– ya contestes en el contenido, el tema del plazo podríamos postergarlo para una próxima entrevista.
iríamos nosotros…
– nada de postergar. por vosotros estaríamos postergando la entrega hasta el juicio final.
¡ahora o nunca!
– señor -dije en voz baja-, soy el sultán de este reino, dueño de darlo o de negarlo. y dueño, en consecuencia, de señalar la fecha en que lo dé. vuestros reyes proponen condiciones, que yo puedo aceptar o rechazar.
– os atendréis a las consecuencias -casi gritó.
– ¿es que he dejado de atenerme a ellas ni un solo día? lo menos que cabe esperar de los fuertes es que tengan buenas maneras.
– ya me habían dicho de vos que erais dubitativo y veleidoso.
– sí, no acostumbro a entrar a caballo en casa ajena. sé que os lo habían dicho. -miré a aben comisa, que desvió los ojos avergonzado-. por cortesía no os repito lo que a mí me dijeron de vos, y aun lo que he visto.
su irritación se desbordaba:
– nos obligaréis a hacer lo que no quisiéramos. mañana, quinientos cautivos moros de los que tenemos en santa fe serán liberados. y vendrán a granada, cada uno con una copia del tratado secreto en que vos y vuestros consejeros conseguís insolentes ventajas personales. el pueblo sabrá así cómo ha sido subastado.
– os respondo, señor conde -repliqué sonriendo-, porque estáis en mi casa y porque no tengo cosa mejor que hacer. mi hijo duerme ahora; si no, me iría a entretener con éclass="underline" perdería menos tiempo. si podéis hacer en una noche quinientas copias de cualquier documento, tenéis el real de santa fe mejor organizado de lo que imaginaba. si lo que deseáis es que mis vasallos me asesinen, habéis tenido mejores ocasiones de lograrlo, porque los motines que he sufrido fueron todos provocados por sus altezas. ¿para qué, pues, esperar hasta hoy? -el conde había vertido un poco del jugo de su vaso-. os excitáis demasiado. y amenazáis demasiado también: o un asalto, o una delación pública. y delación, ¿de qué?
¡de haber obtenido “insolentes ventajas personales”! no hablo de mis consejeros: lo que les hayáis dado a espaldas mías es cosa vuestra y de ellos; yo lo ignoro, no meto mis narices en las jugadas de los criados. pero ¿de veras llamáis un buen negocio a trocar todo mi reino por unas tierras yermas en andarax y ugíjar? ¿lo hubiérais hecho vos? ¿llamáis “insolentes ventajas” a que mi madre la sultana conserve sólo una parte de las propiedades que como horra le corresponden, y que son patrimonio privado de ella, no del trono? ¿llamáis “ventajas personales” a salir infinitamente peor parado que cualquiera de mis vasallos, que conservará, según vos, cuanto posee? ¿y, con la prueba de esa mala venta, los queréis sublevar en contra mía? señor conde, no me gustáis, ni me gustan vuestra actitud ni vuestro tono; pero os voy a hablar en él, para que oigáis cómo suena. -alcé la voz-. yo soy el propietario de este reino. si habláis de vender, yo vendo lo que es mío; pero a mi pueblo, no. en lo que hemos leído creo que queda claro. y en el plazo que exijo, también queda.
– os conozco. he pasado mi vida en andalucía. conozco las tretas y las mañas de los de vuestra raza.
– de tretas y de mañas nos faltaba a los andaluces mucho por aprender; desde hace unos cuantos años, sabemos mucho más. yo también os conozco, señor conde.
incluso he leído los versos de vuestro abuelo santillana, lo que no sé si vos mismo habréis hecho, y sé que sois sobrino del cardenal de españa, lo cual os califica frente a mí. pero, por mucho que hayáis vivido en andalucía, aunque hubiesen nacido aquí todos vuestros abuelos, sangre andaluza no lleváis, ni la llevaréis nunca. afortunadamente, diréis vos… andalucía la hemos hecho nosotros, señor; a vosotros os cabe el dudoso laurel de deshacerla. no nos vengáis con fatuidades. vuestros títulos, que os parecen tan grandes, los ganaron soldados de fortuna a costa de la nuestra. -hizo una mueca soberbia y colérica-. sosegaos. para hacer olvidar tales orígenes se necesitan muchas generaciones. también los tuve yo; pero los sultanes de mi dinastía hemos sido treinta y uno, y mi tío “el zagal” fue, sólo de los nombrados mohamed, el decimotercero: un número decididamente infausto.
– me temblaban las manos; así fuerte la sortija que antes acaricié para que nadie lo notara-. vos sólo sois el segundo conde de tendilla; hace muy poco que empezasteis a encumbraros: por eso justifico vuestros ímpetus. fijaos, en cambio, en mí: yo no soy ambicioso. gracias, claro, a que mis lejanos antepasados sí lo fueron.
yo lo he tenido todo ya, señor conde; no aspiro a tener más. la ambición, en el fondo, es cosa de vasallos. -señalé a aben comisa y a el maleh-. de estos míos, pero también de los de vuestros reyes. quien empieza a medrar es siempre codicioso; quien se apea, ya no. -podía cortarse su ira; la sentía a mi alrededor como un reptil. cambié la entonación-. dispensad que os haya aburrido con estas reflexiones. si no traéis el poder suficiente para negociar el plazo que os propongo, llevad mi proposición a vuestros reyes. no sé si ellos la aceptarán, pero en cualquier caso la entenderán mejor que vos.
la provocación dio resultado.
saltó el conde:
– ¿es que dudáis que traiga poderes suficientes de representación?
– ni entro ni salgo en ello.
si es así, resolved.
– sólo pensando en la largueza de ánimo del rey y en la caridad maternal de la reina, me he contenido al escuchar esas torpezas que llamáis reflexiones: los fuertes hemos de tener para los vencidos una actitud cortés.
– un poco tarde lo recordáis, señor.
– para que certifiquéis una vez más la grandeza de miras de nuestra religión, que no desea que muera el pecador, sino que se convierta y viva; para que certifiquéis qué ciertos descansamos en la alianza con la divina providencia, y cómo lo que podríamos tomar por las armas lo adquirimos con fraternales pactos, en nombre de sus altezas los reyes de castilla y de aragón, os concedo la prórroga del plazo tal como lo pedís: sesenta días a partir de la firma, que escribiréis ahora, día veinticuatro de noviembre.
– con la amable conversación, ha avanzado la noche: ya es día veinticinco.