detrás de nosotros entraron aben comisa, el maleh y, más alegre que ninguno -para lo que no se necesitaba demasiada alegría-, abrahén el caisí.
es aquí donde he escrito estos papeles últimos.
hoy me ha dado por meditar sobre una cuestión muy relacionada con mis penas. si la religión nos es otorgada por dios, se nos otorgará para nuestro consuelo: ¿y cómo puede malograrse hasta convertirse en fuente de los mayores males? el hombre, aunque lo olvide, es un ser débil y efímero, que vive un poco y muere; un ser que transcurre a través de un universo indiferente.
las religiones tienden a solidificarlo, a darle fuerza y peso, como las piedras que algunos campesinos ponen en los bolsillos de los niños para impedir que el viento los derribe. ¿de dónde viene, pues, ese afán, en apariencia desprendido, que lanza a unos contra otros porque sus formas de adorar a dios son diferentes? ¿no fueron hechas quizá para coexistir?
cuántas contradicciones en el comportamiento de los hombres, y no sólo en su comportamiento, sino en su misma esencia. a no ser que se halle bajo tales contradicciones una idea persistente; pero ¿cuál?
nuestra religión es, en principio, respetuosa: el judaísmo y el cristianismo no son para nosotros religiones extrañas; la salvación es susceptible de ser alcanzada también por sus caminos, y no puede la fe coaccionarse. ¿no fue ibn arabí quien dijo: ‘mi corazón es pasto para las gacelas, un convento para los monjes cristianos, un templo de ídolos, la kaaba del peregrino, las tablas de la torá y el libro del corán’? ¿y no añadió: ‘practico la religión del amor; en cualquier dirección que progresen sus caravanas, la del amor será mi religión y mi fe’? ¿o es que son sólo los que más se elevan, los que más progresan, quienes entienden los preceptos?
¿y por qué no imitarlos? ¿no será que los hombres vulgares -y los reyes vulgares- no se rigen ni actúan, en realidad, bajo preceptos religiosos?
nuestra enemiga contra los judíos se apoya en que denigran al profeta jesús; nuestra enemiga contra los cristianos se apoya en que lo divinizan: porque lo que el islam pretende es renovar la religión de abraham, de la que nace el libro que a las tres las concreta. y aun así, según el enviado, la guerra santa grande es la que se desenvuelve dentro de nuestra propia religión; la pequeña, la dirigida contra los atacantes exteriores. más todavía: si éstos se rinden antes de ser vencidos, gozarán del “aman”, es decir, de la inmunidad y del perdón. las sinagogas y las iglesias se conservaron; fue tolerado el ejercicio de sus cultos. el impuesto personal con que los andaluces gravamos a los cristianos y a los judíos sólo era un sustituto del servicio militar: quienes no estuviesen obligados a él -mujeres, niños, monjes, inválidos-, tampoco estaban obligados a pagarlo. ¿acaso el islam no mejoró la vida de la mayoría?
¿no fueron repartidos y mejor cultivados los amplios latifundios anteriores? ¿no se libertaron los esclavos por su conversión, porque ningún musulmán puede serlo, o por su rescate, cosa que antes no estaba autorizada? y la conversión, ¿no se reducía a la aceptación del islam como una ley social? lo obligatorio es sólamente la conducta exterior que el corán marca; el grado en que se interiorice esa conducta no es objeto de mandato.
(ocurre con esto lo contrario que con las arquitecturas: la nuestra se concibe desde dentro y para dentro; su aspecto nos es indiferente; el exterior se contempla por ventanas con celosías que resguardan la plena intimidad. por el contrario, los cristianos construyen para ser vistos por quienes pasen por la calle, y procuran ser por ellos envidiados.) sin embargo, por esa única obligatoriedad de la conducta aparente es por lo que los cristianos nos acusan de hipócritas, siendo así que ellos, al exigirse a todos una perfección imposible, lo son en mayor grado. es algo similar a lo que sucede con los místicos que adelantan por las vías espirituales: entre nosotros, son sólo los reclamados por una vocación imperativa; entre los cristianos, a partir del bautismo que es su rito iniciático, son todos los llamados, aunque muy pocos perseveren. de tal razón -de tales razones- dimana que las conversiones al islam fuesen mucho más numerosas que las contrarias. no fueron provocadas por nosotros: los musulmanes siempre hemos asistido con curiosidad a las celebraciones cristianas, y nos ha seducido visitar sus monasterios en las festividades de sus santos; jamás empleamos la fuerza como palanca de abjuración, aunque sólo fuese por una causa ruin: por cada cristiano que se convertía, perdíamos un tributo.
me pregunto cómo ha sido posible alcanzar este punto de encarnizamiento de hoy. la religión, en los comienzos musulmanes de españa, no dividía. la guerra no era una cuestión esencialmente religiosa; los cristianos andaluces combatieron a menudo contra los ejércitos del norte al lado nuestro; los del norte enviaban a sus hijos a educarse entre nosotros, y casaban a sus princesas con nuestros caudillos, más cuanto más notables: ¿con cuántas hijas de reyes, sanchos y garcías y alfonsos y bermudos, se casarían nuestros almanzores? los cristianos, con quienes convivíamos, aprendieron el árabe hasta el punto de que álvaro de córdoba se planteó traducir a él la biblia, no para convertirnos a nosotros, sino para que pudiese ser leída y entendida por ellos. ¿qué sucedió después? la batalla de zagrajas, con yusuf el almorávide ortodoxo, al que los andaluces tuvimos que recurrir para ampararnos contra alfonso vi, lo cambió todo. la guerra expresamente política, por una geografía que los del norte trataban de recuperar, se transformó en una guerra religiosa, mucho más despiadada e implacable. entonces se planteó si era el islam o el cristianismo quien dominaría la península. pero ése no era de ninguna manera un dilema andaluz; era un dilema importado de áfrica.
nuestra debilidad reclamaba socorros exteriores; de allí vinieron, y con los africanos no teníamos otro punto en común sino la religión. para desgracia de todos -sea quien sea el que se haya favorecido-, fue tal sentido de la guerra el que se impuso hasta ahora desde entonces. sin embargo, a pesar de los pesares, como yo le decía a don gonzalo fernández de córdoba, cada vez menos, pero hasta ayer, entre luchas y rapiñas, entre esperanzas y desesperaciones, musulmanes, judíos y cristianos, cada cual con su credo, hemos aspirado y respirado en un mundo espiritual no sé si idéntico, pero sí recíprocamente comprensible. a partir de ahora ese mundo no existe. la historia que ha empezado es otra historia. ‘en la realidad más profunda, ¿qué es lo que ha sucedido? -me vuelvo a preguntar-. ¿no se habrán tomado las religiones sólo como un pretexto?’ los hombres son con frecuencia manejados por circunstancias que ellos mismos no entienden, como quien es arrastrado sin poderlo impedir por un torrente.