era una pareja imperturbable, supongo que por las condiciones físicas de él. (y aun de ella, que también era gorda, aunque, comparada con su marido, resultaba casi esquelética). cada vez que nos presentábamos en la torre nos recibían con el mismo calor que el primer día, y desaparecíamos entre sus enormes abrazos y sus besos.
después nos sentábamos para ver comer al tío yusuf, cosa en la que él nos complacía con muchísimo agrado. en torno suyo había innumerables ataifores con una increíble variedad de manjares: salados, dulces, ácidos y hasta agrios.
– el ser humano está mal terminado: sólo es capaz de distinguir estos cuatro sabores. cuánto mejor sería que, en lugar de dedicarse a la guerra y a otras majaderías, se concentrase en aprender a combinarlos con más diversidad y sutileza.
con la comida, por supuesto, era muy exigente, y no sólo en cuanto a la cantidad; pero, en último término, no desechaba ningún plato por mal condimentado que estuviese, porque era presa de una fruición como nadie podría concebir. el médico ibrahim no disponía de armas frente a él. le había diagnosticado muchas enfermedades: desde hidropesía hasta el mal funcionamiento de una glándula que decía que se hallaba en el cuello, aunque mi hermano y yo dudábamos que eso fuese posible, dado que el tío yusuf no tenía cuello.
ibrahim, especializado en atenderle, le sermoneaba sin cesar, incapaz de hacer nada mejor por el desobediente.
– el estómago es la residencia de toda enfermedad, y la curación ha de empezar por la cabeza. hasta la peste negra, el más inevitable látigo de la humanidad, se combate con la dieta; cuánto más una simple obesidad como la que, por tus pecados, tú padeces.
al oír llamar simple obesidad a su infinitud, yusuf rompía en carcajadas que lo ahogaban, lo congestionaban, y lo ponían a punto de destrozar el monstruoso trono en que vivía.
– mientras no te abstengas de salazones y pasteles, mientras no reduzcas tu ración de pan (y éste hecho de harina sin cerner, con sal y levadura en dosis razonables, amasado con vinagre y mojado en agua), yo no podré iniciar mi tratamiento.
el tío yusuf se sofocaba de risa sólo con imaginarse comiendo las inmundicias que el médico le recomendaba, o absteniéndose de comer las exquisiteces que solía.
– si lo tuyo fuese la gota, habríamos empleado, de haberlo consentido tú, cataplasmas de bulbos de cólquido, aplicadas sobre la grasa en fresco o por medio de una pasta de cólquido seco molido.
pero tú te niegas a todo… resígnate, por lo menos, a comer carne con moderación, mejor de aves de corral, nunca de caza, y a no beber sino agua bien fría con un chorreoncito de vinagre para limpiar los conductos corporales. podrías comer, eso sí, manzanas amargas, ajetes tiernos, zumaques, uvas en agraz, jugo de limón, verduras que te aligeraran el vientre, peras y granadas bien maduras, ciruelas, higos, dátiles…
– ya como todo eso. ¿y legumbres? -preguntaba el tío yusuf por chanza, sin el menor propósito de obedecer al médico.
– zanahorias, lentejas, garbanzos y calabacines -replicaba éste con seriedad y con la ilusión de ser un día escuchado.
para mantener el corazón, cansado como estaba de proporcionar sangre a tan inmensa humanidad, le suministraban sin interrupción cordiales y tisanas, cocimientos de hierbas y de bayas, y jugos de plantas aromáticas que amortiguaban el amargor de las medicinas extraídas de otras plantas aromáticas. es decir, entre lo que comía y lo que tomaba para impedir que lo que comía lo matara, el tío yusuf no disponía ni de un momento libre.
cuánto nos entretenía a mi hermano y a mí asistir al incesante trasiego de platos, fuentes, cuencos, jarras, salvillas y bandejas, que un aluvión de criados acercaba o retiraba en las proximidades del sillón.
era tanto el amor que me profesó siempre el tío yusuf, aun antes de nacer yo, que en la fiesta de mi circuncisión fue su voluntad estar presente.
– el niño -dijo con buen humor-, por esta purificación aumentará su hermosura, del mismo modo que aumenta la luz del cirio cuando alguien despabila su mecha.
según me relataba subh, nadie podrá olvidar el jaleo que se armó en el protocolo cuando compareció doña minia, enjoyada y muy tiesa, precediendo a una especie de catafalco, formado por unas andas repletas de cojines, sobre el que navegaba la mole del tío yusuf.
él movía levemente las esferas de sus manos para saludar a la multitud, que nunca lo había visto hasta ese instante. dada nuestra costumbre de construir no muy anchas las puertas de las casas y protegerlas con un recodo, para que la procesión de doña minia y el tío yusuf cupiese por la entrada de la torre, fue preciso derruir un muro entero y echar abajo el arco principal por el que había de emerger tan egregio asistente en sus no menos egregias parihuelas.
– en castilla -nos dijo a mi hermano y a mí una tarde, entre bocado y bocado- os llamarían moritos.
– no marees con insensateces a los niños -le previno doña minia.
– si es verdad: son moritos. y tú eres también mora, de modo que no te pongas moños.
– deja de impartir calificaciones, josé -así lo llamó en esta ocasión-. no siembres la discordia en tu propia familia -alargó la mano y le acarició maternalmente la papada-. come y calla, niño mío.
– ¿por qué nos llaman moritos en castilla, tío yusuf? -pregunté cuando la conversación ya navegaba por otros derroteros.
– porque lo sois. yo soy morazo, y vosotros, moritos. para que dejen de serlo, allá les vierten a los críos agua sobre la cabeza pronunciando unas palabras mágicas.
– ¿y se vuelven rubios?
– no; sólo se mojan.
– ¿cuáles son las palabras?
– yo te bautizo, dicen, en el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo.
– porque ellos tienen varios dioses, y nosotros uno sólo -aclaró mi hermano, que era mejor discípulo de los alfaquíes que yo.
– dejaos de irreverencias -insistió doña minia-. no me gusta, josé, que hables a los pequeños de problemas teológicos. cada cual se salva o se condena con arreglo a su propia religión y a su propia conducta.
– ése sí que es un problema teológico -comentó el tío entre risas y con la boca llena.
– no te rías mientras comes, yusuf: está muy feo. claro que, si hicieses caso de esa elemental norma de cortesía, no te reirías nunca.