al verlos, me hiere siempre un sentimiento de fraternidad; un rey no ha de ser como un caballo purasangre, sino como un camello: eso lo he aprendido cuando no me era útil.) al querer salir de la medina, me extravío, y ya orientado, me vuelvo a extraviar. sólo hay una cosa patente en este laberinto: su fin es descarriar a quien no le pertenece.
la ciudad de los vivos, en fez, se levanta en un hoyo entre cementerios. señalando las colinas llenas de tumbas, los fasíes sonríen y afirman que ellos prefieren el más allá. ‘es más bello -dicen-. los fundadores de la ciudad lo demostraron dejando para los muertos lo mejor.’ frente a la puerta de la ley -o del hombre quemado, que alude a mi paisano ibn al jatib, cuyo cadáver fue expuesto en ella-, junto a la que paso para ir a la medina, hay unas lomas suaves llenas de enterramientos entre olivos. cuando los veo desde mis ventanas, como escarbabueyes posados, pienso que no sería un mal sitio para descansar, si es que la muerte mata.
antes de descender a la ciudad, la contemplo desde el mirador de mi alcoba. las azoteas la cubren.
ellas ofrecen, para el amor y otros encuentros, un camino más hacedero que los de la medina.
abajo y frente a mí veo, como desde la alhambra, un albayzín; con menos huertos y menor blancura, pero escucho sus aguas. al fondo, no tan alta como la mía -¿es mía aún sierra solera?-, hay otra sierra igualmente nevada; pero no a mis espaldas, sino delante, como si mi transida cabeza hubiera enloquecido, o el horizonte de granada se hubiese dado media vuelta. según las estaciones -ahora es otoño-, bajo un cielo de un monótono azul, vela una bruma las colinas que circundan el hormiguero.
las alquerías desparramadas surgen apenas de ella; provoca el sol algún relumbro en las techumbres de las mezquitas; un humo calmo se iza y espesa la neblina; motea las laderas el blanco de las tumbas. por fortuna, aquí la temperatura del invierno es mucho más cálida que la de granada. mi edad no soportaría sus noches de enero: es la única añoranza que no siento.
para llegar al tumultuoso río de los curtidores y de los tintoreros que parte la ciudad, es preciso atravesar un universo: calles bordeadas de humeantes calderos y madejas de colores chillones; el buen olor a maderas quemadas; los suelos, de piedra abrillantada por los ácidos, que se adentran hacia los hornos interiores… un día bajé al infierno de las curtidurías por una cuesta resbaladiza y repugnante tapizada de pelos, lanas, boñigas, regatos pestilentes. mis ojos, educados a huir de la fealdad, se refugiaron en una maceta de lirios rosas y albahaca: allí estaba, sobre un alféizar, incontaminada y portentosa; en un sitio tan inmundo, ¿qué es lo que hacía? (quizá debería de preguntarme mejor por qué llamo inmundo a ese sitio y portentosa a esa maceta.) al final de la cuesta, las pilas de mordientes, hechos con excrementos de paloma, y los muros que cierran esta mina fogosa, tachonados de pieles puestas a secar; en el verano, para que no las perjudique el sol, sólo de noche las extienden. los curtidores y sus aprendices trabajan silenciosos y rítmicos. en medio de ese cráter hostil, sobre el filo de los pilones, semidesnudos, con las piernas teñidas, adoptan armoniosas y elegantes posturas, semienvueltos en vapores que brotan como un vaho de una garganta viva. acuclillados, con cortantes y feroces utensilios, limpian de pelos y desigualdades el revés de las pieles.
(‘los animales jóvenes -me dicensuministran mejores cueros’: es desalentador que hasta en la muerte sean los jóvenes los que alcanzan más éxito; a los viejos, ni la muerte los aplaude.) en esas tenerías, dentro de un tétrico zaquizamí, he conocido a un hombre que lleva trabajando en ellas setenta años; señalando a un invisible rincón, en el que se adivinaba un redujo inmóvil, me dijo: ‘ése es mi padre’. un muchacho, con un bichero, recoge pieles que llevan uno o dos meses en la cal. más allá, otro hace los movimientos de quien pisa en un lagar la uva, como si frotase las pieles contra el suelo, o buscase con los pies una transconejada en el fondo de una pileta. las norias verticales marean el sonoro caudal del río.
desde los altos secaderos se otean los terrados de la orilla de enfrente: es el barrio de los andaluces; hacia él se van mis ojos…
el rostro de la medina se muda con las horas. al mediodía, en el zoco grande, apenas se distingue una palmera contra el color arena del conjunto; apenas, las tejas verdes de una madraza, o la azulejería de un alminar; a la ropa tendida no la menea el aire. a las tres de la tarde, todo es un ruido vertiginoso y sin matices; de pronto, un griterío: el zoco grande reza. si me descuido, súbitamente me encuentro solo…
¿dónde se han ido las demás hormigas? lo mismo que en la vida de un hombre, hay aquí horas en que se rompen todos los juguetes y sólo queda ensimismarse. con poderosos pies, se acerca la profunda noche de la medina; ni una luz hay ya en ella, un crujido no más, un resbalar incógnito, y las calles cuajadas de olores naturales…
¿cómo conocí a amín y a amina?
a un paso de la mezquita de los andaluces tiene su minúsculo obrador un herrero. uno de los obreros, el de tez más morena, me sonreía siempre que nuestros ojos se cruzaban. mientras enderezaba los hierros sobre el yunque, o los retorcía para soldarlos luego al lujoso enrejado, no dejaba de mirarme. cerca de la herrería estaba el taller de un tornero. pero el tornero no me miraba nunca; tanto, que sentía su desatención con más intensidad que si no me quitase la mirada de encima. ¿había visto antes aquella cara angulosa y hermética? ¿quizá en el zacatín granadino? era inútil tratar de recordar; mi tarea es ahora olvidar cuanto viví, y cuanto supe y tuve.