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pero ¿se repetirán las circunstancias favorables? lo dudo; la historia no reincide. las fuerzas interiores disgregadoras del islam, la afirmación de los países y de las naciones, son demasiado potentes como para dar paso a una unión religiosa. ah, sí: si nos uniéramos dominaríamos el mundo. y de continuo alguien nos lo propone a gritos; pero ¿cuándo se ha conseguido encarnar ese ensueño?

acaso permitirlo no está en los designios del altísimo; puede que para todos sea mejor. nuestro destino, apenas y por poco tiempo rebatido, es ser reyes de taifas.

los demasiado poderosos no suelen ser muy hábiles; pero, aun aceptando que los turcos vinculasen a todos los musulmanes de modo continuado y convencido, ¿habría de alegrarme yo de que granada volviese a ser islámica? aunque se me restituyese el trono de la alhambra, ¿qué tendría que ver yo con los turcos? nuestra religión interviene, es cierto, en cada hora de la vida; pero ¿tanto como para que coincidan nuestras maneras de gozarla, de amar, de entristecernos, de contemplar el mar, de embriagarnos con la libertad o de movernos con la música? abismos nos separan de los cristianos, pero quizá haya entre muchos de ellos y nosotros menos distancia que entre nosotros y los turcos. granada no será nunca más granada: nosotros, que la hicimos, lo sabemos muy bien. ¿y puedo yo regocijarme de que los otomanos pisen la vega y la sierra solera? en el nombre de dios, como musulmán, sí; pero como andaluz, jamás. y, en el fondo, más que otra cosa alguna en este mundo -y en el otro, si lo hay-, ¿qué soy, sino andaluz?

el amor -¿por qué no llamarlo valientemente así?- de amín y de amina ha levantado un tibio clima en torno mío. pronto voy ha cumplir sesenta años. me he ido quedando solo. ellos se ocupan de allanar los obstáculos y las contrariedades que siempre existen alrededor de un extranjero viejo y solitario. son, y lo digo con un conocimiento muy profundo, un ser único con dos cuerpos de sexos diferentes. me mantienen vivo con sus risas, con su deseo auténtico de festejarme y agradarme, y, enamorados como están uno de otro, jamás persiguen fuera de esta casa lo que encuentran sobradamente en ella.

nadie comprendería ni justificaría nuestras relaciones: ni las de ellos conmigo, ni las que gozan entre sí. yo no aspiro a una comprensión taclass="underline" los hombres pocas veces entienden aquello que no sienten, pero, por el contrario, justifican lo que sienten sin el menor escrúpulo. quizá ése sea mi caso; no lo sé; no voy a preguntármelo. acepto el último obsequio de la vida como se acepta un postre jugoso y agradable; en él, contra lo que cualquiera podría imaginar, no hay ni la menor sombra de complicación.

ignoro cuándo comenzaron ellos a ser amantes, y voy a continuar ignorándolo; también ignoro cuándo resolvieron, si es que hubo una resolución, ofrecerme su amor y requerir el mío. todo ha sido el resultado de muchas noches apacibles en que hemos leído juntos, bebido juntos, aprendido juntos, compartido canciones y conversación. son dos criaturas gentiles y dadivosas de sí mismas. sé que habrá quien juzgue que, si me aman, es por mi fortuna. se equivocan: mi fortuna, en su mayor parte, está ya en manos de mis hijos, y, aunque no me amaran, el resto habría de ser para estos jóvenes que iluminan mis noches y recrean mis días.

ellos me dan más de lo que reciben. en ellos he encontrado una compensación y una tarea; alguien en quien depositar lo poco que aprendí, lo poco que obtuve de la vida, y la escasa capacidad de cariño, curiosidad y sorpresa que aún retengo. eso no quiere decir que me aferre, por medio de sus manos, a la supervivencia. no me engaño.

he alcanzado algo que jamás supe lo que significaba: la serenidad, con todo cuanto acarrea de indiferencia y de resignación. y sé que un postre, por gustoso que sea, lo único que puede hacer -no otro es su oficio- es concluir con dulzura una comida, y sugerir a los comensales que ha llegado la hora de levantar la mesa. esa hora no la esquivo, ni la apresuraré. ya me han cansado las iniciativas.

papel agregado al final del manuscrito

fui a la batalla del sultán y he regresado vivo. más de una vez lo he escrito aquí: todo me ha traicionado, hasta la muerte. no ha querido concurrir a la cita que le propuse; me rehuyeron las espadas y me evitaron los enemigos, acaso porque no lo eran míos. ella me dio la espalda. de nuevo me someto a lo que no logro entender.

de ahora en adelante, no tendré otra tarea que aguardarla. cuando la muerte llega a su hora -no a la que la citamos- es uno de los nombres de dios. no hay fuerza ni poder sino en él, el excelso, el omnipotente, el último heredero de la tierra.

Antonio Gala

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