– en enero se recolecta la caña de azúcar. en febrero se injertan manzanos y perales. en marzo se planta la caña, y el algodón también, y salen de sus huevecillos negros los gusanos de seda. en abril aparecen como loquitas las rosas y las violetas; se plantan las palmeras, la alheña y las sandías; y es la ocasión que el andaluz aguarda para que la lluvia le riegue el trigo y la cebada. en mayo se cubren de trama los olivos; nos caen en las manos la ciruela, el albaricoque, la manzana temprana y el pepino. es el momento de recoger las habas y las adormideras, de segar el trigo y de arrancar el lino; las abejas nos regalan su miel, tan buena para todo (no quiera dios que tengamos nunca el malpago de la colmena), y los pavos reales chiquitos vienen piando al mundo. en junio y julio pasan tantas cosas que no podría enumerártelas aunque no callase en mi vida. hay tanto por hacer, que nos volvemos tarumba y nos tienen que llevar al maristán; la siega y la trilla son una siesta, no te digo más. en agosto maduran las uvas y el melocotón; se recogen la alheña, para que tú si quieres te tiñas tu pelo o las plantitas de tus pies, y las nueces, para que te las comas con la miel que ya tenemos en muy ricos pasteles, y las bellotas, que se desprenden así, de un tironcito, de su caperuza. pero, en cambio, hay que sembrar los nabos y las habas y los espárragos para cuando llegue nuevamente su turno. septiembre es el mes de las vendimias, tan alegres y cantarinas, y de las granadas y de los membrillos; el olivo engorda sus olivas, y el arrayán rompe a brotar con más fuerza que nunca. en octubre se abren las rosas más blancas, y se preparan, para chuparse los dedos, los dulces de manzana y de carne de membrillo. en noviembre se cosecha el azafrán, y se deshoja con delicadeza su rosita morada. en diciembre retornan las lluvias que alimentan la tierra y nos quitan la sed, y los narcisos nos visitan, y se acumula el agua en los aljibes, y en los huertos se siembran, para el bien común, la calabaza y el ajo y las adormideras, a las que les debo la vida y esta muleta, que el día menos pensado echará flores como los báculos de los más santos profetas.
durante mucho tiempo vi a faiz casi todos los días. al cabo de un mes de no encontrármelo, pregunté por él. un jardinero que ocupaba su puesto me dijo:
– tu padre lo ha enviado a los baños de alhama para ver si se le aliviaba el dolor de la pierna.
yo -sorprendido, aunque no demasiado- bendije los nombres de dios y de faiz dentro de mi corazón. creo que, desde entonces, no he cesado de hacerlo.
mi tío yusuf
fue el hermano mayor de mi padre. mayor en todos los sentidos, porque era tan grande que no lo vi entero de una vez jamás. altísimo y redondo, le llamaban, por descontado, “el gordo”: decían que para distinguirlo de otros yusuf de la familia, pero la verdadera causa saltaba a la vista. estaba siempre recostado, hasta para dormir, porque si se tumbaba del todo no podía respirar, y tampoco podía enderezarse luego. tenía tanta lucha con sus enfermedades y con su corpachón, que ni a él ni a nadie se le había ocurrido nunca que pudiese ser el sucesor de mi abuelo.
con sus hermanos y su padre, había pasado la niñez y la juventud en la corte de juan II de castilla, y en el harén se comentaba que se había convertido al cristianismo.
yo no creo que se hubiese convertido a nada: bastante tenía con moverse un poquito, comiendo como estaba todo el día y, según contaban, casi toda la noche. vivía sólo para seguir viviendo, y llegó a granada casado con una señora gallega, de nombre doña minia, de la que se decía que, a pesar de haberse convertido al islam, secretamente continuaba practicando su religión. lo cierto es que en la familia nadie se ocupaba, salvo los médicos, de ellos dos, que residían en una de las torres, la segunda, de las que bordean el camino hacia el generalife.
yo los frecuentaba porque me entretenían los episodios, no sé si absolutamente veraces, que “el gordo” me contaba de su vida, cuando él aún no era tan gordo.
– son embustes -puntualizaba doña minia-. yo lo conocí con diecisiete años y ya era así.
y los dos se miraban, cómplices, y se sonreían con una expresión de cariño tal que me causaba una profunda envidia.
no tenían hijos, y nos adoraban como si lo fuésemos a mi hermano yusuf y a mí. nos regalaban toda clase de juguetes; en los envíos que recibían de la cristiandad siempre había algo para nosotros.
por las fiestas del año nuevo, de la ruptura del ayuno, de la primavera, nos sorprendían con animalillos de cerámica o de plata.
recuerdo las jirafas, de las que llegué a tener hasta cuarenta, con un especial cariño por ser un animal que yo nunca había visto, y que sospechaba además que no existía en ningún país de la tierra. quizá lo que más ansiaba entonces era tropezarme con una jirafa, mucho más que con un león o con un elefante, en los bosques de la alhambra.
mientras que el tío yusuf era sonrosado y rubiasco, doña minia, contra lo presumible, era morena, de ojos menudos, negros y muy vivos. el tío yusuf consistía en una bola grande con otras menores a su alrededor: cabeza, brazos, piernas, manos y pies. más que en la torre, habitaba en un imponente sillón horadado, dispuesto muy en alto para que los criados que se cuidaban de limpiar la letrina pudiesen realizar su tarea. una vez por semana, entre siete u ocho de ellos lo apeaban, lo lavaban, le mudaban la ropa, y, en tanto aljofifaban y perfumaban el asiento, lo sostenían para que anduviese cuatro pasos contados. pero ésta era una ceremonia muy íntima, que nunca vi.
mi hermano y yo temíamos que, si se caía del sitial donde estaba instalado, rodaría hasta llegar por la pendiente del bosque al río, y allí el agua no podría moverlo de ninguna manera, y le brotarían plantas y árboles sobre la barriga, hasta formar una colina nueva entre la alhambra y el albayzín.
yo tenía un gato que atendía, aunque no mucho, por “luna”. su nombre vino porque el tío yusuf nos refería muchos enredos cuyo protagonista era don álvaro de luna, visir y valido del rey juan. mi intención fue ponerle “juan” al gato, pero doña minia me advirtió que sería una falta de respeto, y que la grandeza de un pueblo se demuestra por el respeto que tenga a sus enemigos, y que, si los empequeñecemos o los ridiculizamos, somos nosotros a la larga los que salimos peor parados. y por si era poco, el gato resultó ser gata, con lo cual ponerle “juan” o “álvaro” habría sido un contrasentido. para esa gatita, que era pelirroja como el tío yusuf, me regaló el matrimonio un cascabel de oro, que ella se apresuró a perder, aunque hubo quien receló que cualquier criado pudo haberlo cogido, porque era cosa de orates ponerle cascabeles de oro a un gato. sin embargo, el matrimonio siguió regalándome un cascabel tras otro, cada vez que “luna” los perdía, hasta que se perdió ella misma, con lo cual se acabaron los gajes del ladrón de los cascabeles.