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¿no se reducirá el presente, sobre todo, a defenderse de ciertos aspectos del pasado por medio de una selección de las despedidas, una selección que a nuestros ojos es inteligente, pero acaso sólo a nuestros ojos? porque vivir no es más que estarse diciendo adiós a uno mismo, mucho más que al resto del mundo. vivir -¿cómo iba yo a confesárselo a moraima?- es una soledad resonante de adioses. tal es su única melodía: una melodía que tratamos de no oír.

– toda historia -dijo moraima y rompió el silencio- estará siempre mal contada, porque todo narrador elige siempre lo que quiere contar, y porque cualquier cosa cabe dentro de cualquier historia.

hoy, 8 de julio, he firmado por fin la capitulación con los reyes de castilla. les vendo los bienes que me reconocieron hace un año y medio, y me comprometo a pasar a áfrica, desde el puerto de adra, con cuantos deseen acompañarme.

los reyes han retirado sus defensas de las costas de almería, lo cual quiere decir que se hallan en buenas relaciones con los sultanes africanos. ahora espero con impaciencia la contestación del de fez. el maleh me asegura que no he de preocuparme: al mismo tiempo que yo envié a mohamed ibn nazar, zafra envió un emisario de los reyes para certificar que mi exilio contaba con su beneplácito.

estos reyes cristianos son ubicuos, casi como su dios.

me han llegado a la vez dos comunicaciones: la respuesta de el watasi y una carta de zafra. la primera es también un poco inacabable: me acogerá en su reino con todo el placer de que es capaz -no será mucho: los africanos no han avanzado por esa senda aún-, como si se tratase de su misma persona.

zafra, por encargo de los reyes, me traza el itinerario que he de seguir hasta adra. en adra hallaré surtas dos carracas genovesas para mí y los míos. hasta el final y más allá tendré que dar las gracias a mis verdugos, que encomiendan con caridad ‘mi vida y mi salvación a las manos de dios’.

moraima, ya muy incómoda, y yo nos proponemos uno a otro proyectos muy prolijos.

– necesitaremos dos o tres vidas para cumplirlos todos -le advierto.

– ¿y es que no vamos a tener dos o tres vidas? -me replica simulando una gran decepción.

ahmad y yusuf, liberados a veces de sus ayos y de sus mentores, se agregan a nosotros en nuestros paseos. ahmad lleva consigo a todas horas el cachorro de alano que por fin me aceptó. es feo y muy gracioso, como una talega plegada que el tiempo se ocupará de rellenar. el primer día quiso que le pusiese nombre.

– ¿te parece bien “din”? -le sugerí.

– ”¡din!” “¡din!” -vociferó ahmad. el cachorro arrugó el entrecejo como si se supiese llamado-. “¡din!” -repitió su dueño una vez más, abrazándolo.

en este mundo ya hay otro perro “din”. ¿no se muere del todo?

quizá es el nombre lo que más importe.

el calor, sofocante, mortifica a moraima. ojalá su buena hora no se retrase mucho.

las mujeres dan por descontada la facilidad del parto. el médico yusuf me tranquiliza: el embarazo ha sido tan normal que los estudiantes de la madraza podían haber aprendido en él cómo han de ser los embarazos.

si supiese cantar sin asustar a los que me oyen, entonaría el viejo zéjel de ben quzmán:

bendito sea aquel a quien dan parabienes por su hijo.

echad velos sobre el niño, formulad votos de buena ventura, sahumad a su alrededor y escribid sobre la cuna en rojo:

niño, di _’no hay más dios que dios’_

moraima ya no me sigue la corriente en los proyectos; se niega a hacer planes remotos: siente el más inmediato demasiado próximo.

el orden de la casa lo ha dejado en manos de mi hermana, que no sirvió nunca para tal menester. mi madre mete su nariz por doquiera, y todo anda manga por hombro; pero eso, al involucrarnos a todos en un grato desorden, aumenta más la común expectativa. es como si todos ayudáramos con nuestro sacrificio y nuestra resignación al parto de moraima. ahmad y yusuf conspiran en los pasillos, seguidos por “din”, apostando cómo será -si rubio o moreno, o sea, si como uno o el otro- el hermanito que ya adoran.

las mujeres han preparado toda clase de amuletos, de supersticiones no siempre conocidas, de incontables y delicadas ropas. sé que se suavizan las manos con piedra porosa y se las tiñen con la mejor alheña. la alcazaba entera se adorna y se adereza para darle la bienvenida a mi hijo.

éste sí va a llamarse como yo, por si verdaderamente es el nombre lo que más importa…

he vuelto de mondújar, de dar tierra a moraima y a mi hija.

al cerrar para siempre estos papeles, ha caído de entre ellos el pétalo seco y mordido de una rosa amarilla.

han pasado dos años desde la última anotación que hice en estos papeles.

¿es eso lo único que ha pasado: dos años? se diría que ha pasado todo cuanto puede pasar.

estoy instalado de una manera provisional -¿de qué otra puede instalarse el hombre?- en fez.

algunos de los míos merodean; son los que, fuera de mí, no tienen otro medio de vida, y los que no la conciben sin servirme.

fez es una ciudad en declive; yo sé bien cuándo lo es una ciudad.

su decadencia política es muy visible: los mariníes han perdido el impulso inicial; aquí una dinastía no dura mucho sin debilitarse (ni aquí ni en ningún otro sitio). su declive económico lo provocan las anarquías y las guerras, que entrecortan los intercambios comerciales con la cristiandad. su declive intelectual, si es que en algún momento estuvo en alza, es el más evidente. aunque la fachada es todavía brillante (las ciudades, como la luz de las estrellas, tardan en apagarse aun después de muertas), tras ella hay un vacío muy profundo. un vacío que se acentúa cada día, porque el sultán, en lugar de mirar hacia el sur, que es de donde siempre le ha venido el peligro a esta nación, mira a europa. sea como quiera, no es cosa mía.