tal salvación no se hizo para él; él no tendrá ninguna. oculta su cabeza acongojada, y ya no aspira ni a salir de su devastación, porque en la superficie no reconocería la ciudad, ni la calle, ni la alcoba donde antes fue feliz o estuvo vivo al menos. y tampoco sería reconocido por esa ciudad, ni esa calle, ni esa alcoba, que tienen ya otros dueños. y examina los escombros, su único patrimonio, de uno en uno, y busca una seña de lo que fueron y lo que significan, y apenas si comprende que un día no remoto formaron parte de él, que un día fueron él… ¿es que su vida será desde hoy estos escombros, o es que ellos, muertos, arrastraron su vida verdadera y aquí ya no hay ninguna? ¿es el hombre una historia coherente, o una sucesión de inconexos momentos? ¿por qué se rige, qué persigue, o es sólo como un corcho que las olas trasladan sin objeto y sin término? ¿es el aniquilado que yo soy, “el zogoibi” que yo soy, todos los boabdiles a través de los cuales he llegado hasta aquí, a este muro definitivo e insensato, o, lo que es peor aún, a nadie representa?
¿es el desventurado el mismo que fue ayer, pero hoy mordido ya por el fracaso, o es otro diferente, recién nacido de la muerte de tanta vida como tuvo, de tanta vida como le cantaba en torno canciones que no iban a acabarse? ¿y qué más da, en la sima en que se halla, quién sea o lo que sea? está solo -porque el amor no es un aliado en esta soledad-, y a un solitario no se le otorga sino el trivial alivio de que entre lo que es, si es algo todavía, y lo que haga, si le queda algo por hacer, exista un somero equilibrio. un equilibrio, aunque sea imaginario, que le impida hundirse, ahora ya sin testigos, en la más terminante y la más profunda de las oscuridades.
la sierra próxima a lújar aún exhibía los estragos de las escaramuzas, las arboledas taladas, la incuria y el descuido. bajo el cielo gris, el gris de la piedra verdeaba. avanzábamos entre rocas puntiagudas al pie de los altos montes amoratados, que se erguían envueltos en nubes rabiosas. de trecho en trecho, sobre las lomas de pizarra, unos manchones anaranjados recreaban los ojos.
al entrar en la alpujarra, unas campánulas nos dieron su grácil bienvenida; azules, blancas, rosas, con tenues y amables dedos acariciaban las vaguadas, las ciclópeas heridas sin cicatrizar, los atroces derrumbaderos. ellas y el agua suavizan el paisaje. y el agua lo redondea y lo mece con su perenne urgencia, y entona una canción sin estrofas ni fin. me conmovían las casitas de los bancales, donde habita el amor a la tierra de mi pueblo, la agricultura convertida en geometría, el lujo y la largueza con que la mantienen quienes malviven en cuevas o entre adobes. me conmovían -y en eso sí era el mismo de antes- la abnegación del hombre sobre las tajaduras pedregosas álos inmóviles ojos de quienes están configurados por el silencio y por la soledadú; los aliviaderos que traza el agua entre las alquerías; las sendas rampantes que el trabajo y la constancia se esmeran en delinear; los implacables lechos de los torrentes, transmutados en minúsculos huertos; el destello de las lajas, que parecen al sol siempre mojadas por la lluvia; el palpable mutismo rayado por los pájaros y los insectos inmortales; la bruma que, para no descorazonar a los viajeros, sólo les autoriza a percibir tres o cuatro lontananzas… todo aquello me conmueve mucho más que las vituperables inquietudes humanas; el grandioso mundo sin concluir, detenido en un segundo de su perpetuo movimiento, roto, dentado, erosionado, rechazador, repleto de sorprendentes formas agudas o truncadas, como una gigantesca gruta de estalagmitas cuya bóveda fuese el ancho cielo. si las cúpulas de las salas de la alhambra no pretenden asemejarse a esto, ¿qué pretenden?
el frío nos cortaba la piel.
moraima me inquietaba; pero cada vez que retrocedía para interesarme por ella, tropezaba con su sonrisa inalterable.
– ¿vas bien? -me decía ella a mí-. ¿quieres algo? ¿precisas algo?
entonces yo le arrojaba un beso con mi mano gruesamente enguantada.
la noche la pasamos muy juntos.
éramos como dos beduinos que se aprietan bajo la congelación nocturna del desierto; éramos dos compañeros de armas que ignoran lo que será de ellos en la jornada siguiente, y se estrechan uno contra otro para darse aliento y calor, y desentumecerse.
frente al verde oscuro o el añil, frente a los azules violentos de las otras sierras, la de gádor tiene reflejos sonrosados. es más blanda y más femenina. sus cerros son redondos, y hasta las grandes piedras que los forman son benignas y suaves. después de su estridente afirmación, muestra en ella la naturaleza su afabilidad.
cuando llegamos al valle de andarax estábamos rendidos. fue ese benevolente cansancio el que me impidió recordar -lo cual hubiera sido aún más desgarrador- la escena con mi tío abu abdalá. pensé que el rey fernando, en castigo por mi conquista de entonces y por la posterior sublevación del “zagal”, había designado andarax como sede de mi destierro, y centro del agreste señorío que se dignó adjudicarme.
miré a mi alrededor como el preso que contempla su celda cuando le empujan a ella y escucha rechinar tras él la reja. serrijones sin gracia, bajo una llovizna, asistían nada acogedores a nuestra aparición. la tierra se mostraba inculta y mustia por los vaivenes de la guerra. junto a la nava, una hondonada, y luego un lento ascenso. a la derecha se iniciaba una sierra de matojos sombríos. en la rasa habían construido, y destruido, la alcazaba, contra una suave ladera, frente a una cadena baja y agallonada de montes áridos que, cuando el sol logró hacerse sitio entre la lluvia, se embelleció muy lentamente. el arco iris abrió su precaria cola de pavo real en medio de los cielos. miré a moraima, y ella me miraba. una bandada de torcaces giró arriba en el aire… ¿lo que nos restara de vida lo tendríamos que vivir aquí?
‘por el momento, ésta es mi casa’, me dije.
mi madre, antes de entrar en la alcazaba, detuvo en mí sus ojos, secos y muy duros. las mujeres lloraban; los cortesanos que me habían seguido empezaban acaso a arrepentirse; la servidumbre se había arrepentido hacía ya mucho.
moraima me aguardó para entrar a mi lado.
– ahora yo soy tu reino: ¿qué importa lo demás? -me dijo con ternura.
farax y bejir nos rodeaban con un respeto no exento de ceremonia, como si aquellas ruinas fuesen uno de los palacios de la alhambra.