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mirar a la inmensidad del cielo, enjoyada por astros titilantes, desde esta tierra casi yerma, me produce escalofríos y a la vez un gran reposo. el hombre no es más que una centella que cruza el ancho pecho de la noche; pero la noche es infinita. quizá eso a la chispa la consuele.

me enorgullece, como a un niño que empieza a deletrear, adquirir y combinar estos datos. a menudo no los descifro bien; he perdido demasiado tiempo en naderías. pero me compensa de tal pérdida el haber sido, aunque indigno, sultán de lo que restaba de un pueblo que, durante una destelleante época, ostentó en sus manos el cetro del conocimiento.

me asegura el maleh que el navegante de la capa raída se llama cristóforo colón, y es de raza judía. no me sorprende nada; judíos son todos los del entorno de esos reyes: sus secretarios, sus administradores, quienes les prestan y quienes les guardan los dineros. son judíos hasta quienes les han preparado los documentos para expulsar a los judíos.

los más sufrientes de esa raza no se me van de la cabeza. cuentan que bajan en un puro sollozo desde castilla a los puertos andaluces en donde embarcarán. por lo que tienen prohibido llevarse y por lo que es materialmente imposible que se lleven, los que los expulsan, o los que se han bautizado y se quedan, les han dado unos pañizuelos, y han tenido que morderse los labios y el alma y contentarse con lo que los abusadores les brindaban. hay judíos que han muerto a consecuencia de comerse su oro para atravesar las aduanas con él en el vientre; me asegura el maleh que a una mujer la abrieron, ya cadáver, y le encontraron dentro más de setenta ducados. la desesperación los empuja a la muerte.

no lejos de aquí han cruzado algunos camino de adra. me ha informado bejir de que riegan literalmente la tierra con sus lágrimas. muchos viejos se sientan a la orilla del camino a dejarse morir; rechazan, al final de su vida, reiniciarla en un sitio inimaginable para ellos. se arrastran como animales los enfermos, los tullidos, las preñadas, los niños de pies ensangrentados, y todos parten desvalidos, con el terror en los ojos, desprovistos de ajuares y de enseres, sólo amparados en su fe.

los cristianos, como todo socorro, les ofrecen, por los pueblos que pasan, conversión y bautismo.

dice bejir que sus rabinos, para alentarlos, llorando a mares, les hacen cantar himnos y salmos, y tañer panderos y adufes como si fuesen de romería, hasta que las mujeres, de tanto pesar, se caen de las monturas, los hombres se mesan los cabellos, y no saben los mancebos hacia dónde mirar que no sea muerte.

yo he evocado hoy al médico ibrahim, que ha resultado ser profeta de su ley. me congratulo de que muriera antes de cumplirse su propia profecía.

estas últimas semanas se han escabullido con mucha más velocidad que las anteriores. quizá todo consista en que yo no me he detenido a ver cómo pasaban.

sólo una novedad. con siete días de diferencia, en agosto, han muerto nuestros dos principales enemigos: el duque de medina sidonia y el bermejo marqués-duque de cádiz. felices los que descansan, si es que ellos descansan, nada más concluir su tarea.

entre estos dos próceres todo fue contrario: su físico, sus opiniones, sus familias, sus gentes.

sin embargo, la muerte se ha negado a separarlos; si hay otra vida, ¿qué iban a hacer el uno sin el otro, si en ésta se dedicaron sobre todo a enfrentarse entre sí, más aún que contra nosotros? como en una burla, la muerte ha sorprendido al primero en sanlúcar, tan cerca de los dominios del segundo; al segundo, en sevilla, donde tuvieron lugar sus más grandes reyertas con el primero, y de la que fue obligado a salir.

hoy, bien avanzada la mañana, he oído caballos y ruedas. como estaban aquí aben comisa y el maleh pensé que sería algún visitante granadino (aunque no doy aliciente a sus visitas por no encender la curiosidad de los espías, ni las sospechas de los reyes). en seguida he escuchado gritos de las mujeres, que llamaban a moraima y a mi madre, y el bullicioso ladrido de un perro. a mí mismo me parece inverosímil; pero, sin razonarlo -quizá el mejor camino del saber-, he tenido la certeza de que ese perro era “hernán”.

corrí hacia el compás de la entrada. rodeados de alborozo, allí estaban mis hijos. moraima, muy seria, con los ojos cerrados y en cuclillas, abrazaba a los dos.

hernán”, perdido todo recato, se me abalanzó de un salto. las manos de moraima se movían sobre el rostro de los muchachos como si estuviese confirmando sus facciones.

les da más crédito a ellas que a sus ojos, y “hernán”, más a su lengua’, pensé. cuando, bastante después, los ha abierto, moraima era otra mujer. reía a carcajadas, saltaba sobre uno u otro de sus pies, batía las palmas en el aire, y hasta ha empujado a mi madre para arrebatarle a yusuf de los brazos.

luego ha abierto los suyos de par en par y, con el rostro en alto, deslumbradora, me ha gritado:

’¡boabdil!’ yo pensé: ‘así ha de ser el día de la resurrección’.

por encima del hombro de moraima, que se estrechaba contra mí, he visto a farax. (pensé también que no era ésa la primera vez que sucedía.) estaba con los brazos cruzados y una encendida expresión de júbilo. le hice un gesto para que se acercase, y los tres hemos cercado a los niños, como en el juego infantil en el que todos giran: un juego en el que cinco cuerpos, a disposición de cinco almas, se acariciaban unos a otros las manos sin saber de quién eran.

entretanto, “hernán” nos lamía vorazmente a todos a la vez.

sin previo aviso, comenzó a caer una lluvia menuda, y todos, gritando y riendo -hasta “hernán” se reía-, hemos corrido dentro.

durante muchos días di de lado a estos papeles. no porque me haya dedicado a otra cosa: tampoco he leído, ni he cazado, ni he recibido a nadie.

me da miedo escribirlo, pero es cierto: no he hecho más que tomar posesión de mi felicidad.

nunca creí que andarax fuese tan bello; ni el jardín, con las primeras lluvias del otoño, tan fragante; ni mi madre, tan afable y comunicativa; y había olvidado cómo suena la risa de moraima y cómo recrea a las mañanas la gallardía de farax. ¿cómo no voy a entender que el mundo sea una esfera, y que este hemisferio de la felicidad, al que he llegado desde el de la desdicha, es un regalo que sólo la mano de dios puede dispensar?