si hoy he escrito estas líneas es porque me ha asaltado el pavor de perderlo. de que lo tuve, quede constancia aquí.
desde granada nos han traído nuevas milagrosas. el navegante de la capa raída ha regresado de la mar después de unos meses de ausencia. todos se figuraban que había naufragado. nada de eso: ha descubierto ignotas tierras del cipango y del katay, con hombres distintos de nosotros, de color diferente a los que conocemos, que usan lenguas de sones peregrinos, menosprecian el oro y adoran a ídolos numerosos y extraños. ahora va camino de barcelona, donde los reyes lo aguardan.
el mundo, como si se hubiese vuelto loco, nos llena de pasmo y de alegrías; pero las alegrías sobrecogen más que las penas al desacostumbrado corazón de los humanos.
si, contra tanta luz, me permitiese reconocer alguna sombra, sería el rechazo, no del todo visible, que ahmad siente hacia mí.
intuyo que no me perdona su destronamiento, consecuencia del mío, o la humillación que ha sufrido en mí. pero quizá se trata de imaginaciones: es lo que me asegura moraima. sin embargo, me incomoda la influencia que en mi hijo ejerce mi madre, y que él consiente.
– si hubiera llegado a sultán, nada habría sido como ha sido -dogmatizó mi madre el otro día-. ahmad es duro, callado y tiene buena memoria para los agravios. yo hubiera hecho de él un rey extraordinario. -y luego, con un hermético fruncimiento de cejas-: quizá es posible aún.
farax enseña a montar a yusuf, que se sostiene sobre su pequeño caballo, responsable y airoso como un gomer. moraima, vestida ahora de colores muy claros, dice que no puede estar en ningún otro sitio que en la explanada porque teme que el caballo lo tire; la verdad es que se envanece con la gracia de su hijo menor, y no es capaz de estar sin mirarlo ni un instante.
las mujeres se desviven por agasajar a los dos muchachos, y se disputan la honra de servirlos.
si uno se fija, echa de ver que “hernán” ha envejecido. cuando nota que no se está pendiente de él, se tumba al sol, da unas cuantas cabezadas y dormita como los niños que, muertecitos de sueño, se niegan a irse a dormir a su alcoba.
yo los miro a todos. no tengo gana de hacer otra cosa que mirarlos, lo mismo que moraima. hasta que de pronto me descubro sonriendo y me sonrío aún más.
incluso aben comisa y el maleh (que tenían, por separado, barruntos de la venida de los muchachos, aunque, empedernidos en desconfiar, nada hubieran anticipado) actúan de un modo más familiar y agradable: envían de sus casas platos y dulces para los almuerzos, o compran en granada para moraima velos, agremanes y babuchas doradas. quizá a quienes no son malos -y el hombre no lo es en general, sino sólo egoísta-, contemplar la felicidad ajena los incline a la suya; de ahí el anhelo de participar como sea en el bienestar de los otros por si redunda en el propio bienestar.
anoto embarulladamente cosas sin importancia; son ellas las que me hacen feliz. las importantes disturban y arrastran a la meditación. me gustaría tener la natural ecuanimidad de “hernán”, al que veo echado junto a un muro bajo el soclass="underline" los cínicos de grecia no andaban descaminados. embarulladamente -repito- y con premura.
farax me ha persuadido. mañana salimos para cazar durante unas semanas por los campos de berja y de dalías. la expedición es tan numerosa y complicada como la que organicé cuando la toma de alhendín. (esta broma carece de toda gracia.)
gradualmente les he ido tomando cariño a estas extensiones desoladas y agrestes; acaso es la necesidad lo que me mueve. o se trata de una ley de vida: en la mía ya concluyó la edad de los jardines.
me impresiona la desnudez de las tierras sin labrar, de los eriales, de los cabezos ásperos. en las tres semanas en que estuvimos fuera hemos cruzado arroyos que, llegado el verano, desaparecerán; hemos guardado silencio en los bebederos de invierno, donde la caza, que no conoce al hombre, baja despacio cuando el sol se pone, al descolgarse sobre los campos la hora de la tregua, durante la que toda contienda se aplaza hasta mañana; hemos asistido a la abundancia celeste de luces y tonalidades irrepetibles, más llamativas todavía sobre estos ocres, que, según el momento del día, toman matices de oro, de carne, de topacio, de rosa.
la naturaleza es aquí una familia incalculable, todos cuyos miembros se asemejan y conservan entre sí el aire común que siempre caracteriza a los hermanos. piedras, promontorios, animales, nubes, árboles centenarios, florecillas, guardan un evidente parecido.
en este despojamiento de las cosas se ve mucho más claro. sólo el hombre parece ser ajeno, como un usurpador sobrevenido que no hubiera encontrado su puesto verdadero, y él mismo se excluyese.
¿qué éramos sino eso nosotros, cazadores, infringiendo las normas no escritas de la vida? de ahí que, cuando ya regresábamos, al volverme hacia los campos imperturbables, me despedí de ellos con unas palabras de ibn hafaya, el poeta de alcira. me vinieron, sin pensar, a la boca:
“¡adiós! todos estamos condenados: vosotros a permancer, y yo a partir.”
no obstante, acaso el que esté en lo cierto sea farax. desde los días de la guerra no lo había visto tan audaz e incansable. y ésa es su esencia; yo lo había perdido, yo había perdido al farax verdadero.
pero en la guerra buscaba, a sabiendas o no, la muerte; aquí se desprende de él un exceso de vida: un exceso que provoca muertes también, como en la guerra.
la montiña, bajo la neblina, apenas late; adormilada aún yace la mañana; es opaca la luz, denso y mate el cielo; entre las matas bajas sólo vive el olor, y arriba, una oropéndola. pero cuando levanten las nubes desgarradas y la partida empiece, todo hervirá de vida. los galgos, azuzados, quiebran el cuello a los conejos, transformándolos en un andrajo sucio que ellos traen orgullosos.
las rapaces despedazan en pleno vuelo a otras aves más débiles; sus plumas quedan flotando por el aire, mientras las cetreras regresan erizadas al guante. implacable, la rehala suelta saca al venado de su encame, lo expulsa de sus tupidos rincones, lo acosa, lo aturde, lo dirige hacia los cazadores escondidos, y el ciervo, traspasado por la flecha, voltea sus ojos para no ver la mano de la muerte.