entre el vocerío de los monteros y el diálogo de las trompetas, farax saltaba, con las mejillas rojas, la ropa ensangrentada, alzados los trofeos, como un victorioso y antiguo dios pagano. yo he cazado muy poco; he preferido observar fascinado cómo unos animales, amaestrados por el hombre, cumplen su oficio de arma mortal contra otros animales. he preferido observar cómo el hombre -farax, bejir y los demás amigoses inconsciente y crueclass="underline" impone una sangrienta realeza sobre los más débiles, y se rebela a que los más fuertes la impongan sobre él. ante una tempestad de truenos y rayos que desplegó su sombría majestad sobre nosotros, los reyezuelos depredadores nos cobijamos bajo las tiendas con rostro compungido. yo sonreía mirando a los demás sin que ellos interpretaran el porqué.
una noche vi danzar las risueñas llamas de la fogata en los negrísimos ojos de farax. no conseguí saber en dónde se fijaban. a la mañana siguiente íbamos a cambiar de lugar de acampada; pero, cuando ya me retiraba, la mano de farax se posó sobre la mía con la suavidad de una paloma. hacía tal frío que vaciaba mi cabeza y no me permitía razonar.
– ¿estás contento de haber venido? -me preguntó.
– sí, por ti.
sus labios se abrieron en una sonrisa más delicada que una flor.
‘¿es éste el mismo hombre -me pregunté- que remata, descuartiza, desuella, trocea y escarnece?’
– ve a descansar -dijo-.
mañana será un día abrumador.
me levanté. me acompañó a mi jaima sin soltarme la mano y, con una voz dulce y espesa como la miel, añadió:
– ¿quieres que entre?
ahora en sus ojos me veía yo.
me había retrasado a propio intento. escuchaba las llamadas de los monteadores y un zureo de palomas ocultas. para recrearme en la paz, me recosté contra el tronco de un castaño. sentí un leve silbido y luego un golpe seco. una flecha se había clavado a menos de un palmo por encima de mi cabeza.
su astil se cimbreaba. la sorpresa me dejó inmóvil un instante.
después empuñé la ballesta que había soltado al recostarme. no oía a nadie; no veía a nadie. las voces se alejaban. casi en seguida se reanudó el arrullo. no dije nada a farax; pero, a su regreso, di la orden de volver.
he mantenido una conversación reservada con el maleh. el episodio de la flecha no le ha impresionado tanto como yo esperaba.
– más pronto o más tarde, tenía que suceder. dudo mucho que quisieran matarte.
– ¿es que eran varios?
– no lo sé. no hablo de quien la disparó. -sus ojos expresaban más que su lengua-. si lo hubiesen querido, lo habrían hecho: estabas en sus manos. supongo que lo que desean es que te sientas amenazado y en peligro.
– ¿por qué?
– es fáciclass="underline" les molestas.
– ¿estás hablando de los reyes?
– ¿de quién, si no? les quema tu presencia. eres como una espina en sus pies. tu señorío es un enclave perturbador dentro de su reino. te lo concedieron a trancas y barrancas a cambio de granada; pero, una vez suya, lo quieren todo.
– igual que el rey david deseó a betsabé.
– sí, y mandó a la primera fila de la batalla a su marido uría, que no era dueño más que de ella.
al que lo tiene casi todo, no lo detiene nada. ellos pretenden atemorizarte (matarte sería provocar demasiado) para que les vendas tus tierras y te vayas a áfrica.
tú eres el testigo incómodo de lo que ya les hiere recordar.
– no me iré nunca, el maleh.
díselo; que lo sepan. si les he dado mi reino para estar en paz, no voy a irme ahora a un reino ajeno para estar en cuestión. y menos aún a tierras musulmanas, donde se me reprobaría mi conducta.
– ¿es que crees que ellos te dejarán en paz?
– ¿quiénes son ellos esta vez?
– los mismos, boabdil. no te hagas el tonto. ellos, para ti, serán ya siempre ellos.
– ¿no has sido tú quien me contó lo sucedido en tremecén con “el zagal”? lo han juzgado entre ulemas y alfaquíes, y lo han condenado por la disensión que sembró entre los creyentes. ¿sería en mi caso más favorable su sentencia?
comunícale a zafra mi respuesta a su flechazo: no saldré nunca de mi patria. soy andaluz; nací en andalucía de un infinito linaje de andaluces, y en andalucía moriré.
si son “ellos” los que provocan mi muerte, caiga mi sangre sobre ellos y sus hijos.
– tienen anchas espaldas, boabdil. han resistido muchas sangres ya.
– en todos los sentidos -repliqué-, porque sus sangres son confusas. qué ciega voluntad de no entender. a áfrica, dicen como si de allí procediésemos. ¿cuántos africanos hay en granada? de los doscientos mil habitantes, no llegan a quinientos; el resto son españoles. españoles, con menos mezcla de sangre que “ellos” todavía: la reina tiene más sangre portuguesa que castellana; el rey, más sangre judía y castellana que aragonesa. en españa, purasangres, no hay más que los caballos.
y menos cada día.
me han venido a ver unos abencerrajes. adiviné, por su aspecto severo, a qué venían. habían dejado antes a sus mujeres y a sus hijos en las alpujarras, y les di la bienvenida. se han deshecho de sus haciendas y de sus bienes en granada. se disponen a partir allende a fin de marzo. según ellos, la mayoría de la gente significativa dejará estas tierras, que fueron nuestras hasta donde la memoria de nuestro pueblo alcanza.
para el verano, no quedarán en la ciudad más que artesanos y labradores; puede que tampoco en la alpujarra.
– tal como van las cosas, no tardarás en reunirte con nosotros -me dijo el mayor de la familia-.
en los cristianos todo es fingimiento; nuestra ley no durará en granada. nos despedimos de ti deseándote la paz.
fue a besarme. de uno en uno los besé y los bendije. no hallé palabras de ánimo para ellos: tampoco las tenía para mí. nos hemos dado un adiós terminante. juntos hemos hecho muchas cosas, y soportado juntos más aún. de ahora en adelante no verán ni el cielo ni el paisaje que son consustanciales a su vida. aquí dejan las cenizas de sus afanes y las cenizas de sus muertos…