mi hijo es guapo, esbelto y bien plantado. a su abuela le satisface ver cómo tiende la ballesta y dispara, y cómo se aproxima cada vez más al blanco. a moraima, por el contrario, no parecen gustarle estos juegos de guerra.
apenas si sentimos deslizarse el tiempo. pronto el frío empezará a entibiarse.
hoy he recibido respuesta de los reyes. es breve; lo suficiente para declararme su propósito.
eluden darme la licencia para viajar a barcelona: una ciudad lejana, dicen, cuyo camino podría fatigarme. y me sugieren que, en mi lugar, envíe a aben comisa.
todo, a su entender, tendrá una solución satisfactoria. no debo preocuparme; tanto yo como mi familia estamos bajo seguro, que ellos me garantizan.
pero después añaden, inesperadamente, que, con la misma fecha, han expedido otra carta al gobernador de almería en estos o parecidos términos: ‘desde la hora en que esta carta llegue a vuestras manos, no pondréis obstáculo alguno a que muley boabdil embarque hacia el lugar de áfrica que más le plazca. y que haga lo propio todo el que tuviese noticia de esta carta, guardándose fielmente lo pactado con él. el cumplimiento de todo lo cual será exigido con el máximo rigor’.
cuando los fuertes aspiran a ser además astutos, sólo consiguen ser despreciables; un león no puede comportarse como un zorro sin inspirar repulsión.
en cualquier caso, aben comisa viajará a barcelona.
los ciruelos y los albaricoqueros les han arrebatado su turno de flor a los almendros. pronto los sustituirán a ellos los membrillos.
se ha hundido el mundo. farax murió hace una semana. ha sido todo tan inimaginable y tan injusto que sólo a un dios malvado puede atribuirse.
la mañana era suntuosa. ahmad disparaba con su nueva ballesta.
farax corrió hasta el blanco, señalándole el centro para que atinara mejor. lo animó con la risa y con los brazos.
– vamos -le decía-. ¡ahora!
la saeta le entró por el ojo izquierdo.
todavía no me he convencido de que es cierto, de que no volveré a ver más su joven hermosura, ni escucharé su voz.
ahora descansa en el jardín que mi cuerpo tenía que haber inaugurado.
no he salido desde entonces de esta habitación. me es imposible resignarme. lloro hoy, y lloraré el resto de mi vida. farax y muerte eran las dos palabras más contrarias; ahora son una sola. me reprocho no haberle confesado cuánto lo amaba. me reprocho no haberlo amado más.
el destino se burla de nosotros: murió en un juego aquél a quien la muerte acarició mil veces en la guerra.
no se ausenta su rostro de mis ojos; no se ausenta su risa de mi oído. hoy lo amo más que nunca.
si estuviera en mi mano, empezaría a creer en la eternidad con tal de recobrarlo.
no quiero ver a nadie. no quiero comer: comería sólo si tuviese la certeza de que aún me envenenaban las comidas. me ha golpeado tan de plano el filo de su muerte que juro que la mía es lo que más deseo.
farax, farax: tu cuerpo se ha deshecho bajo el jardín que trazamos y vimos crecer juntos. ¿cómo iba yo a pensar que tú serías su abono? ¿por qué te escondes de quien te ama más cada día? ¿cómo voy a dormir, cuando detrás de mí tu muerte está acechándome: tu muerte, no mi muerte?
mi madre, con el pretexto de que la presencia de ahmad reaviva mis recuerdos, se lo ha llevado a vivir con ella. yo, como un sonámbulo, veo pasar con infinita lentitud los días ante mí. sé que moraima siempre está cerca, al alcance de mi voz; pero me siento incapaz de llamarla. me siento incapaz de cualquier cosa.
he intentado quemar estos papeles, que ahora son sólo un testimonio más de mi infortunio. moraima lo impidió.
no quiero ningún lenitivo para mi dolor. el de la muerte de farax, que culmina los anteriores, quiero que no tenga atenuantes. la única manera de terminar con el dolor es dejar que él termine conmigo. me propongo no reflexionar sobre lo sucedido: eso sería comenzar a aceptarlo. porque no se trata sólo de que me duela el alma, me duele todo: la piel y la carne y los huesos. me he vuelto frágil; me he vuelto quebradizo, propenso a las heridas. me hiere el fulgor del sol, y la temperatura agradable, y el rosa intenso del amanecer o el del poniente. levanto contra todo mis reproches. la realidad es que me aborrezco.
hoy recojo estos papeles en que momentáneamente me había reflejado.
hace tres meses que no escribía en ellos. los recojo como si se refiriesen a una persona distinta, y acaso fallecida.
¿cómo no reflexionar?
para llegar a la soledad no deseada, sino impuesta, pocos atajos tan directos como el dolor.
pero qué ambigua es esa palabra; tan ambigua como hablar por separado de alma y cuerpo. cuando digo dolor, no me refiero sólo al del espíritu, sino al físico, y uno y otro están más imbricados de lo que creemos. si en su instante lográramos diferenciarlos con precisión, afirmaríamos que el moral es más participable, más susceptible de compasión o condolencia, mientras que el físico nos enajena y nos aísla. pero ¿se dan el uno sin el otro?
he estado enfermo. la enfermedad provoca un alejamiento que nos deja olvidados y desnudos. el dolor del cuerpo nos enfrenta sólo con él mismo y con la amenaza de la cual nos advierte, ya que tal advertencia es su único sentido. si el dolor físico fuese gratuito, sería una incomprensible maldad de la naturaleza.
dicen que cuando el dolor nos emplaza, cualquiera que sea, no hay que escurrirle el bulto, sino sacarle el máximo partido: abrazarlo, asumirlo, hacerlo sangre nuestra, no pérdida de sangre. dicen que ningún sufrimiento, si no es asimilado, nos hará ni más nobles ni más dignos. el sufrimiento es en sí torpe y feo y humillante como una mala digestión: por eso yo me oculto; pero dicen que en la incognoscible retórica de la vida, actúa igual que una parresia, que transforma el insulto en elogio. para ello, sin embargo, sería preciso dominar tal retórica. puede que la vida, como el viejo rey midas, convierta en oro cuanto toca; pero eso sólo sucede si se ha convertido de antemano en provechosa la soledad que produce el dolor. cuánta generosidad se necesita para alcanzar tal cima.
al principio, el dolor atrae un ofrecimiento mayor de compañía, más comprensión, más amabilidad. pero, si se prolonga, desanima y hastía a los acompañantes, inmunizados por sus continuas manifestaciones. el dolorido acaba por quedarse con su dolor a solas. ¿qué define el dolor precisamente más que el ensimismamiento del que lo padece? no es algo cuya esencia se observe, ni algo que se comunique o se contagie, ni algo que se mida, por muy afinados que sean los aparatos de los físicos. para quien no lo siente, es incomprensible e inaccesible: por eso yo me callo. él se apodera de un cuerpo y de un alma, y los envuelve, y los transporta a su lóbrego reino. el único testimonio que da de sí es un comportamiento externo -llantos, quejas, gemidos, expresiones descompuestas-, un lenguaje que comprendemos, pero que, como todos los lenguajes, puede ser falseado por quien lo emplea y malentendido por quien lo percibe. porque un lenguaje no es sólo un vocabulario, sino mucho más; un lenguaje no se posee hasta que no se es poseído por él. y eso es lo que sucede con el dolor: no se entiende hasta que uno mismo es el doliente, su vasallo exclusivo, inhábil para aprender o entender otro idioma, o acatar otras órdenes. y, aun así, ningún dolor es el mismo para todos, ni jamás se repite. el que siento hoy por farax es diferente del que sentí por jalib, e incluso del que sentí ayer por farax mismo. el dolor (por eso yo me aíslo) es lo más personal que existe. más que la salud, que es un equilibrio y una euforia relativos a un ambiente; más que el amor, que requiere su espejo; más que la felicidad, que es difusiva y necesita un campo donde obrar, y nos radica en él y de él nos baña.