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yo le planteaba la cuestión de si podría alguna vez sentarse en su trono familiar, y de si habría acertado al huir tan lejos de su patria.

– nadie -me contestaba- puede retener un reino sin contar con sus pobladores. quizá mi familia gobernó mal, y los súbditos se sacudieron su yugo para siempre. pero no hablemos del pasado: contar una catástrofe es como perecer de nuevo bajo ella. he visto demasiada hermosura en el universo como para entristecerme porque sólo yo sea feo y desdichado. cuánto me gustaría enseñarte lo que llamas mi patria. yo nací en el mismo macizo montañoso en el que nace el nilo azul. siguiendo su sendero de agua atravesé el sudán y el egipto de los mamelucos y de los fatimíes. serví para lo que me mandaron servir, y complací a quienes me asalariaban. he sido esclavo libre tantas veces, que ya no veo diferencia entre la libertad y la esclavitud. he desempeñado oficios tan distintos, que podría naufragar en una isla solo y saldría adelante. he tratado gente tan diversa, que nada hay ya que logre sorprenderme. sin embargo, añoro aquí, ante esta ciudad tan bella que un día heredarás, las dimensiones de mi tierra. añoro la lenta majestad de los leones, la serenidad indiferente y rayada de los tigres, los indescriptibles plumajes de las aves. añoro una naturaleza no sometida al hombre, que se entrega, inagotable e incansable, sin esperar siquiera que nadie la recoja.

yo le mostraba mi colección de animalitos de cerámica, y él me hablaba de animales incógnitos; de la jirafa, sobre todo, a instancias mías. eran tan expresivas sus palabras que las confundo aún hoy con los versos de ibn zamrak. áel poeta que colmó de aleyas y de antífonas las paredes de la alhambra en la época de mi antepasado mohamed v, y cuya historia, como ejemplo de la justicia de la vida, me complacería contar tarde o temprano, porque estoy convencido de que el que a hierro mata a hierro muere. dicen así:

de terciopelo son sus flancos, tachonados de alhajas: la mano del destino recamó su prodigio.

deslumbrante su piel, como un jardín donde florecen las juncias entre anémonas: blanca y jalde a la vez, igual que plata sostenida en oro.

semejante a unos arriates de narcisos en los altos ribazos donde serpea el arroyo”.

muley me hacía dibujos de flores, de fieras y de aves, que se cuidaba luego de romper para no quebrantar las normas del corán.

me describía criaturas increíbles; ríos que, si yo hubiera soñado, no habría conseguido soñar nunca; gacelas con los cuernos más finos y altos y retorcidos que es dado imaginar; cabras tan distintas a las nuestras que jamás les habríamos dado ese nombre; paquidermos como edificios, y de piel más dura que las corazas de los guerreros; ingentes animales, inofensivos y cariñosos como pájaros, y pájaros que llevan los colores del iris en cada una de sus plumas. me describía a los hombres que se comen unos a otros; a los que descansan apoyados sobre una sola pierna; a los que, igual que los cristianos, se alimentan de bestias impuras; a los que adoran piedras, o árboles, o la luna, o el sol; a los que gimen y gritan cuando sus mujeres están de parto, y a los que, para evitarles la vejez y sus tristezas, matan a sus padres por amor.

– aunque pienso -concluía- que lo mismo sucede en todos sitios.

nos sorprendemos de aquello que no hemos visto desde niños; pero en granada hay también quienes adoran el dinero; quienes, para que se les considere, fingen el mismo sufrimiento que provocan; quienes descansan, como tu tío yusuf, sin tenderse ni de noche ni de día; quienes destronan a su padre para sustituirlo en el poder…

yo bajé los ojos al escuchar lo último, porque comprendí que se refería a mi padre, a quien no parecía tener devoción excesiva.

a muley toda la alhambra lo hallaba grotesco y divertido igual que un chascarrillo inventado por la naturaleza. a mí, por el contrario, me parecía solemne y variado como un libro que jamás se acabase, y nunca me hartaba de escucharlo. él era el único de los criados cuyo rostro no se cerraba al aparecer el amo a quien servía.

el único que adquiría de repente una expresión señorial y enigmática cuando entrecerraba los ojos, a pesar de tenerlos como huevos enrojecidos, y marcaba con los dedos sobre un tambor pequeño un ritmo volandero, tenaz y alucinante, que a mí me producía a veces sopor y a veces una excitación incontenible.

una noche me fue a buscar y, contra el parecer de mis nodrizas, me sacó al patio bajo la fría luz de la luna llena, y me obligó -tan sólo con el son de unas frutas secas dentro de un cantarillo- a bailar y bailar lleno de gozo, mientras él entonaba una insondable salmodia, y se movía más ágilmente que una bailarina, como si el peso de su jiba se hubiese evaporado.

las nodrizas, contagiadas por el alegre misterio, acabaron por acompañarnos también con sus palmadas, hasta que un mayordomo nos ordenó con muy malos modales volver a las alcobas.

creo que fue al año siguiente -aunque insisto en que, para los niños, el tiempo se amplía o se empequeñece, como un recipiente cuya importancia no depende de él, sino de su contenido- cuando, a la vuelta de salobreña, no encontré ya a muley. unos me dijeron que una noche se había despeñado desde el cerro del sol, donde se aventuró a subir borracho; pero yo sabía que él era de los pocos que en la alhambra no bebía. otros me dijeron que no había regresado de la sierra, a la que subió en busca de hierbas para los médicos. otros me susurraron que mi padre había mandado cortarle la cabeza, porque se negó a burlarse de mi madre como le ordenaba soraya. otros, por fin, a los que me cuesta menos creer, me dijeron que, habiendo visto ya cuanto tenía que ver en el reino de granada, se fue a la cristiandad a conocer otros lugares, otras costumbres y otras gentes.