el rey fernando “el santo” de castilla fue el primero que se equivocó al contradecir nuestra partición de los latifundios, y al decidir darles a los nobles, como cebo para que le auxiliasen en la conquista, las extensas tierras conquistadas. los ricos señoríos de los monjes o de los seglares fueron configurando un poder grande, sin que el poder reducido de los plebeyos o de los comerciantes de las ciudades constituyese un contrapeso suficiente. fue pedro i quien se dio cuenta de ello, y contra ello reaccionó; pero él era exótico en castilla: él era, por supuesto, arabizante. su hermano, por el contrario, cimentó su ambición sobre los nobles perjudicados; contó con el apoyo de los señores, cuyo predominio peligraba.
y la redención incoada se deshizo: para ellos y también para nosotros.
porque castilla es de una pobreza contagiosa; cuando sus pastores descendieron a nuestra andalucía, trashumando al amparo de las órdenes religiosas, trajeron su hambruna y su miseria, y hundieron la riqueza de nuestro califato. castilla no produce: consume; no trabaja: guerrea. tal ha sido su oficio. y con el militarismo que bajaba de ella, bajaba no sólo el empobrecimiento para la economía, sino para la cultura y para nuestra organización social más justa.
la pretensión integradora del islam, por la que los habitantes de una ciudad o un pueblo se compenetran y equilibradamente se combinan, tocó a su fin; la batalla de la justicia se había perdido ante el abuso de los privilegiados.
este efecto destructivo no hizo más que acentuarse con el tiempo.
se vaciaba castilla: todos deseaban refugiarse en el sur; paralizaron su tosca agricultura; se expandieron las grandes y depredadoras trashumancias de la mesta; se admitieron negociantes extranjeros que compraran la lana, lo único que castilla produce, aparte de su frío. y, ante la ruina, se recurrió a las bolsas hebreas, también andaluzas en su mayor parte.
los castellanos, para continuar comiendo y para continuar gastando, no han contado más que con dos fuentes de ingresos: las expediciones contra nosotros y las matanzas de judíos. los malos pagadores emplean el decisivo método de asesinar a sus acreedores para saldar sus deudas. tal situación era propensa a encubrirse bajo un exterior de religiosidad; cuanto más fanática, más ciega y, por tanto, más práctica. pero ¿combaten los castellanos por su fe, o combaten por su subsistencia? ¿no es por el dinero por lo que luchan contra quienes lo tienen? no obstante, desacostumbrados a ejercer un oficio o una técnica -en lo primero, nosotros, y en lo segundo, los judíos, éramos los versados-, de poco les sirvió poseer la tierra si no la cultivaban, u ocupar los puestos si no sabían hacer uso de ellos, ni cómo administrarlos. ¿es verdadero dueño de una clepsidra o de un astrolabio o de una brújula quien desconoce su utilidad, o de un jardín quien no lo labra ni disfruta sus flores? el pueblo menudo de castilla sólo se mantuvo a fuerza de botines de guerra y saqueos de aljamas; por interés, siempre estuvo dispuesto a secundar la voz que lo condujera contra granada y contra las juderías. y sus reyes, desde el extremo opuesto, se adiestraron en emplear con impune seguridad tales argumentos homicidas: no argumentos religiosos, que miran hacia la otra vida, sino económicos, que miran hacia ésta, aunque finjan devoción con los ojos en blanco.
estos reyes de hoy, isabel y fernando, han aportado dos novedades: la de reunir en sus personas el aragón, que vivía de fuera, y la castilla hambrienta, y la de fortificarse contra los señoríos, una vez enardecido, colmado de promesas y dominado el pueblo pordiosero. los dos de consumo se fortalecen y mutuamente se sostienen: para fundar una monarquía consistente, el poder ha de estar en una mano sola. por las noticias que tengo, el primero que adivinó sus intenciones fue el cardenal mendoza, que con habilidad sometió su gran familia a ese mando exclusivo; no en función de la patria, que es para ellos un concepto inexistente, sino del propio beneficio: los mendoza inundaron las administraciones de la iglesia, del reino, de los ejércitos, de las ciudades; pero ya no en nombre propio, sino al servicio de quienes los nombraban. la ganancia, si no la dignidad, seguía siendo la misma.
con qué claridad veo que el pueblo menudo y menesteroso no cree con sinceridad en su dios, ni los grandes señores en sus pueblos, ni los reyes en sus vasallos chicos o grandes, del tamaño que sean. los reyes mienten cuando exclaman postrados: ‘no para nosotros, señor, sino para ti el poder y la gloria’.
cada hombre busca su provecho; a veces lo disfraza con vistosos ropajes de desprendimiento, y lo denomina dios, rey o patria; a veces lo deja desnudo, y se bate como un lobo solitario. para que renuncie a la violenta codicia de un cubil, de un alimento, de una pareja, ha de unirse con otros hombres bajo un poder común que satisfaga esas tres necesidades, y que después le invite a vivir en una ciudad justa, donde la convivencia con los otros enriquezca la vida de cada uno, sea cual sea el dios que adore, la lengua en que se exprese y el matiz de su piel. eso fue lo que, dentro de la península, el islam intentaba.
anoche he sufrido una aniquiladora pesadilla. soñé, con toda clase de detalles vívidos y exactos, cómo perdía granada, y cómo la entregaba, y cómo era expulsado de ella. en el sueño, no obstante, había una nebulosa mitigación del sufrimiento: de un modo enigmático, que sólo obra en los sueños, sabía que soñaba. para sacarme de aquella angustia que me hacía gemir, me despertó moraima.
con ello me indujo a otra pesadilla peor: la de esta realidad de la vigilia, en la que todo lo que soñé se había producido de antemano.
las crónicas, no sé si para facilitar su acceso a futuros lectores, o para simplificar las historias, que son siempre inenarrables, reducen cada reinado y cada batalla a una partida de ajedrez.
yo mismo tiendo a ello: tan grande es la pasión del hombre por el juego, que de alguna manera disculpa sus errores con el azar.
cuando se conquistó toledo, un sabio, abu mohamed al asal, lanzó un grito de alarma:
“habitantes de andalucía, espolead vuestros corceles.
detenerse ahora sería una hueca ilusión.
los vestidos suelen rasgarse por los bordes, pero españa empezó a desgarrarse por el centro.”