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– asómate. ¿ves ese estanque lleno de peces? ahí traemos a los niños bizcos para que, siguiendo un pez concreto con los ojos, pongan a trabajar sus nervios y se les corrija el estrabismo. es un método indoloro y grato a los bisojos, que juegan y apuestan, y aman cada cual a un pez como si fuese suyo.

el físico reía. y, pasada la calle de los notarios, me mostró una plazuela con un frondoso nogal entronizado en el centro. al fondo de ella, en un amplio edificio, me dijo que está el maristán donde se alberga a los locos. él va de cuando en cuando también a visitarlos.

– ¿como a mí? -le pregunté.

– con más frecuencia (con mucha más de la que quisiera) y con muchísima menos confianza. confieso que me dan miedo.

– quizá dan miedo porque sienten miedo.

– la mayor parte son peligrosos en grado sumo -continuó-. cuando les asalta ese furor frenético que no repara en nada, procuramos calmarlos tocando desde el patio música andaluza. parece que escucharla los aseda. y hasta hemos observado que mejoran después de oírla unas cuantas mañanas. se quedan entre sumisos y alelados, como si el mismo dios les tocara en el hombro y les musitara un recado al oído.

– no me extraña -le dije con tristeza-. por el contrario, lo que a mí me faltaría para enloquecer definitivamente es escuchar un concierto de esa música andaluza que no he logrado, ni en sueños, separar de mi oído.

he mandado construir un alcázar cerca del cementerio de los mariníes. para los toscos gustos de aquí, se trata de un palacio refinado, réplica de la alhambra; cualquiera que conozca la alhambra comprenderá que nada hay en mi casa que se asemeje a ella. ni en mi casa, ni en ningún otro sitio: el alma no se copia.

eso me dicen los visitantes granadinos, huidos de nuestra ciudad. eso, y muchas más cosas.

toda andalucía se ha hecho cristiana, hasta el punto de no haber en ella quien diga en público: ‘no hay más dios que dios y mahoma es su enviado’. en los minaretes el obispo cisneros ha instalado campanas; en las mezquitas, imágenes y cruces. si alguien se rebela, es castigado con la tortura y con la muerte. para que abjuren los musulmanes, se les dice: ‘tu antepasado era cristiano y renegó, reniega ahora tú’. se reconoce, pues, que la población de granada estuvo llena de elches, de enaciados y de tornadizos, es decir, de gente que conservaba intacta la gana de vivir. cisneros, desde junio a diciembre, bautizó a 70 mil musulmanes. la reina le decía: ‘cuantos más cristianos y cuanto antes’. las cabezas se bautizan, no el alma.

y, como siempre, se ha alzado mi albayzín, mi predilecto. ‘o conversión o muerte’, es la consigna de los atropellos. espero que, como me decía faiz, muchos sigan adorando a dios en los rincones de su corazón; pero también espero, por desgracia, que los sorprendidos serán quemados. cuando se quiere extirpar lo que sea -una raza, una religión o una forma de vida-, el que tiene la fuerza no duda en emplearla.

yo trato, sin embargo, de reanimar a los emigrantes andaluces diciéndoles:

– granada pertenecía a dios, y a él volverá. cuanto sucede está escrito en el libro del altísimo, que no se cierra hoy.

a pesar de mi buena intención, no creo que eso les sirva de consuelo; a mí tampoco me ha servido nunca.

de tiempo en tiempo, en fechas indecisas, releo una o dos páginas de estos escritos con la vaga curiosidad que despiertan los asuntos ajenos. tal arbitraria manera de leerlos ha acabado por introducir su incoherencia en mis recuerdos.

confundo la intensidad de lo que cuentan, lo que representaron y su cronología. si me encuentro animado, agrego unas líneas en los márgenes, o anoto algo ocurrido después de lo ya escrito. eso he hecho en este instante.

hace unos meses me dio por pasear a menudo a través del infinito y diligente hormiguero que es la medina, donde todas las profesiones hallan incómodo acomodo.

posee, o la poseen a ella, tres círculos: el de los artesanos, el del zoco y el de las viviendas.

pero es todo confuso: dentro de ella el pueblo entero vive junto como en una gran casa. las calles son, en realidad, pasillos breves.

sus habitantes oyen la misma voz: la del almuédano, paternal y esperada; huelen los mismos olores punzantes de aliños y de yerbas; van caminando hacia los mismos sitios; adoran al mismo dios, y reposan o rezan sobre la misma estera. la medina es su única casa, no tienen otra; la de cada uno es demasiado pequeña para vivir en ella: es un simple cubil en el que duermen un poco para salir de nuevo, en cuanto amanezca, a aislarse o reunirse.

tienen una cultura -¿o ella los tiene a ellos?- diestra en largas paciencias. son capaces de sentarse a solas y pensar, o capaces de no pensar en nada, o de agruparse en corrillos taciturnos, en los que a veces zigzaguea una sonrisa idéntica por todas las bocas y por la misma causa tácita. una cultura que, al parecer, se resigna y dormita; pero al parecer sólo. su común lujo es el verdor y el agua -la estancia en el desierto está aún muy próxima-, no la conversación; el narrador de historias es el que debe hablar. veo aquí lo que en granada, desde arriba, no tuve oportunidad de ver; y comprendo, más desde dentro, lo que en granada ni me planteé.

un hombre, que viene desde el campo, arrea a sus cuatro burritos hablándoles como si fuesen cuatro personas fatigadas y levemente tontas. en una puerta, tan baja que para poder pasar por ella es preciso descender dos peldaños, leo:

el ojo del envidioso tiene una espina’. la luz traspasa y juguetea con los cañizos que cubren las callejas. en las azoteas, las alfombras despliegan sus elegantes colores desvaídos. el secular martilleo de los latoneros marca el ritmo de la existencia. un ciego canturrea su demanda -’dadle algo a dios’-, avanza con incalculable morosidad, y se lleva sin cesar la mano a la cara como si se lavase.

un hombre tan viejo como el mundo se aleja con dos grandes peces en la mano. dos carpinteros aserran riendo las maderas de un ataúd, cerca de un almimbar ya casi concluido. paso por la concurrida entrada de unos baños. paso por una tienda de alcandoras rayadas, donde el sastre cose y trenza a la vez los hilos, sujetos -tirantes y cuatro en cada mano- por un niño de la estatura de un escabel. paso junto a una jaula donde se arrullan amorosamente dos tórtolas desplumadas y sucias. paso bajo pozos de luz, que se respetan como ninguna otra cosa, ante una esquina, delante de una puerta, en medio de un pasaje techado y oscurísimo. (¿qué indica aquí lo que es una calle y lo que no, lo que es un zaguán o una travesía? se ha conseguido una alta perfección: simular, en pleno día, la noche.) paso ante montones de aceitunas sobre los redores de esparto de las almazaras: negras, moradas, verdes, como piedras preciosas; mientras las admiro extasiado, un burro que cruza defeca sobre ellas. paso ante un babuchero, que sujeta su labor sobre la rodilla por medio de una correa pisada, y mueve la cabeza al son de una melopeya que no entona. paso ante un metalista, que elige entre treinta o cuarenta broqueles diferentes como el que escribe elige una palabra. paso ante la opulencia de las verduras: desde el cilantro, cuyo sabor a vacío abre sitio a los otros, al apio, al perejil, a las rotundas frutas y hortalizas; entre ellas, los pescados verdes del río y los quesos de cabra apresados en diademas de pleita. paso ante un carro de cabezas cortadas: terneras, ovejas, cabras, bajo la luz del sol que, hecha añicos, salpica de dibujos de oro la cochambre. paso junto a los camellos de una caravana, de andar torpe y enredado, que me recuerdan a un hombre que conozco, día tras día afligido sin solución posible, un hombre que desea morir. (jamás he asimilado el misterio del porte altivo de los camellos. cargados, doblegados, hambrientos y sedientos, mantienen -a pesar de su extraña fealdad- la pausa y el compás de su zancada, y el cuello erguido.