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– ¿no necesitas nada?

– sí -contesté.

moraima no mejora con el calor.

permanece inmóvil, con los ojos perdidos y las manos cruzadas sobre el regazo. sólo cuando yo le hablo finge algún interés; pero hasta tal punto ha de hacerse violencia para fingirlo, que dudo si obro bien al dirigirme a ella. un anochecer en que la temperatura se suavizó, quise animarla. le propuse recitarle poemas, solos los dos, o llamar a los músicos, o visitar el jardín que ya está tachonado de jazmines. había luna creciente y se exhibía la noche casi obscena.

moraima, sonriendo, negaba con la cabeza.

– cuanto quiero está aquí -pasaba su mano por mi barba-; cuanto tengo está aquí. no te inquietes; no me sucede nada. a veces, cuando se ha deseado mucho y por mucho tiempo alguna cosa y por fin se nos concede, nos embarga el corazón una cierta soñera. hasta a nosotros mismos nos sorprende que no saltemos de gozo. y no saltamos -sonrió más-; pero si tú me lo pides, saltaré. -luego añadió en voz más baja aún-: con frecuencia la vida, que es muy descuidada, nos inunda las manos de flores y se olvida de darnos un florero.

el silencio que siguió a sus palabras fue tan grande que escuché, tras los grillos, el chasquido del agua en el estanque. me senté junto a moraima. le cogí las manos. ella, sin dejar de sonreírme, comenzó a llorar; las lágrimas le mojaban la sonrisa. yo las besé con profundo e ignorante respeto.

el maleh engorda con la inactividad, que no es completa en él pues no cesa jamás de maquinar.

por el contrario, aben comisa está cada día más enteco y desmedrado: no se halla bien aquí. componen, las pocas veces que se les ve juntos, una irrisoria pareja.

y, cada cual por su lado, traen de granada noticias poco gratas.

he sabido que el día 1 de mayo, aprovechando sin duda la gentil alegría de la primavera, los reyes cristianos han dado tres meses de plazo para abandonar sus reinos a los judíos que no se conviertan.

pueden sacar sus bienes -me aseguran-; pero no oro, ni plata, ni moneda. ¿qué sacarán, entonces: sus casas y sus tierras a cuestas?

¿se cargarán a la espalda sus sinagogas, sus tiendas, sus caballos?

cuánta crueldad y cuánta cerrazón.

aunque el único verdadero dios sea el suyo, tendrá que castigarlos. imagino a los judíos, que habitan en esta sefarad desde hace dos mil años, trocando un viñedo por un asno en que transportar a sus hijos; o un palacio, por una carreta; o un huerto, por un lienzo grueso con que cubrir el arca de sus liturgias. aquí fundaron su sión, aquí prosperaron y colaboraron a la prosperidad de todos. y ahora les fuerzan, a patadas, a decir adiós; adiós al sitio en que sus mujeres parieron, y en el que enterraron a sus difuntos; adiós al sitio en el que basaron su esperanza como una torre sobre piedra.

sus haciendas, desparramadas; desvanecidas sus familias. otra vez al desierto; otra vez a colgar, enmudecidas, sus cítaras de los árboles… lo que va a ser eterno se acaba en sólo un día. sola la fe les queda, y es precisamente la fe a lo que se les exige que renuncien.

en su cabeza conviene que escarmentemos; en su espejo temo que un día tengamos que mirarnos.

el maleh me ha dicho:

– ¿te acuerdas, señor, de aquel menesteroso que me extrañaba ver en el real de santa fe cuando fui a entrevistarme con los reyes? se parecía a los hidalgos castellanos, que no tienen qué comer y se las dan de nobles; que hurtan un trozo de tocino y lo devoran con aire regio, o lo conservan para restregarse a la hora del almuerzo los bigotes y fingir que han comido.

era un hombre harapiento, liado en una capa raída, con ojos muy brillantes. deambulaba sin dormir, noche y día, por las calles del campamento. extrañado por su apariencia, le pregunté a zafra quién podría ser. ‘nadie -me contestó-.

es un loco. habla de hacer la ruta de las indias por el lado contrario al que siempre se usó.

repite, venga o no a cuento, que la tierra es redonda. de esas cosas no entiendo; tengo de sobra con el negocio de granada. pero si de mí dependiera, ya lo habría echado. porque aquí, no asamos todavía, y ya pringamos. estos locos no son peligrosos hasta que se desmandan, o hasta que alguien les fía.’ pues ahora resulta, señor, que le han dado tres naves para que intente su viaje a la viceversa. dicen que ha sido cosa del rey, que es más navegante que la reina; castilla no ha visto el mar ni en las cartografías. y dicen que portugal estaba interesado a medias, y adelantársele era buena política… estos reyes, señor, están en alza: de eso no cabe duda.

por remota que sea una posibilidad, rompen a andar. son como aquellos que encuentran un tesoro, y, en lugar de ocultarlo, aparentan y gastan en esto y en aquello, y lo derrochan todo. lo único que no tengo claro es de qué sitio sacan los dineros. porque un tesoro no han encontrado, que yo sepa. como no sean los judíos… pero tesoro, no: ¿qué opinas tú, señor?

y me miraba de hito en hito pesquisándome, como si yo me hubiese dejado en la alhambra uno enterrado.

– si no lo sabes tú -le dije-, es que no lo encontraron.

acicateado por el relato de el maleh, rebusqué entre mis libros.

llevo bastante tiempo inmerso en los de ciencia, astronomía y náutica. dos conclusiones voy sacando: una, que por muy grande que yo creyera la sabiduría de los andaluces, la realidad prueba que fue mayor aún; otra, que los estudiosos, si son fieles a su vocación, están más unidos y se asemejan más entre sí que el resto de los hombres: no importa para ellos cuál sea su rey y su reino, porque su ciencia es universal y única, y no puede ser puesta al servicio de ninguna soberanía ambiciosa, ni de la destrucción.

nuestros descubrimientos astronómicos y nuestros manuscritos científicos, con la colaboración de los traductores mozárabes y de los judíos, fueron asimilados por los cristianos. es el islam andaluz el que inspira al rey alfonso, al que los castellanos llaman “el sabio”, que fue contemporáneo de mi antecesor “el faquí”. y los eruditos granadinos, incómodos por las ajetreadas circunstancias del reino, emigraron a áfrica menor y a oriente, y provocaron así intercambios mundiales. es curioso observar cómo la cultura andaluza procede de los rincones más lejanos del universo, y aquí se sedimenta, y viaja de nuevo a los más lejanos rincones. la ciencia y la sabiduría están muy por encima de las enemistades de los gobernantes y de las furias de las religiones.