pensé decirles: ‘cuando durmáis en áfrica, quizá veáis en sueños a granada’. me contuve recordando mi amarga pesadilla.
granada fue la desposada que se nos mostró, llena de adornos, el día de su boda; el día de nuestra boda. los países remotos a los que ellos se van no le sirven ni siquiera de dote a la que amamos.
los vi alejarse anonadados, con ese aire de indecible agotamiento que dobla el cuello a los rendidos.
anoche, cuando todos se hubieron retirado, se acomodó moraima muy cerca de mí. con su boca en mi oreja, me recitó un poema que yo, que creía haberle enseñado cuanto sabe, no identificaba.
“¿has olvidado los años en que las noches transcurrían sobre un lecho de pétalos?
en él estábamos unidos por un solo cinturón, y componíamos un collar armonioso; en él nos abrazábamos como se abrazan en el aire las ramas, y nuestros talles se fundían en uno, en tanto las estrellas, en el alto cielo, eran semejantes al oro que tachona el lapislázuli.”
yo, hechizado, respondí con otros versos. y a continuación, de una boca en otra, se confundieron los de muchos poetas. estuvimos a punto de morirnos de amor. le dije:
“el respeto que siento por ti hace que tenga miedo de tu cuerpo.
y, sin embargo, él es el objeto de mis deseos.
soy como el que se recupera de una borrachera, y se retrae y tiembla ante una nueva copa.”
ella escondió su cabeza en mi hombro:
“el amor ha hecho de mi cuerpo una sombra: tan ligero se siente y tan poco se muestra.
mi aliento es tan débil que su hálito desaparece y no se oye; pero mi cuerpo aún es menos visible, y hace aún menos ruido.
aspiro a serte grata. tu consentimiento será mi curación; gimo como gime el enfermo al venir la mañana.”
y, en efecto, gemía. sellé su gemido con un beso:
“he implantado tu amor en mi corazón, en el lugar preferente que ocupa la riqueza sobre las manos del avaro.
busco un refugio en tu amor para huir de mi propia resignación, lo mismo que el cobarde busca en las armas su socorro.”
la apreté tanto contra mí que temía hacerle daño:
“contra mi pecho te oprimo como el guerrero su sable. caen tus trenzas sobre mis hombros igual que un tahalí.”
ella separó la cabeza y me miró en los ojos:
“antes de quitarte el tahalí, estrecha de prisa a la que posee el cinturón, y toma en su amor tu revancha.
despacito, despacito. mira bien el lugar en que te mueves, no devastes con tus manos la que va a ser tu única morada.”
muy poco a poco, nos habíamos ido aproximando al lecho. desde anoche sé de cierto que el amor a la vida es lo que engendra vida.
no sé si es que han puesto en mi casa más espías, o es que los que hay tienen orden de multiplicarse; o quizá es que yo me estoy volviendo loco. me siento acechado hasta en el último escondrijo; escucho respiraciones detrás de los tapices; cambian de lugar cosas que dejé, como prueba, mal colocadas adrede. sospecho que han husmeado hasta en estos papeles carmesíes.
hoy, mientras me servían, habían depositado mi comida sobre la acitara de un ajimez. alguien dejó entrar a “hernán” en el salón. yo aún estaba fuera. el perro metió su hocico en un cuenco y se comió la vianda de mi almuerzo. desde el patio oí los gritos; sólo llegué a tiempo de presenciar su muerte. me trastornaron el corazón sus ojos despavoridos, su lengua mordida y colgante, su cuerpo sacudido por convulsiones. ‘esto fue “hernán”.’
yusuf sollozaba, agarrado frenéticamente a la ropa de su madre.
ahmad, sentado en el suelo, tenía entre las manos la dislocada cabeza del perro. me dirigía una mirada aguda y acusadora, como si yo fuese el culpable. sólo se me ha ocurrido -y dios sabe la pena que sentía- prometerle un cachorro para él solo.
– no quiero otro perro -me ha dicho-. quiero a “hernán”.
desde el envenenamiento de “hernán”, ahmad me huye. farax ha dado a los sirvientes la orden de probar la comida antes de que la coma yo. el terror se dispersa por la casa. han huido algunos criados. moraima, que está encinta, por primera vez no sabe qué decirme ni cómo confortarme.
para distraer a mis hijos de este enrarecido ambiente, le he rogado a farax que los instruya y los ejercite en la monta y en el manejo de las armas. en otras circunstancias, me habría sido muy grato rememorar cómo lo hacía conmigo mi tío abu abdalá en almuñécar; sin embargo, ahora mismo estoy viendo casi con aflicción los delicados brazos de ahmad guiados por los fornidos de farax. tienden entre los dos una ballesta.
yusuf, mientras -los más pequeños se aferran al presente-, corretea dichoso.
les he prometido que, cuando estén preparados -confío en que se demoren-, nos iremos un mes entero de cacería a la sierra de lújar donde hay osos y jabalíes y venados. ahmad, en cuanto se levanta -y aun antes, porque creo que sueña con ello-, corre en busca de farax, su maestro, del que no se despega. farax, a veces, en mitad del ejercicio, levanta los ojos a la ventana, desde la que yo los contemplo.
quizá entre los criados desaparecidos estaba el espía o los espías. la tensión se ha suavizado.
todos intentamos convencernos de que el peligro ha desaparecido.
moraima, a quien se le nota la incipiente preñez, está más hermosa que nunca.
dos perros de la jauría han muerto, pero bejir le ha restado importancia: afirma que nada tienen que ver esas muertes con los atentados contra mí.
yo, en secreto, he escrito una carta a los reyes. es en barcelona donde ahora está su corte. en la carta les propongo ir allí a tratar con ellos para dilucidarlo todo y suplicarles la paz en mi retiro. por si a los reyes no les llega la suya, he enviado con el maleh otra semejante a zafra.
ahmad me ha dado hoy las gracias por una nueva ballesta que le mandé hacer en granada. se me acercó de la mano de farax. quizá ha sido éste el que le recomendó que me la agradeciera.