el dolor, hasta como síntoma de una enfermedad o de un estado de ánimo, se percibirá de formas diferentes según las épocas y los países y las circunstancias de quienes lo provocan y de quienes lo sufren. he oído hablar de esclavos a los que se acostumbra azotar antes de darles su condumio, y que, mantenidos en la inanición, al sentir los azotes, expresan en su rostro, presintiendo la comida, su voracidad y su agradecimiento. y es que, según los sabios, el deseo de supervivencia está por encima y por debajo de toda otra consideración. yo, no obstante, conozco a un sufriente que preferiría morir.
¿existe algún remedio para esta soledad del dolor? los estoicos romanos afirmaban que su percepción depende de cómo lo atendamos; pero ¿es que le quedan al doliente resquicios por donde su atención se diluya? ¿tiene otra distracción u otro punto de mira que su propio dolor? asegura avicena que oír cánticos gratos lo mitiga, porque empujan al alma fuera de sí misma, y al arabí aconseja combatir el dolor con la meditación sobre temas divinos, que arrancan al hombre de su empedernida soledad. dice yalal al din rumi:
“rumío el dolor por ti como un camello; como un rabioso camello saco espuma.”
¿me resguardo contra mi dolor escribiendo, por instinto, esta página? ¿no será un desahogo del dolor de mi alma este dolor del cuerpo que aún me tiene postrado?
como el agua que, desbordada de la acequia, inunda el huerto y lo destroza. no puede separarse lo que no es separable -lo que no es ni siquiera distinguible- sin llegar a la muerte. alma y cuerpo son, juntos, una misma cosa. cualquier puente con el mundo -aunque sea el liviano puente levadizo de estos papeles- acaso logre que yo no me confine en la miserable conmiseración de mi pena. quizá el solo hecho de exponerla me acerque a los otros; porque, en definitiva, todo dolor es una forma de destierro. pero no me encuentro con fuerzas para implorar ayuda. ayuda, ¿contra qué? contra mí mismo, porque este dolor no es que sea mío, es que yo soy sólo éclass="underline" en él consisten hoy todas las entretelas de mi ser.
esta mañana, por primera vez después de aquello, me he mirado a un espejo.
– ¿quién eres? -le he preguntado a mi imagen-. ¿o quién soy?
¿somos tú y yo el mismo? ¿he sido el mismo siempre?
nadie había junto a mí, ni en el espejo ni en la realidad. moraima no me habría entendido; no entendería a la parte de mí de la que hablo: la que está siendo hoy enjuiciada y quizá condenada.
– ¿de quién son esos ojos que me observan, bordeado el iris de un turbio arco grisáceo? ¿qué tienen que ver conmigo las huellas de un cansancio tan largo? ¿dónde estuve durante tanto tiempo como parece haber pasado? ¿cómo es posible que tantas canas me blanqueen la melena y la barba? ¿qué camino he seguido para llegar aquí, para tropezarme con este deterioro, que no suscita mi inquietud por sí mismo, sino por su subitaneidad? ¿cómo se puede envejecer de pronto?
cuántas cosas mezcladas en la honda y vidriosa alacena de la memoria. qué pereza ordenarlas.
cuántas muertes alrededor. cuántos cadáveres colgados de los hombros como un siniestro manto que ha de arrastrarse, tan pesado al andar… ¿y para qué andar más?
– todo pasa, y también pasas tú -me decía mi imagen avejentada, si es que es la mía-. la vida es lo que importa: no tú, ni tus talentos malversados, ni tu vida tampoco.
– irreparable, irreparable -repetía yo.
– no puedes dictaminar con estos ojos fríos de hoy -me replicaba la imagen- las acciones entusiastas y fogosas de ayer, los despilfarros y las culpabilidades del corazón.
‘el tiempo derrochado será nuestro tesoro’, afirmabas entonces. ¿no ha sucedido así? contéstate a ti mismo.
– yo no soy ése. soy quien está detrás de ése -me defendía-.
soy el niño que acechaba con ojos deslumbrados al mundo deslumbrante; cuyas cejas levantaba la sorpresa, y no agobiaba la desilusión. soy el adolescente de ojos redondeados por la espera, verdeados por la espera, que miraron con fiereza al amor y fueron por él correspondidos: no amados, no, que es otra cosa, pero correspondidos por el amor. soy el estremecido por la impaciencia, el perpetuo insatisfecho de sí y de los demás, el insaciable. el joven que volvía ahítos los ojos a su interior, cuando no resistían ya la saciedad de la hermosura, y permitía besar así mejor sus párpados. pero ese que ahora veo no soy yo.
y mi imagen -o una voz dentro de mí- decía:
– puesto que fuiste el otro, éste, cuyo nombre la muerte está aprendiendo, ¿quién será? ¿no te haces cargo de él? ahora que el fin se acerca, ahora que has recibido mensajes y advertencias, ¿lo vas a repudiar? hay días en que escuchas pasos que no da nadie: ¿cuánto tardará en rozarte la muerte todavía? ¿alarga ya la mano hacia tu hombro? ¿cómo vendrá: lo mismo que un relámpago, o minuciosa y tarda? sea como sea, no hay que hacer muecas delante de un espejo.
¿o es que quien fuiste (el niño, el compungido, el ansioso que fuiste) no imaginó el final del fútil incidente que es tu vida?