no, no digas: ‘a estas alturas, ¿para qué moverse, para qué ilusionarse de nuevo y recomenzar la inequívoca trayectoria del amor, para qué desvivirse viviendo?’ no lo digas. métete dentro de esos ojos que ves marchitos a través del espejo; atraviesa su mustio arco seniclass="underline" es tu arco de triunfo. a su sombra te encontrarás con todos los viajeros que aquí te han conducido, y que tú reconoces como tú mismo hoy. tú eras la marcha y el camino; los caminantes eran sólo los que te hacían a ti. y ahora, tan próximo a la llegada que alcanzaste por ellos, ¿los vas a defraudar? a ellos, que se afanaron en cubrir jadeantes su tramo establecido; a ellos, que arrimando su hombro te acompañaron sudorosos hasta este espejo de hoy, tan veraz como amargo… esta imagen la has de llevar más allá de ti mismo, porque no sólo le pertenece a este tú de ahora, sino a los tús de ayer y de anteayer. porque no es tu imagen, boabdil, sino la vida: la verdadera vida palpitante y sangrante.
quisiste y te han querido; es decir, los sucesivos apoderados que te representaban fueron queridos y quisieron. dieron de sí (diste de ti a través de ellos) casi cuanto estaba en tus manos: nunca se da la deseable totalidad. se afanaron ellos para que tú fueses cada día más tú; cada día que se acercaba lentamente a hoy.
– pero, si soy el mismo de ayer y de anteayer -decía, ya en voz alta-, ¿no he fracasado? ¿no fracasaron ellos en mí?
– la vida -me contestó la imagen desde dentro de mí- no es implacable; es comprensiva y misericordiosa; lo que sucede es que no la desciframos hasta después. la vida sólo exige ser vivida con ciega confianza y con gozo creciente, porque el gozo que correspondía a los muertos tiene que ser cumplido. tú, el meditabundo de hoy, el desentendido, has dejado de respirar el aire de la alegría, atareado en tu duelo tenebroso y en tu deber adusto. te hablo de la alegría que ondea por encima de todo, de la radical y subyacente alegría que es la vida. ten cuidado, porque ésa es la primera y, en el fondo, la única obligación de cada ser. nadie está aquí para enriquecer la vida (¿qué vanidad es ésa?), sino para gozarla. mira tus labios yertos; ábrelos; sonríe.
perdónate tu torpeza, y sonríete.
si pierdes la desengañada y compasiva alegría de estar vivo, es que la muerte irremediable avanza, alma adentro, por ti. la esperanza (esperes o no esperes, da lo mismo) ha de durar hasta los mismos umbrales de la muerte. o quizá más allá.
llevaba tanto tiempo mirando con fijeza el rostro ajado del espejo que tras él vi la imagen, fugaz e improbable de farax. me volví. nadie. sólo yo. mi rostro en el espejo estaba aún más pálido.
– ¡moraima! -grité-. ¡moraima!
apareció serena bajo el arco de la entrada. apoyó una mano en la jamba. el embarazo le ha abultado el vientre y le ha ahondado los ojos. me interrogó con ellos. su calma me calmó. le dije algo imprevisto:
– tengo canas, moraima. me han salido canas.
sus labios se plegaron en un asomo de sonrisa.
– hace mucho que el blanco dejó de ser el color del luto en al andalus, boabdil. no trates de insinuarme que esas canas son el luto que llevas por tu juventud.
pensé: ‘es buena, me ama, y me conoce bien’.
mientras se aproximaba continuó:
– hemos pasado juntos toda la velada; la noche ha sido larga y terrible; pero ahora, ya lo ves -me acariciaba el pelo que blanquea-, aparece la aurora.
pensé: ‘amarse quizá sea sólo esto: no el éxtasis, no el enloquecimiento, sino envejecer juntos, estropearse juntos’. miré la silueta deformada de moraima y me complací en ella; puse mis manos donde antes estuvo su cintura. era cierto: para engendrar la vida no hay necesariamente que amarla, sino entregarse a ella; es ella la que hace lo demás.
por eso le rogué a moraima que se quedase conmigo. desde hace meses no lo hacía. ella asintió y, con alguna dificultad, se sentó a mi nivel. yo, estremecido por esa continuidad de la vida, que se sumerge en un sitio y surge en otro, acaricié su vientre.
estuvimos así, callados, mucho tiempo. luego ella dijo:
– tienes que hablar con ahmad; que sepa que no lo consideras responsable. será el mejor modo de que él no te considere responsable a ti de lo que no lo eres. el destino se esconde a menudo detrás de nosotros, y nos empuja, y nos utiliza como arma suya. es nuestra obligación hurtarle el cuerpo, ponerlo al descubierto, y dejar que sea él quien cargue con la culpa de sus propias catástrofes.
he recibido a los vasallos de andarax -¿tengo derecho a llamarlos así?- que durante las semanas que estuve enfermo, se interesaron por mí, o solicitaron audiencia.
se me ha ido la mañana procurando resolver con tiento sus pleitos, sus carencias, sus disputas. me he sentido como un niño que imita los gestos de un sultán a la puerta de su mezquita, y juega a administrar justicia, y se cansa de pronto de jugar. abrevié cuanto pude la reunión, y salí con suspicacia y cautela al jardín. no lo había visto desde entonces. está en flor.
ignoro cómo los vegetales trabajan en su sigiloso taller de savias y raíces. yo me despierto, como el jardín, cada mañana, con la sensación de haber soñado la solución de todo y de haber olvidado el sueño al despertar. he percibido hoy la soledad del jardín contra la mía; no en torno mío su soledad, no, sino lidiando contra mí. igual que si nuestra alcoba predilecta se hubiera convertido en una sala de tortura, y en ella hubiesen amordazado a alguien dentro de mí: alguien que necesita expresar algo con una urgencia ineludible. ¿por qué no lloraré? ¿por qué he reprimido el llanto desde hace tanto tiempo?
hoy me asalta el temor de haber extraviado no sé el qué no sé cuándo, o de haber omitido un quehacer: el más esencial, para lo que nací. después he hallado muchos, cientos de ellos, y he trabajado y fracasado en muchos; pero ya distraído, con la memoria apasionadamente vuelta atrás, y el alma suspendida de una alegría ya no recuperable. hoy me encuentro -y me parece que también el jardín que farax y yo amamos- igual que quien escucha en vilo un complejo relato, y deja de atender un sólo instante, y desoye un minúsculo fragmento, y a partir de ahí zozobra, y todo es ya un ininteligible laberinto y un enmarañado ovillo en el que, cuanto más persigue el hilo, más se enreda. hoy estoy como alguien, sumergido en tinieblas, a quien se hubiese prometido que se hará una instantánea luz sobre una recóndita salida, pero sin decirle exactamente cuándo, y, confiado en la promesa, acecha, se desoja, aguarda aquel destello, aquella salvadora chispa, sin atreverse a reposar ni a moverse, porque ignora cómo y en qué momento sobrevendrá la efímera ocasión de volver a la claridad.