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sea de él lo que fuere, me habría complacido tenerlo más tiempo junto a mí. hoy incluso, porque era alguien en quien se reflejaba el mundo entero. sentí no haberme despedido de él. dificulto que haya otro hombre que merezca ser príncipe más que él, ni otro a quien le siente mejor el nombre de muley.

ibrahim, el médico judío.

de cuantos médicos ejercen en la alhambra, y su número es grande, ninguno tan cercano a nosotros como ibrahim. era minucioso y cargante: de una bondad y una paciencia tales que ponían a prueba la paciencia y la bondad de todos.

perito en hidroterapia, tenía una confianza acendrada en la virtud curativa de las aguas. ágozaba fama de tener infalible ojo clínico y una estupenda facultad para diagnosticar; yo no estoy seguro de que a mi tío yusuf le ayudara extraordinariamente, pero tampoco mi tío se dejaba ayudar. opinaba que el hombre había nacido para la salud y que, si la perdía, era por error suyo, aunque la naturaleza disponía de medios suficientes para devolvérsela sin recurrir a la mano de otro hombre. recelaba de los astrólogos, y, a pesar de admirar a los cirujanos, los miraba por encima del hombro -lo cual es una paradoja-, por entender que las vías de la naturaleza no es bueno contrariarlas, ni interrumpir sus ritmos. se llevaba especialmente mal con otro médico, llamado aibn mohamed ibn muslim, de notable habilidad en las intervenciones quirúrgicas, y su vanidad sufrió un rudo golpe cuando tuvo que ponerse en manos de su rival para que lo operara de cataratas, porque estaba perdiendo la vista a ojos vistas (si es tolerable hacer un retruécano con algo tan grave).

átengo entendido que las extirpan, o bien por extracción, o bien por reabsorción mediante agujas metálicas ahuecadas. comentaba mi madre que en el plazo que su curación había impedido a ibrahim tratarnos a nosotros, habíamos gozado de envidiable salud.

la opinión de mi madre es, sin embargo, rebatible; ella es poco propensa a contar con nadie que no sea ella misma. hasta tal punto que, siendo ibrahim el responsable de sus viajes a alhama para remediar su ciática -o fuese cual fuese la causa de sus molestias-, nunca le confesó que mejoraba, aunque continuó yendo a los baños con puntualidad, y llevándonos a mi hermana, a mi hermano y a mí, supongo que para aligerar su aburrimiento. alguna vez nos acompañó el propio médico. ¿cómo olvidar esos viajes anuales? su anuncio nos desvelaba desde muchos días antes, puesto que perdíamos memoria de un año para otro de lo pronto que nos hastiábamos. yo, en cuanto veía el paisaje ondulado y fértil de las cercanías de alhama, las verdes vegas con tan vigilante amor cultivadas, las laderas de olivos, y las lejanas sierras, que hasta marzo conservaban aún restos de la nieve, sentía como un abandono interior, una disponibilidad, por gratitud quizá al alejamiento de la monotonía de la alhambra. aún hoy me enternecen el puentecito sobre el río, las caídas de agua caliente, ferruginosa y salada, los barrancos con sus rocas todavía no asentadas, los pájaros que gorjean allí con otro brillo. yo paseaba bajo la arboleda. ¿pasear?: saltaba, como un pájaro también, desde una franja de sol a la siguiente, y evitaba, casi volando, la sombra de las copas. escuchaba el gran ruido de la cascada cerca del agua quieta, como un espejo rodeado de zarzas, donde los ruiseñores anidan. y siempre me sorprendía comprobar que el agua humeante desembocara en un arroyo tan helado.

era en alhama donde las razones de ibrahim, respetuoso investigador de la naturaleza, mejor se comprendían.

áreleyendo lo anterior, me viene a la memoria algo que quizá nunca olvidé. unos años después de aquéllos a los que se refieren estas líneas, al salir de las termas romanas, que se habían conservado con sus hermosas esculturas, divisé a un muchacho tan grácil que nada tenía que envidiar a los modelos de ellas. para entablar conversación, le pregunté no sé qué. y él, al ver de cerca al príncipe heredero, sobrecogido y tembloroso, no logró responder. volvió la espalda y huyó. yo me quedé a solas, observando un rebaño de cabras que trepaba por la otra orilla del río.

especialmente me fijé en una, coja, que se esforzaba en seguir a las demás, y renqueaba, y permanecía la última siempre, arreada por el pastor, y se detenía un momento a descansar y considerar su mala suerte, y continuaba avanzando, fatigada y pesarosa, con su pata delantera rígida e inútil. no sé por qué -o sí- recuerdo con tal viveza hoy a ese muchacho ágil que huía, y a esa cabra inválida que no podía aligerar.

ibrahim era muy religioso, y acudía a todas partes con una bolsa en que transportaba, además de las medicinas más habituales, la biblia y la misná: para consultarlas si lo precisaba, o sólo para sentirse acompañado. él cumplía los preceptos de su religión con estricta observancia, y respetaba a los que cumplían con estricta observancia los preceptos de la propia.

cuando se declaró la epidemia de peste, la gente la atribuyó a una conjunción nefasta de tres astros, y hasta algunos colegas de ibrahim la juzgaron un azote divino descargado por nuestros pecados. sin embargo, ibrahim, tan religioso, entendió que todo eso eran tonterías, y que se imponía trabajar sin descanso en contra de planetas y de azotes. pregonó los peligros del contagio y la importancia del aislamiento de los enfermos; mandó hervir o quemar sus trajes y sus utensilios, y hasta los zarcillos de las mujeres; prohibió concurrir a los baños públicos que dispersaban la contaminación, y, en una palabra, atribuyó el mal a causas naturales, avivadas por la falta de higiene y por el hacinamiento y escasez de viviendas.

él sabía que los de su raza habían sido -y serán, afirmabaperseguidos en granada y en muchos otros reinos. y sabía que, en ocasiones, dieron motivos de persecución a un pueblo empobrecido por usuras, por tributos que en gran parte ellos cobraban, y por los altos precios que debía pagar a los profesionales judíos cuando los requería. ibrahim habitaba en la judería, el barrio que trepa por la antequeruela -donde se refugiaron los fugitivos de antequera cuando la toma por el infante don fernando- hasta las torres bermejas.

– así -decía-, estoy dispuesto a venir en cuanto me llamen. basta tocar un silbato desde la alhambra para que yo lo escuche.

y, en efecto, comparecía al instante con su bolsa repleta de hierbas, de remedios y de libros sagrados.

se reconocía de la escuela de ibn zarzar, un judío famoso que fue médico de pedro i de castilla, y luego embajador suyo en granada ante mohamed v, cuyos destierros y retornos siguió para conservar la vida. ibrahim estaba orgulloso de su antecesor, como físico y como hombre brillante partidario de dejar obrar a la naturaleza y despejar de obstáculos su acción. él mismo era también hombre de gran predicamento; incluso, según oí, un respetado talmudista, consultor de sus compañeros de raza en las situaciones nebulosas que a menudo suscitan sus escrupulosísimas leyes. y más de una vez le escuché dos afirmaciones. la primera, que, para los andaluces, la religión es más que nada una cuestión de liturgia.