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– de esa forma contaréis con un día más para vuestros manejos.

hernando de baeza derritió la cera sobre el pergamino que me presentaban. con la sortija la sellé. me asaltaron unas incontenibles ganas de llorar: el esfuerzo y el freno habían sido excesivos.

aben comisa y el maleh suspiraron, y se intercambiaron miradas ufanas.

– señor conde -concluí-, lamento que sea a vos a quien se encomiende el gobierno de la alhambra y granada; pero vaticino que serviréis muy bien a sus altezas. por lo menos, a ellos.

– a eso, y no a otra cosa, es a lo que aspiro.

fue a salir con brusquedad.

– aguardad, señor. -se detuvo y se volvió hacia mí, apretadas las mandíbulas-. buenas noches. -hice en el aire un levísimo gesto de adiós-. no debo reteneros más aquí, donde estáis por última vez como invitado. os doy permiso para que os retiréis.

salió en silencio, tras una insignificante reverencia.

a la noche siguiente mis delegados tenían que tomarles juramento a los reyes cristianos. durante la tarde me acerqué al palacio de comares para poner en antecedentes a mi madre. estábamos los dos solos. mientras le enumeraba las condiciones, una lágrima, que ella creyó que yo no veía, resbaló por su rostro ya arrugado. su respiración se alteraba, y brotaban de su pecho unos ahogados suspiros, que yo fingí no oír. me arrebató el escrito, y se retiró a la luz de un ajimez. leyó, sentada, durante largo rato. luego plegó los papeles y permaneció muda, mirando sin verlo el dorado paisaje.

– esto es hecho -murmuró-.

nunca lo hubiesen presenciado mis ojos.

por si le servía de consuelo, me aproximé con un gesto solícito.

me atreví a acariciar su hombro.

se levantó de súbito.

– ¿cuál es el protocolo de la entrega?

– los ejércitos entrarán por las puertas de arriba…

me interrumpió:

– en cuanto a ti concierne, digo.

– las dos cancillerías han estimado que debo entregar personalmente a don fernando las llaves de la ciudad.

– ¿besándole la mano? -gritó como quien mira un nido de alacranes.

– creo que sí -balbuceé.

– ¡jamás! aún nos quedan alientos y recursos y hombres para arrojarnos contra ese sucio campamento y echar abajo sus malditas cruces. ¡jamás! si por mí fuera, les obsequiaría con un montón de cenizas y huesos. si por mí fuera, cuando estuvieran dentro sin posible salida, los desmenuzaría: dios bendice las celadas contra los enemigos si se hacen en su nombre.

si por mí fuera, mandaría a seis u ocho renegados que, con astucia y afilados cuchillos, asesinasen a esos reyes usurpadores…

– lo sé, madre, lo sé: si por ti fuera.

– ¿y vas a arrodillarte tú, y a besar la mano que nos humilla y que nos roba? esto no es una rendición, es un concierto entre dos partes por igual soberanas. aunque lo parezcas, tú no eres un vencido, sino un emir que ejecuta un acuerdo: un acuerdo que no has de consentir que te degrade. ahora aquí se resuelve un viejísimo pleito, pero por medio de una transacción; no hay más. queden al margen los ejércitos y los alardes de victoria. haz con tu honra lo que quieras; pero yo, que soy hija de sultán, viuda y esposa de sultanes…

la interrumpí:

– y madre y cuñada de sultanes.

de acuerdo: se hará lo que se pueda.

– se hará lo que se deba. yo, con algún fiel que aún tengo, escupiré a los reyes a la cara, haré que me degüellen, y mi sangre amotinará a los granadinos -dijo, y salió de la sala.

dicté una carta que aben comisa le llevó al rey fernando a la hora de jurar. en ella, aunque era el alguacil quien la firmaba, referí la conminación de la sultana, tan comprometedora si se cumplía. ‘ella -le avisaba- se propone morir antes que ceder, y tendría falta de consejo quien hiciese más caso de que le besaran la mano que de que le entregaran un reino.’

el rey, más sagaz y más práctico que mi madre, cedió respecto a lo secundario; ya había cedido en córdoba. se me dijo que yo no había de hacer más que un acatamiento, que consistiría en sacar un pie del estribo y en llevar mi mano al bonete; en ese momento el rey me impediría seguir y me abrazaría como a otro rey. pensé que era mucho más difícil aprender y ejecutar aquel rito que el que estaba previsto: los movimientos incoados y a medio concluir siempre me han parecido de gran complicación. me asaltó la duda de en qué instante preciso debía detenerme y aguardar la interrupción del rey, sin que la maldad de éste me dejase colgado en una estúpida postura. luego pensé que llevaba mucho tiempo colgado en la peor.

en las fechas posteriores hube de hacer la vista gorda ante ciertos trajines. supuse -y así me lo ratificaron farax y nasim- que los reyes, por medio de zafra, de el pequení y de el maleh, enviaban dineros y regalos “para ganar amigos”, como decían ellos, con que fomentar una opinión favorable entre los alfaquíes y las personas prestigiosas.

el 29 de noviembre, con idéntico fin y con el de empujarme a no demorar mi información a los granadinos, los reyes dirigieron una carta “a chicos y grandes”. en ella ratifican -la conservo y la estoy releyendo- su resolución de mantener ejército y real frente a granada, “dios queriendo”. y advierten que si los ciudadanos con brevedad vienen a su servicio y les entregan sus fortalezas, “no serán causa de su propia perdición como los de málaga, sino que estarán seguros en sus personas y bienes, o de pasar a áfrica” gratuitamente, después de vender su hacienda a quien les plazca, y podrán salir a labrar sus heredades, y andar por donde quisieren de sus reinos.

pero lo importante era el finaclass="underline" señalaban un término de veinte días, desde la data, para que el común enviase a un representante que capitulara; pasado tal plazo, juraban por su fe que “no admitirían ni oirían más palabras sobre el asunto, quedando a los destinatarios de la carta la responsabilidad y culpa de su perdición”.

contra la ruda idea de los reyes y contra su matrera intención, yo me alegré de que se entendieran directamente con el pueblo.

el estado de la ciudad, entre las nevadas crecientes de la sierra y los acaparamientos de provisiones, empeoraba. el 16 de diciembre, muy temprano, vino a verme una comisión de alfaquíes, alamines de los gremios, jeques, alarifes, viejos y sabios; me suplicaban, sin aludir en absoluto a la carta de los reyes, como si no hubiese existido, que convocara sin demora por pregoneros a la gente de la ciudad y que les plantease los auténticos extremos en que ella se encontraba: subsistencias menguadas y, lo que era más grave, irrenovables por la intransitabilidad de los caminos y la falta de cultivos y brazos; quebranto del ejército, por ausencia tanto de caballeros como de peones, y falta de ayudas africanas, en las que nunca confiamos mucho. también reconocieron, con sonrojo, que habían desertado muchos granadinos, y que se hallaban sirviendo a los cristianos de exploradores y guías para sus incursiones.