el resto del día lo pasé ante un ajimez contemplando la sabica, ribeteada por la portentosa diadema de la alhambra. en la torre del homenaje se alzaba una alta cruz; en la de comares, los pendones de santiago y el real. me habían dicho que la cruz era la del cardenal mendoza, y que la levantó el confesor de la reina, al que habían consagrado ya obispo de granada: un fraile desmedrado, de una gran nuez y ojos centelleantes que vi pasar un día, montando un asno sucio, por la puerta de la alcazaba. gutierre de cárdenas plantó el pendón de santiago, y tendilla, el de los reyes. locura parecía que una ciudad pudiese cambiar tanto en tan corto plazo.
mientras se desplegaba sobre el valle y las colinas una gélida noche de seda, se pusieron de pie dentro de mí mi infancia toda, mis gracias y desgracias, mi obstinado e incomprensible deseo de vivir, que ahora me abandonaba. escuché las voces de los centinelas, que ya ni se gritaban ni se respondían en mi lengua, unos relinchos, la percusión de unos cascos sobre un empedrado: ruidos algunos sólitos, y otros que en tal grado no lo eran que podría engañarme pensando que me había dormido y que soñaba. ascendía desde el patio la voz de farax, ocupándose de la expedición, porque él y bejir, como aben comisa y el maleh y el caisí y otros muchos, nos acompañaban. las tajantes órdenes de mi madre habían dejado de oírse hacía ya rato. ella vendría con todas sus mujeres; sus literas estaban dispuestas desde el día anterior. un silencio total y súbito llenó el paisaje, la ciudad, la casa. querría haber escuchado, para mi consuelo, la callada música visual de las estrellas. en cambio, escuché a ibn zamrak:
“la sabica es una corona sobre la frente de granada en la que aspiran a engarzarse los astros.
la alhambra -dios la guarde hasta el fines un rubí en la cimera de la corona.
su trono es el generalife; su espejo, la faz de los estanques; sus arracadas son los aljófares de la escarcha.”
‘granada -pensé- es para mí lo mismo que fue jalib: alguien a quien se ama y que se deja amar, pero a quien le es imposible correspondernos. huir de ella -me dije-, y convencerme de que ha dejado de existir, de que nunca ha existido. pero ¿y subh, y faiz el jardinero, y los amados puntales de mi niñez, yusuf mi hermano, el mismo jalib, muerto en una de las estribaciones de esa sierra que blanquea en la noche? ¿y yo? ¿es que yo nazco ahora, sin pasado, sin presente siquiera?’ me cubrí la cara con las manos, abrumado por un peso insoportable, más oneroso cuanto más trataba de disimularlo ante los otros… alguien me acarició el pelo como se hace con un niño despeinado; una boca maternal emitió esos leves chasquidos con que se tranquiliza a un niño que despierta, aunque no del todo, en medio de un mal sueño. moraima, porque era ella, se inclinó y me besó en la frente. no sé el tiempo que llevaba junto a mí, ni cómo había entrado sin que yo la sintiera. seguimos juntos hasta que fue la hora de emprender el viaje.
no nos dijimos nada.
hay un punto, camino de las alpujarras, en las alturas del padul, desde donde por última vez se divisa granada y se deja luego de ver. en él se dividen las aguas del genil y las del guadalfeo; en él se dividía mi ayer y mi mañana.
ya estaban las más altas cumbres doradas por el sol, y una niebla, anunciadora de una mañana hermosa, sumergía en pereza la vega. mi intención era haber llegado antes a ese punto, o pasar por él sin advertirlo. sabía y sé a la perfección, con ojos ciegos, lo que desde él se ve: colinas, caseríos, cármenes, alquerías, mezquitas, minaretes, almunias, arboledas, murallas: cuanto granada tiene de incitación a la codicia para quienes no son sus amos; cuanto tiene de placentero para los que lo son; cuanto tiene de pesadumbre para los que han dejado de serlo. ibn al jatib también lo supo:
“aquel funesto día en que me obligaron a alejarme de ti, acosado por la adversidad, no hacía sino mirar hacia atrás en el viaje de la separación.
hasta que me preguntó mi compañero: ‘¿qué es lo que te has dejado?’
‘mi corazón’, le respondí.”
apretaba el paso de mi caballo, cuando escuché voces que me suplicaban hacer una pausa. yo no quise volver el rostro; no quise ver granada una vez más; no quise sentir, como una espada de fuego, la expulsión del paraíso. farax, que lo intuyó, se puso a hablarme atropelladamente de las minucias de la organización y la llegada, de los problemas que habían surgido en la carga de las acémilas y con los conductores. yo oí los alaridos de las mujeres, sus plañidos que se trenzaban y se reforzaban unos a otros igual que enredaderas. se despedían del lugar del mundo sin el que no concebían sus vidas.
éramos ya los desterrados; éramos la caravana que abandona el oasis de la abundancia y la felicidad, y ve aún las estacas de las tiendas, las huellas de los lechos en la arena, las lomas en que el amor la acogió, el rostro de la amada mojado por las lágrimas en el momento del adiós. yo no quise volver la cara más; no quise ver granada.
sentí que no iba a poder resistirlo y, sin escuchar el parloteo con que farax quería distraerme, espoleé mi caballo y me lancé al galope para huir, cuanto antes, de lo que yo había sido.
decimos o leemos: ‘el sultán destronado fue recluido en salobreña, o se refugió en almuñécar, o se le permitió exiliarse con su corte en guadix’. qué fácil; pero qué distinto cuando uno es el destronado. y aún más, cuando uno es el que cierra, al salir, las puertas del palacio. ¿qué tiene que ver la historia con la vida?
¿acaso la historia trata, ni le importa, de cuál es el contenido del corazón? ¿habla de la aspereza del camino que se pierde de vista y que no vuelve? ¿qué lector reflexiona sobre la tribulación del desterrado, que siente la indiferencia de este mundo a una y a otra orillas de su viaje? un viaje que ni siquiera sabe adónde lo conduce, ya que ha perdido su sentido, su meta y su porqué. ¿qué es la esperanza, cuando no queda ni la menor posibilidad de recuperación; cuando se derrumban los escombros de los recuerdos, y el que se va de ellos no se asemeja ni aun a la víctima de un terremoto, que sobrevive ocho o diez o doce días, sostenida por el difícil consuelo de ser salvada, de que alguien atienda el inaudible ritmo de su respiración, de que una mano mueva en la superficie el cúmulo de desechos y la descubra?