrumpí a hernando de baeza-. teníais razón, esto era lo primero que debió de leerse: habríamos concluido mucho antes.

con un gesto de desentendimiento, desvié los ojos por el salón, reluciente a la luz de las antorchas. vi las pinturas de la cúpula, que representaban el opulento y alegre pasado; me vi a mí mismo vestido de blanco y amarillo, cosa que no había observado antes; hice girar la sortija del sello en mi meñique izquierdo; traté de que el silencio se sentara, como un huésped de honor, entre nosotros…

– ¿queréis darme a entender que no estáis de acuerdo en el plazo? -preguntó el conde con un asombro tan desmesurado que pareció fingido.

– eso os digo.

su boca se curvó, con un mayor desdén, en una sonrisa que nos insultaba.

– señor… -empezó a decir aben comisa, pero lo detuve con los ojos.

– ¿qué solicitáis vos entonces? -dijo el conde tras una pausa y muy a su pesar.

– sesenta días como mínimo, para ablandar al pueblo -me vino a las mientes el pequení-, para preparar las entregas y para evitar las posibles revueltas. es algo que interesa tanto a vuestros reyes como a mí.

– todo eso se resuelve en menos de los treinta días que os ofrezco.

sólo con uno, podría yo poner a punto la ciudad y “ablandar” a sus habitantes -se recreó en el “ablandar”.

– vos, puede; yo, no. nuestros procedimientos son distintos; precisamente es eso lo que más me conturba.

el conde se revolvió en la jamuga donde estaba sentado. (al llegar declinó sentarse sobre cojines, según nuestra costumbre, que también era ya la suya: fue su manera de no dejarse seducir.) -señor, traigo la orden de plantear tajantemente el problema del plazo: o entregáis la ciudad en esa fecha, o mañana mismo la asaltamos a sangre y fuego.

– no sé si ésa es la orden exacta que traéis, aunque me extrañaría; de haberos sido factible el asalto, no estaríamos sentados aquí juntos, bebiendo jarabe de manzana y comiendo pasteles de almendra. por cierto, ¿deseáis una bebida algo más fuerte?

– sí -exclamó irritado-: me gustaría algo mucho más fuerte. si de mí dependiera, hace tiempo que estas necias discusiones habrían terminado.

– señor conde… -comenzó aben comisa.

– ¡dejadme en paz! -le atajó tendilla, y supe que el exabrupto me estaba dirigido.

habló el maleh: