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– y hablo de cualquiera de las tres religiones -puntualizaba-.

una serie de reglas prácticas, devociones o supersticiones para ganarse el paraíso; una serie de amenazas y prohibiciones para evitar el mal físico, y, por fin, una serie de procedimientos con que conquistar el dominio social. eso es la religión para nosotros.

y la otra afirmación es que la superioridad literaria de los judíos andaluces sobre los de otros países se debe, sí, a que son descendientes de las tribus de judá y benjamín; pero aún más que a eso, al profundo aprendizaje de la lengua arábiga, que había enriquecido y ampliado la suya. ibrahim, él mismo, era la demostración de cuanto decía: un hombre exquisita y firmemente religioso, que hablaba un bello árabe clásico, pero salpicado por las deslumbrantes locuciones y los hallazgos del árabe popular (con el acento de imala, con el que aquí lo pronunciamos), y aderezado con numerosas expresiones romances.

– al fin y al cabo -afirmaba-, un idioma ha de servir para entenderse con los otros, no para ocultarse detrás de él.

– ¿quiénes son los judíos?

¿qué hay que hacer, o dejar de hacer para ser judío? -le preguntaba yo.

– está claro, jovencito: haber nacido de madre judía, o haberse convertido al judaísmo. pero, si quieres saber mi opinión, en el fondo, todas las religiones son la misma. al menos, las tres que cohabitan en granada. su diferencia depende de dónde se detengan, de quiénes sean sus últimos profetas.

para nosotros, los del antiguo testamento; para los cristianos, jesús; para vosotros, mahoma.

por eso muchas veces me asalta la duda de si yo soy un auténtico ortodoxo; aunque espero en dios que así sea, pero en el buen sentido de la palabra. yo le temo a los ortodoxos, porque suelen convertirse en fanáticos. acuérdate de los almorávides: para nuestra cultura y nuestra tranquilidad fueron como un martillo. en la biblioteca de la alhambra existe la copia de un libro escrito por el último rey zirí, que deberías leer por si un día te encuentras en el mismo aprieto. a él le arrebataron granada los ortodoxos, y lo desterraron a áfrica. no lo olvides, boabdil. abdalá fue también su nombre. vivió hace exactamente cuatro siglos.

– si es como dices, ¿qué diferencia hay entre las religiones para que sean tan incompatibles?

– quizá ellas no lo son, sino nosotros. ahí está mi peligro de heterodoxia. después del exilio del pueblo judío a babilonia, en el que no cantábamos porque no éramos libres y colgamos nuestras cítaras de los árboles; después de la destrucción del primer templo, surgió entre los judíos el temor a ser asimilados, a que se nos borrara como pueblo por la importancia de los vencedores, o por la importancia del helenismo en tiempo de los macabeos. por eso nuestro fin principal fue la continuidad, nuestra preservación como pueblo con características propias y singularidades. y para ello se insistió, sobre todas las cosas, en las prohibiciones, paralizando la evolución. en tales circunstancias, imagínate qué tragedia supuso la destrucción del segundo templo por los romanos. ello confirmó nuestros temores. pudimos haber aceptado la doctrina de jesús; pero sus seguidores gentiles la hicieron antagónica del espíritu hebreo, y, por si fuera poco, mi pueblo perdió la tierra prometida. tuvimos que defendernos, agruparnos, encerrarnos alrededor de nuestros rabinos: el talmud fue nuestra patria, el sustituto del suelo de la patria.

como lo fue sefarad, es decir, al andalus, desde hace muchos siglos. hijo, el pueblo judío se ha visto obligado a luchar, a lo largo de toda la historia, por seguir siendo él mismo. nuestra religión no es dogmática como la cristiana, ni reglamentadora de comportamientos como el islam; nuestra religión es política: ha llegado a ser sólo política. vosotros y los cristianos creéis que nos empujáis y reducís a un barrio, a una comunidad, a un gueto. no es cierto: somos nosotros los que nos reducimos para guardarnos las espaldas unos a otros, para fortificarnos; porque, apiñados, nos defenderemos mejor de los contagios y las infiltraciones, resguardaremos mejor nuestra inmutabilidad. ser judío, boabdil, es luchar sin tregua por seguir siéndolo de la manera más rigurosa posible. y por intentar a toda costa mantenernos indigeribles, es por lo que perpetuamente seremos expulsados del cuerpo que no puede digerirnos a pesar de intentarlo: ésa es también una elemental ley de la naturaleza.

de ahí que, en los momentos buenos, sintamos la tentación de abrir las puertas de nuestras juderías para perfeccionarnos, para evitar el estancamiento y la estrangulación; pero en seguida sucede algo terrible que nos convence de que aún no ha sonado la hora, de que acaso la hora nunca suene.

ojalá, cuando llegue la tuya, boabdil, se te permita ayudarnos; si es que se te permite dejar de ayudarte a ti mismo.

habíamos llegado paseando, a las primeras horas de una tarde, ante la torre del homenaje sobre la puerta de armas. ibrahim no se agotaba nunca, una vez tocado su punto flaco. señalando la torre, me dijo:

– ¿conoces la historia del judío que comenzó la construcción de la alhambra?

– ¿un judío? -pregunté, convencido de que ibrahim incurría en un apasionamiento racista.

– sí; él levantó esa torre, y después se edificaron las demás y todos los palacios. escucha. esta historia pone de manifiesto lo malo y lo bueno de mi pueblo. el predecesor de abdalá, el último zirí de que te hablé, fue su abuelo al muzafar. entregándolo a una vida de crápula, se había adueñado de su reino un judío que comenzó de administrador. se llamaba ibn nagrela. gobernaba a su antojo, cuando le salió un contrincante.

un antiguo esclavo de almutamid de sevilla, que formó parte de una conjura contra su rey, llegó a granada precedido de fama y reclamado por los esclavos negros del sultán, que lo erigieron en jefe.