me ha complacido descubrir que matemáticos andaluces trabajaron para el visir persa rachid al din y hasta para los mogoles. ibn aquín, que fue discípulo de maimónides el cordobés, y yaya ibn abu sukr, el granadino, son ejemplos de lo uno y de lo otro. y me he enterado, por la narración de un astrónomo viajero, malik ibn al haizán, en uno de los libros de la alhambra, que durante la segunda mitad del siglo xIII, se llega a realizar en tres lugares distintos a la vez observaciones que conducen a unas semejantes tablas astronómicas. de un lado, el soberano mogol hulagu, el que destruyó la fortaleza de los asesinos de alamut, y su visir al din (que tuvo el mismo nombre que mi perro) construyen en oriente las tablas ilyaniés con la ayuda del andaluz abu sukr. de otro lado, en el extremo occidente, alfonso x, a través de los conocimientos de yabin ibn afla, construye las suyas, redactadas por ichaq ibn al sid. y, por fin, la más vieja de las culturas trabaja sobre el mismo asunto en pekín, donde cha ma lu ting afinó sus exactos instrumentos de experimentación en los eclipses. lo que más llena mi alma de alegría es adivinar que el nombre cha ma lu ting resulta de la adaptación a otras gargantas del nombre, asimismo árabe, de jamal al din. (dios sea loado, también como mi perro.) y es que el hombre -sobre todo, el musulmán-, cuanto más sabio, más se incrusta en la naturaleza y la examina con detenimiento y la venera como la fuente de su sabiduría. si todos los hombres se pusieran de acuerdo por medio de su inteligencia, quizá aquel heterodoxo no habría escrito:
“desconfío del hombre, que engrandece su poder sin acatar los poderes que desconoce.
quizá quienes habitan en las estrellas indecibles sean más dignos que nosotros; en ellos reside nuestra esperanza última.”
hace poco -¿qué es poco?- he leído sobre las máquinas para medir el tiempo. mi antepasado “el faquí” convocó a granada al murciano ibn al ragán, que fue su astrónomo y su médico y que supo más que nadie de relojes de sol.
de clepsidras, esos arcanos relojes de agua, el que más supo fue abul kasim ibn abderramán, que trabajó perseverante y oscuramente en toledo, en cuyas afueras, a orillas del río, construyó grandes estanques, que se llenaban o se vaciaban según las fases de la luna -la luna los gobernaba como gobierna las mareas-, hasta que un rey cristiano, para averiguar su funcionamiento, consiguió que dejaran de funcionar. y ya entonces había una tercera forma, más misteriosa aún, de medir el tiempo: el reloj sideral, que consiste, por lo visto, en un sencillo círculo de cobre agujereado, en cuya periferia dos circunferencias marcan las horas y los meses; a través del orificio hay que mirar a la imperturbable estrella polar, manteniendo el disco a medio palmo del ojo, e inclinado a la distancia de un palmo hasta la barba y medio hasta la frente.
mandé construir un artilugio como el muy simple descrito en los libros, pero en mis observaciones no he tenido ni paciencia ni éxito.
no soy un sabio; no soy siquiera un aprendiz de sabio.
muchísimo antes, desde el siglo xI, conocíamos en andalucía las tablas de la declinación solar a lo largo del año. las utilizaban los muecines para fijar las horas de la oración. yo he visto algunas en la alhambra con millares de cifras; una de ellas había sido calculada por el granadino ibn al kamad hace trescientos años. no me extrañaría que el estrafalario navegante de el maleh se haya provisto en granada de alguna parecida.
siempre se ha dicho que los musulmanes -cuyo origen, en el desierto, es tan poco marino- éramos malos nautas. yo he corregido esa opinión ahora.
¿no inventó el astrolabio saraf al din al turi (también din como mi perro, dios lo tenga en su gloria), y no lo trajo a andalucía ibn riduán al numairi, “el guadijeño”? ¿no estuvo en manos andaluzas toda la matemática aplicada a la navegación? ¿no fue la marina más diestra y la más arriesgada la del califato de córdoba, cuyas flotas, al mando de ibn rumayis o de ibn galib, viajaron desde irlanda hasta messina, con adelantados e innovadores medios de orientación, de situación y de medida y mantenimiento del rumbo; unos medios que muchos ni siquiera aún han llegado a conocer, o que acaso ese estrafalario navegante empieza a conocer ahora, cinco siglos después?
por lo que deduzco de lo que leo, no sin mucha fatiga y con toda aplicación, la brújula es también un invento andaluz. al udri nunca habría podido describir sin ella la geografía de al andalus. en este momento yo tengo ante mis ojos una copia del siglo xII de ella; al udri habla, y parece cosa de magia, de la pesca de ballenas en irlanda, y cita los puertos africanos que están situados frente por frente de otros de la costa andaluza: exactamente enfrente, lo cual habría sido imposible de establecer sino con una brújula, sea cual fuese su sistema.
uno de los libros que provienen de medina azahara es el de “las maravillas de la india”. lo estudio con prolijidad, pero también con ineptitud. hay una información que relaciono con la teoría de la tierra esférica que el maleh atribuye al navegante de santa fe. en el siglo x, un gaditano viaja en un barco por el golfo de bengala; sobreviene un temporal, y el golfo se cubre de fuego; el andaluz apacigua a la tripulación y a los pasajeros, porque él ya ha presenciado ese fenómeno frente a sus costas maternas. el autor del libro comenta que también se da esa luminiscencia -¿cómo denominarla, si no?- en el golfo pérsico. ¿no es una admirable coincidencia? y en el mismo fragmento de ese códice hay unas alusiones a la orientación que me sumen en conjeturas probablemente equivocadas. ‘ya no se ve -dice- ni día, ni sol, ni luna, ni estrellas con que podamos orientarnos: hemos entrado bajo la influencia de suhail.’ consulté otros libros más elementales -porque ahora son míos los días y las noches-, y aprendí que suhail es la estrella equivalente a yudai; equivalente en el sentido de que, mientras que ésta es la polar del norte, fija como una atalaya, la otra se llama canopo, y sería la que guiase las navegaciones por la otra media esfera.